22/Oct/2019
Editoriales

Paradojas. Nos hacen falta los Tendajos y las vulcanizadoras

Monterrey ya no es el mismo de antes.

Cuando era niño, había dos tipos de negocios imprescindibles para la ciudad: los tendajos y las vulcanizadoras. 

Su servicio era solo superado por los afiladores itinerantes, los comerciantes ambulantes de frutas y verduras, y las prostitutas de la calle Colón.

Mi abuelo Ramón tenía un tendajo en las calles Porfirio Díaz y M. M. del Llano, y en la secundaria tuve un compañero que su padre tenía una vulcanizadora al final de Monterrey, allá por el vado de la Villa de Guadalupe.

El negocio del tendajo lo conocí muy bien; en vacaciones, cuando nos fuimos a vivir a Tamaulipas, por dos años me mandaron a ayudarle a mi abuelo en el tendajo.

Me levantaba a las cinco de la mañana para ir por el pan (no dije PAN) a la panadería de Vallarta entre M. M. del Llano y Tapia.

Que agasajo, los olores del horno eran indescriptibles, salía lleno.

No sé qué conexión tenía entonces entre pulmones y estómago, que ya no me quedaba hambre para el desayuno.

Luego llegaba la leche en botellas de vidrio de a litro, que había que meterlas todas al refrigerador antes de que amaneciera.

Para las seis de la mañana ya habíamos vendido (entre mi abuelo y yo) casi lo invertido en la mañana; lo que se quedara después de las ocho, había que comérselo, pues al otro día ya no servía.

Aprendí los secretos del tendajo.

Pero de lo que no supe nada fue de la vulcanizadora, lúgubre negocio.

Mi compañero Pancho se ponía un pantalón viejo del uniforme escolar color caqui con un increíble tono gris-negro-azul.

Dos veces fui a visitarlo, me impresionaba cómo desmontaba llantas del rin con un gancho grueso que apoyaba en un centro de acero apostado justo para esa función.

Yo nunca podría haber sido vulcanizador; se necesitaba mucha destreza y personalidad pues cuando parchaban las cámaras, las llenaban de aire y las metían a un tambo de 200 litros cortado por la mitad lleno de agua neja a ver si le salían burbujas.

Les tapaban el pibote con un dedo, pero no inutilizaban esa mano pues con las dos sumergían la cámara en el agua.

Me gustaba el olor a hule quemado.

Pancho era un muchacho callado y serio, pero una vez lo vi pelear, y desde entonces preferí ser su amigo para no tener que enfrentarme con él, a causa de alguna compañera de la escuela.

Monterrey ya no es el mismo, ahora hay Price, Sam’s, Sorianas y Oxxos.

Y lo más grave: ya no se ven vulcanizadoras, como antes.