24/09/2018
Editoriales

Nuevo León en miradas forasteras

“Nuevo León en miradas forasteras”, es el título del libro que recientemente publicó el escritor e historiador José N. Iturriaga, bajo los auspicios de la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Fundación Dr. Ildefonso Vázquez Santos”, A. C.

 

El autor, José N. Iturriaga de la Fuente, forma parte de la familia Iturriaga de la Fuente, de la que también es integrante nuestro amigo Renato Iturriaga de la Fuente, con quien colaboramos en el Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE). La suya es una familia dedicada a la cultura y a las relaciones internacionales.

 

El libro contiene dos textos preliminares. Uno es del Rector de la UANL, Mtro. Rogelio Garza Rivera y el otro es del Lic. Jorge Octavio Vázquez Santos, Presidente de la Fundación Vázquez Santos.

 

PALABRAS DEL RECTOR

 

El Rector Garza Rivera comenta al inicio de la obra: “En el libro que tenemos en nuestras manos, José N. Iturriaga nos hace este valioso regalo de conjuntar, comentar, ampliar diferentes visiones, que viniendo desde afuera, saben adentrarse en el paisaje material y humano de un estado que se muestra tal como es, con sus triunfos y desafíos”.

 

Por su parte, el Lic. Vázquez Santos señala que se trata de una obra importante para la investigación, el estudio y el deleite de los nuevoleoneses, cuya patria pequeña se erige con mayor fuerza cultural en nuestros días. Iturriaga realiza una labor importante de recopilación y ordenación de setenta memorias de viajeros, que nos dejaron, por diferentes razones y con diferentes objetivos, sus experiencias peregrinas en estas tierras.

 

La presentación del libro está a cargo del periodista Fernando Benítez, cuya biblioteca se encuentra entre nosotros, en el área metropolitana de Monterrey, bajo los auspicios de la Fundación Vázquez Santos.

 

Benítez explica que en la lectura de este anecdotario de viajeros extranjeros en México reencuentro al historiador, pero no al académico, sino más bien al periodista que no se disocia de su hábito de viajar. José N. Iturriaga es un caminante de la mano de esos otros que, procedentes del extranjero, nos han visitado durante cinco siglos, por las más diferentes causas.

 

Historiador y economista, Iturriaga es antes que nada un peregrino. Sus circunstancias familiares y profesionales lo han llevado a conocer casi un centenar de países del mundo y a México como pocos mexicanos. Ha recorrido toda la república y conoce en persona los detalles de cada itinerario. Por eso les va pisando los talones a los viajeros foráneos en sus peripecias por nuestro país; pero rara vez ejerce la crítica; más bien los acompaña en su camino, acotándolo.

 

Éste es un libro de recreo, pero también es una obra de consulta. Los pasajes más extraordinarios de los autores más extravagantes llaman la atención del lector profano, pero también informan al estudioso, al especialista. Valga recordar la impresionante bibliografía de casi 1,100 extranjeros que publicó Iturriaga en su primer tomo del Anecdotario de viajeros extranjeros en México, siglos XVI-XX (1988) a manera de anexo y el análisis estadístico que hizo de la misma: cifras y porcentajes acerca de los viajeros extranjeros en México, por siglos, por nacionalidades, por sexos, por profesiones y por regiones del país.

 

Los 70 autores que aquí aparecen no son todos muy conocidos. Encontramos, sin embargo, personajes bastante destacados como Luis de Carvajal, el virrey segundo conde de Revillagigedo, Alexander von Humboldt, el presidente Polk, el mariscal Bazaine, Graham Greene, Jack Kerouac y Gutierre Tibón. No obstante, la mayoría son desconocidos, algunos hasta para los historiógrafos neoleoneses.

 

Comienza con la reclusión en la ciudad de México, de Luis de CARVAJAL, quien fue condenado por el tribunal a quemarlo vivo. “Estando encima de un caballo de enjalma, fue llevado por las calles acostumbradas con voz de pregonero que manifestaba su delito, y por el camino fue con demostración de haberse convertido y tomó en la mano un crucifijo, y dijo algunas palabras por las cuales se entendió haberse convertido y arrepentido; por lo cual, habiendo llegado al brasero que está en el tianguis de S. Hipólito, le fue dado garrote [en vez de quemarlo vivo] hasta que murió naturalmente, a lo que pareció, y le fue puesto fuego hasta que su cuerpo quedó ardiendo en vivas llamas para que fuese hecho ceniza”.

