25/May/2020
Editoriales

Voces que claman justicia y el urgente rescate de nuestros valores

Hoy por la mañana recibí un video por WhatsApp, y al verlo, no pude evitar sentir un nudo en la garganta.  Y después de observarlo y escucharlo con detenimiento de principio a fin, una y otra vez y, por supuesto, compartirlo con varias amistades, pensé en las tantas veces que he querido tener el suficiente valor para grabar un video y poder contarle al mundo todo lo que me pasa, y esto, siempre ha sucedido cuando la rabia que he sentido en diversas situaciones injustas o complicadas, me rebasa.

Y no sé si he sido demasiado cobarde o prudente ¿Quién puede saberlo?, lo cierto es que el mundo parece estar al revés. A diario, veo como las injusticias marcan la vida de personas buenas que no le hacen daño a nadie. ¿Qué está pasando?

¿Desde cuándo los valores se marcharon por la puerta de atrás? ¿Alguien sabe dónde vive ahora la justicia? ¿Por dónde camina la honradez? O, ¿Dónde acostumbra veranear la bondad? Si alguien lo sabe, por favor ¡que nos lo diga!

Volviendo a la realidad y al mundo extraño en el que estamos, he querido alzar la voz y compartir ese conmovedor mensaje grabado por un médico regiomontano, quien desea ser escuchado, porque de lo contrario, no hubiera tenido la valentía de abrirnos su corazón y compartirnos su mensaje, el cual dice así:

“Pues ayer, en Monterrey, después de acompañar a unos amigos muy queridos a la inauguración de un restaurante, en el Casino Monterrey, el doctor, como siempre, como el agüite del grupo, se levanta temprano de la mesa y se va a la casa de ustedes a descansar.

Eran las 2:30 a.m. cuando recibes una llamada, de esas llamadas que no quieres recibir, de esas llamadas que no sabes quién te puede estar hablando a esas horas. Obviamente que no te hablan para decirte que te sacaste la lotería, ni para decirte que tienen ganas de verte, ni para decirte que te invitan a una comida al siguiente día. Son llamadas que van cargadas de malas noticias. Y bueno, me hablan y me dicen: Doctor, hay un paciente que necesita verlo, hay un paciente que estaba viendo un concierto en fundidora, en esos conciertos inmensos que parecen un corral de barra libre donde se da rienda suelta a un libertinaje extremo. Y pues tenía que ir a ver a esa persona y me dicen por teléfono: es un muchachito joven que estaba con su hermana enfrente del escenario y llega un grupo de desadaptados, de esos tipos que tienen confundida la filosofía de amar al prójimo como a ti mismo y la cambian y entonces odian al prójimo como se odian a sí mismos. Son tipos que no tienen nada y no me refiero a la situación económica porque he conocido ricos que están peor de vacíos que los pobres. Al decir no tienen nada, me refiero a valores y al no tener valores, no tienen nada y al no tener nada, pues no tienen miedo a nada, ya lo perdieron todo.

Pues me levanto, me lavo la cara, me pongo mi pitufo… mi bata. Y esa bata siempre ha servido como una especie de antídoto ante la traición de la emoción cuando ves a un paciente muy lastimado. Esa bata siempre ha servido como anticuerpo ante los sentimientos, para actuar y pensar de manera aguda, objetiva y resolver el caso. Pues lo mismo hice anoche, como en mis mejores tiempos de residente.  Me puse mi pitufo y mi bata, me peine y me fui al hospital, me fui a urgencias del hospital Zambrano. En eso llego, me encuentro a un jovencito que al parecer había defendido a su hermana porque esta jauría de animales se habían tratado de propasar con su hermanita y entonces, pues obviamente que todo el coraje que se tienen a sí mismos lo escupen agrediendo a alguien y ese alguien fue este muchachito que no hacía nada más que estar parado frente al escenario escuchando un concierto.

Lo encuentro lleno de lodo, con los ojos cerrados, con heridas en la cara, sangrando por la nariz y por la boca, con la nariz destrozada.

Yo llego a urgencias, veo el caso y haciendo uso de toda mi experiencia, mi frialdad, y mi agudeza mental para resolverlo, algo empieza a pasarme, algo que no había experimentado. Algo estaba empezando a fallar en mí al ver al paciente tirado en una camilla. Empecé a escuchar mi corazón como nunca lo había escuchado en una urgencia, mi pulso fino de relojero me empezó a temblar convirtiéndose en un infierno. Mi cubre bocas, dejando descubierta siempre mi vista al que está expectante del monitor, de la enfermera, del cauterio, de la herida, del sangrado, parecía que cubría mis ojos porque no podía ver, de repente mis vista empezó a ser cubierta como por lagrimas ¿Qué me estaba pasando? ¿Me estaría volviendo viejo?

Al final, cuando llego, me doy cuenta que el motivo del por qué el médico frio, el médico insensible, el médico que trae el camuflaje, el médico que trae el disfraz y la coraza de no sentir nada se me había caído, y estaba allí, con el alma abierta porque el que estaba tirado ¡era mi hijo! Y entonces… las cosas cambian, y te entra el coraje y te entra la impotencia y ves a tu paciente con mirada de angustia  y de miedo porque no sabes qué va a pasar y mucho menos sabes qué fue lo que paso. Pero haciendo uso del amor a lo que hago y concentrado en mi profesión, deje las cosas afuera y me dedique tres horas a atenderlo. Doy gracias a dios porque si bien terminó muy lastimado, está conmigo. Porque entre esos animales, alcoholizados o drogados, no valoran la fuerza que pueden emitir con un golpe y más en grupo y lo pudieron haber matado. No sé qué está pasando pero tenemos que hacer énfasis en nuestros valores, no podemos perderlos, porque al perder los valores, lo perdemos todo. Que dios los bendiga y que también bendiga a los que agredieron a mi hijo. Buenas  noches.”

Considero que es urgente hacer una pausa en el camino, en este acelerado trayecto que no nos está conduciendo a nada bueno. Hemos dejado a nuestros hijos en manos ajenas, en una especie de olvido disfrazado de modernidad y todo por salir a ganar el pan de cada día (es evidente que este tema da para más, porque a veces es por necesidad, pero lamentablemente, en otras ocasiones es por presunción, para tener lo que el vecino tiene, lo que no es tan necesario y lo que nunca podrá ser más valioso que la vida de nuestros hijos). Y tal vez esto no estaría cobrando una factura tan alta si nos hubiéramos preocupado por rescatar nuestros valores e inculcárselos a las nuevas generaciones. Así como lo hacían antes, nuestros abuelos o bisabuelos, quienes atesoraron la gran sabiduría ancestral, para luego, en un gesto de amor, transmitirla y heredarla de generación en generación. Eso, lamentablemente, perdió su valor.

Este día, no he podido ni he querido ser indiferente a este mensaje que me llegó por WhatsApp. Ignoro la fecha en que empezó a ser compartido, solo espero que llegue a muchas vidas y que logre tocar conciencias.

Sin más por ahora, me despido con esta frase llena de sabiduría:

“Procure no ser un hombre con éxito, sino un hombre con valores.” Albert Einstein.