22/09/2018
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

 

Agosto 27 de 1808: La Inquisición de México emite un edicto prohibiendo la lectura de toda publicación que influya o apoye la insubordinación de las autoridades nacionales. El mismo día se emite la proclama del virrey llamando a la unión para resistir a Napoleón Bonaparte. No es casual que coincidan ambas cosas el mismo día, pues virreinato e inquisición eran dos elementos de la misma fórmula que trabajaban en binomio. Napoleón representó para España y desde luego para la Inquisición el enemigo a vencer en esta época.

  Tan es así, que meses después, mediante los decretos de Chamartín –en diciembre de 1808- Napoleón abole a la Inquisición, golpe casi mortal para esta organización de terror, que dejó de existir durante el reinado de José Bonaparte (1808 – 1812), y en 1813 los diputados liberales de las Cortes de Cádiz también aprobaron su abolición. Cuando Fernando VII regresó al trono a partir de julio de 1814, tan solo para volver a ser abolida durante el Trienio Liberal.

  La historia de la represión religiosa registra que fue sustituida por las llamadas Juntas de Fe, que en 1826 condenaron a Cayetano Ripoll, último hereje condenado en España en 1826. En México para entonces ya estaba instalada la República, luego de que en 1821 nace el Imperio Mexicano a cargo de Agustín de Iturbide y posteriormente desaparece esta figura para dar paso a la república con la constitución de 1824. Esa simbiosis de virreinato e inquisición fue determinante para que durante el periodo de gestación de la independencia nacional, se tuviera el apoyo popular, pues los mexicanos sentían aversión por las autoridades reales y terror acerca de la inquisición.