21/09/2018
Editoriales

El cariño por el pueblo de la infancia

Entre el hombre y su pueblo existe una relación que lo identifica y lo caracteriza. Basta recordar el pueblo de Comala en la obra de Juan Rulfo o el famoso Macondo, de Gabriel García Márquez. Hoy habremos de referirnos a un pueblo, a un hombre y a una mujer: Los Herreras, Nuevo León; Eulalio González "El Piporro" y la Tía Melchora.

 

 Los Herreras, en Nuevo León, es un pequeño poblado que se encuentra a 120 kilómetros de una de las ciudades más importantes de México, Monterrey, y a una distancia similar de la frontera de los Estados Unidos de América. Ese pueblo cumplió hace un par de días --el lunes 20 de noviembre-- 143 años de existencia.

 

En este municipio ocurre lo mismo en otros pueblos del norte de México. Ante las reducidas expectativas de crecimiento y de desarrollo, muchos de sus habitantes se ven en la necesidad de emigrar en busca de mejores condiciones de vida.

 

Este fenómeno no escapó en la formación de nuestros personajes. Me refiero a Eulalio González Ramírez, mejor conocido como El Piporro y a doña Melchora Salinas, la Tía Melchora.

 

Prototipo del norteño, sus exclamaciones de ¡ajúa! y ¡arriba el norte!, forman ya parte de nuestro lenguaje coloquial. Igualmente la Tía Melchora, famosa por sus anécdotas.

 

Nativos de Los Herreras y orgullo de esta región, el Piporro y la Tía Melchora, son personajes que se identifican plenamente con los habitantes francos, aventados y dicharacheros, que caracterizan a estas tierras.

 

Sin duda, ellos son de los personajes más populares de nuestro pueblo.

 

UNA ANÉCDOTA

 

A propósito de la Tía Melchora y Piporro, Lalo nos contaba con mucha gracia la siguiente anécdota:

 

Dos agentes viajeros, representantes de algunas empresas de Monterrey, llegaron a la fonda de la Tía. Esto es lo que sucedió:

 

--Pretendemos mi compañero y yo, aunque representamos a dos negociaciones distintas, uno al Centro Mercantil y otro a la Casa Holk, que se nos proporcione cuarto y comida para dos que ocuparemos un solo cuarto, esperando por tal motivo, se nos dé un buen precio a fin de que nuestro presupuesto para gastos alcance para sufragar el costo de nuestra estancia --dijo rebuscadamente uno de los vendedores a nombre de ambos.

 

A la Tía, aunque le chocó la "soflamería" del agente viajero, no dejó de hacerles un buen trat:o:

 

--Pues que sean 5 pesos por cada uno... nomás díganme lo que quieren comer, pa' no errarle.

 

--Al despuntar el alba, cuando nos dispongamos a emprender nuestra labor de convencimiento y colocación de nuestros productos entre los posibles clientes de la región (dijo el "hablantín") que se nos tenga preparada una jarra grande de jugo de naranja que haya estado desde el anochecer en el refrigerador.

 

--Sí... hijito, (nomás decía la tía Melchora.)

 

--También una jarra de café bien caliente (agregó el compañero que casi no hablaba).

 

Desde luego, eso es de rigor, -continuó el primero- y para desayunar machacado con huevo o huevo con chorizo o en su defecto ambas cosas, con un altero de tortillas de harina o en su defecto de maíz, aunque sería prudente que las hubiera de unas y de otras, frijoles refritos con queso "espolvoreado" encima y como postre algunas empanadas de calabaza, u hojarascas o "turcos" aunque sería de desearse que hubiera de todo para poder escoger para la comida desde el momento en que salgamos al desempeño de nuestra difícil tarea, que se ponga un cartón de cerveza en el refrigerador para que cuando lleguemos estén perladas, sudando de frías y nos permita mitigar los efectos del calor; como principio de nuestra segunda comida, algún caldo con los ingredientes típicos del cocido norteño, verduras esterilizadas sin faltar el elote y desde luego los trozos de chamberete en abundante ración, después un arroz amarillo sazonado con azafrán y por supuesto con chícharos y menudos trozos de zanahoria...

 

--Aja... (casi por inercia exclamaba la dueña del mesón)

 

--Yo quisiera un par de huevos estrellados sobre el arroz -expresó tímidamente el otro agente-

 

--Ah... como no... cuente con ello compañero, y como de ver dan ganas, a mí también que se me den de igual forma, luego como plato siguiente, cabrito, o en su defecto agujas, cortadillo o fritada, o para no quedarnos con hambre sería mejor que trajera de todo en generosas raciones, sin faltar los ajustadores frijoles a la charra y de postre con el café, jamoncillos o calabazates para quitarnos el sabor de la comida... para la cena...

 

Ya no alcanzó el agente viajero a especificar el menú pues la tía lo atajó con esto:

 

--Noooo.. ¡Desde el Jugo ya los mandé mucho a la chin…, cabritos...! (Ni refrigerador tenía la tía).

 

Son numerosas las anécdotas del Piporro y de la Tía Melchora, así como las de otros herrerenses.

 

REFLEXIÓN

 

Los habitantes del norte de México estamos orgullosos de nuestra mexicanidad y sostenemos que esta amplia región de más de tres mil kilómetros de frontera, constituye el principio de la patria.

 

Sabemos que el arte y la cultura son universales, y por lo mismo no pretendemos encerrarnos en nosotros mismos. Pero se trata sí, de fortalecer nuestra identidad y forjar nuestro progreso con base en raíces propias.