 

Luego aparece el italiano Giovanni Bautista Schiapapria (1627-1695), quien fue conocido en México como Juan Bautista Chapa. Participante en las campañas de conquista y pacificación de Alonso de León, secretario de ese gobernador y escribano de cabildo, escribió la Historia del Nuevo Reino de León de 1650 a 1690 y él mismo quiso conservar el anonimato.

 

En la primera edición publicada hasta 1909, la obra apareció bajo el nombre de El Cronista Anónimo. Con un excelente manejo narrativo de la vida de Nuevo León en el siglo XVII, la autoría de la Historia permaneció en secreto por más de 300 años. Fue el historiador Israel Cavazos Garza quien investigó acuciosamente el asunto y, en 1991, develó el misterio, identificando sin lugar a dudas a El Cronista Anónimo con el italiano Schiapapria (en algunos documentos aparece como Schiappapietra).

 

Después se refiere al alemán Federico Enrique Alejandro de Humboldt (1769-1859), fue, antes que nada, un viajero y sabio politécnico. La vida de Humboldt se puede dividir en cuatro etapas: sus primeros 26 años dedicados a formarse y a servir como funcionario gubernamental en el ramo minero; los siguientes cuatro a preparar su viaje ultramarino, ya siendo independiente en lo económico debido a la cuantiosa herencia que recibió; la tercera etapa es el viaje de cinco años por América y la cuarta es el resto de su longeva existencia que dedicó a escribir una gran cantidad de libros, todos ellos vinculados de manera directa o indirecta a su gran viaje americano.

 

Veamos lo que dice Humboldt acerca de esta región: “El obispado de Monterrey (que lleva el pomposo título de Nuevo Reino de León), Coahuila, Santander y Texas, son regiones muy bajas; su terreno es bastante igual y está cubierto de formaciones secundarias y de aluviones. El clima de éstas es bastante desigual, excesivamente cálido en verano y muy frío en invierno, cuando los vientos del Norte arrojan columnas de aire frío del Canadá hacia la zona tórrida […]

 

LA INVASIÓN NORTEAMERICANA

 

Un capítulo muy interesante es el que se refiere a la invasión norteamericana. Es de gran interés lo que dice acerca del Presidente norteamericano James Knox Polk, quien nació en 1795 en Carolina del Norte. La guerra de Estados Unidos contra México se inició en abril de 1846 y aunque el presidente Polk intentó disfrazarla como reacción a las supuestas agresiones mexicanas, en realidad fue una afrenta imperialista de expansión y de conquista. Desde su campaña presidencial, Polk aseguraba que: “No tengo ninguna vacilación para declarar que estoy a favor de la inmediata reanexión de Tejas al territorio y gobierno de los Estados Unidos” y dice reanexión porque sostenía que Texas originalmente formaba parte de Louisiana y había pertenecido a su país.

 

En su discurso de toma de posesión como presidente, el 4 de marzo de 1845, declaraba con cinismo un contrasentido: “Nuestra Unión es una Confederación de Estados independientes, cuya política es la paz de uno con otro y con todo el mundo. Ensanchar sus límites equivale a extender el dominio de la paz sobre territorios adicionales y sobre millones de habitantes. El mundo no tiene nada que temer de la ambición militar de nuestro gobierno”. A un mes de haber asumido la presidencia, Polk inició la guerra contra México y a los tres meses ya había ocupado Nuevo México y California. El general Zacarías Taylor dirigió la invasión por Nuevo León y el general Winfield Scott tomó Veracruz y después la ciudad de México.

 

El presidente Peña y Peña tuvo que aceptar la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo del 2 de febrero de 1848 y aunque perdimos la mitad del territorio nacional, en realidad México se salvó de una pérdida mayor e incluso de una anexión total.

 

Más de un siglo después, Robert Kennedy se refirió a esa guerra diciendo que era “uno de los episodios más deshonrosos del pasado norteamericano”.