23/10/2018
Editoriales

En diciembre ¡se vale de todo!

Por supuesto, de todo lo que te haga feliz. Y por qué no, en este mes y antes de que se le acaben los días, ¡se vale hacer muchas cosas!, incluyendo aquello que no hemos podido a lo largo del año; también, se vale llenar nuestra boca de dulzura y regalar los más bellos mensajes de amor y buena voluntad. ¿Qué tal si vemos las cosas con mejor humor?, y nos proponemos transitar por la calle en términos amistosos, de buena onda y felicidad, disfrutando cada minuto como si fuera el último segundo de este año.

Por más que lo intento, no me veo haciendo otra cosa, es diciembre y en estas fechas siempre me siento ansiosa por la llegada de Santa Claus y no puedo ocultar la emoción que me causan los festejos propios de la temporada. Me gustan los abrazos, la ilusión de los niños, las bebidas calientes, la comida que engorda, las montañas cubiertas de nieve, y las luces, incluyendo los adornos navideños que pintan de distintos colores las calles de cualquier ciudad. 

Otra de las cosas que me gusta de este mes, es que podemos vivir los más inesperados ejemplos de amor, porque es el tiempo en que todo cede y se renueva; dónde los rencores se olvidan y las culpas -ocultas tras el silencio del ego- dejan de atormentarnos, arrojándonos irremediablemente a los brazos de la reconciliación.

Para estas fechas, siempre acostumbro analizar todo aquello que me fue necesario recorrer hasta llegar a estos días, próximos a la Noche Buena. ¿Cuántas cosas pasaron durante el año?, sin lugar a dudas, fueron un montón. Y, ¿de qué me perdí por no estar atenta?, ¿qué hice bien?, ¿qué hice mal?, por comodidad, sé que prefiero recordar sólo mis buenas acciones; sin embargo, hay que analizarlo todo. Cada momento vivido fue importante, pero, ¿atendí todo lo que debía?, ¿qué autoricé o desaprobé?, ¿cuáles fueron los más duros golpes que me dio la vida?, ¿cuándo llegaron mis más grandes alegrías?, por último, para no dejar incompleto el análisis y poder dibujar una sonrisa en mi rostro, fijo mi atención en ésta pregunta: ¿Cuáles fueron mis mayores conquistas?

Es bueno, de vez en cuando, disipar el polvo que cubre la superficie de nuestra alma, porque enero ya nos queda muy atrás y aunque fue el primer mes de este ciclo que pronto cerrará, muchas de las cosas vividas por aquellos días, seguramente se encuentran en el fondo de nuestro preciado baúl de recuerdos, y lo que sucedió en cada uno de los siguientes meses, sólo Dios lo recuerda con exactitud; pero no por eso, debemos dejar en el olvido lo bueno y malo que ocurrió en nuestra vida.   

Volvamos al punto inicial de esté tema que es la alegría y pensemos que todo hombre está obligado a ser feliz sin importar el orden ni el origen de los sucesos.  Esto me vino a la mente al recordar lo que dijo San Agustín: “Todo hombre está obligado a aprovechar a muchos, si puede; y cuando no pueda ser útil para todos, a lo menos debe serlo para sí mismo”.

Mantengamos pues, un buen ánimo estos días, y de ser posible, sostengámoslo durante mucho tiempo, para que no se agoten las sonrisas –propias y ajenas-. Improvisemos, hagamos locuras hermosas, empaticemos y, de ser posible, esforcémonos en ser menos predecibles, para que la sorpresa sea un encanto que deje una huella imborrable en la memoria de quienes comparten su camino con el nuestro.

Y después de la revolución a la que nos somete tanto festejo decembrino, no perdamos de vista el rumbo. No olvidemos que siempre se vale de todo lo que nos haga sonreír. Ojalá todos los meses nos sintiéramos igual, con las mismas ganas de compartir, de soñar y de entregarnos al amor, porque la vida, sólo es un pequeño instante.