17/12/2018
Editoriales

Lalo González

 

Llegué ayer triste y azorado a las instalaciones funerales de Benito M. Flores.

Lo primero que vi es el pizarrón de nomenclatura en donde indicaba: 

Capilla 1: Eduardo González Cázares.

Doy tres pasos y me aborda Bernardo, el hermano de Lalo.

_Ingeniero, qué bueno que vino, vamos, le presentaré a mi madre.

Otros tres pasos adelante vi a la madre de Lalo, a quien no conocía. 

_¿Usted es el ingeniero Leopoldo Espinosa? Sí, señora, vengo a darle el pésame.

Lalo siempre se acordaba de usted, de las grandes hazañas que juntos hacían en el periódico. Gracias por ser tan buen amigo de mi hijo.

Me sorprendió la entereza de la señora, su memoria, y su talante de madre resignada a la voluntad de Dios. 

Me platicó los pormenores de la enfermedad que en cuatro meses acabó con la vida de su hijo. 

Procuro no ir a los velorios porque me quiebro ante el dolor de los deudos, y en este caso pensé que ya la había librado pues no me dieron ganas de llorar como siempre.

Pero entré a la capilla ardiente y me acerqué al féretro a despedirme de Lalo.

Al ver su rostro de inmediato me inundaron los recuerdos. Me fui a cuando en 1989 me pidió que le presentara al alcalde de Monterrey, Sócrates Rizzo, para ver la posibilidad de hacerle una entrevista radiofónica en un programa que tenía con Lety Benavides.

La siguiente imagen se traslapó con la anterior, y era de cuando sin avisar llegó a El Regio que estaba por la calle de Washington. A los diez minutos Lalo ya era el jefe de redacción.  

Instalábamos la primera rotativa pues imprimíamos en El Porvenir, que estaba enfrente.

Ese día no se fue a dormir a su casa porque quería cerciorarse que los técnicos hicieran bien su trabajo.

Al día siguiente llegué a las seis de la tarde y Lalo no había llegado, no dije nada, pero lo esperé a que llegara como una media hora tarde y me le fui encima con reclamaciones.

Serio se metió a ver la edición del día, pues Yoya González, Raúl Rubio y Pancho Ortiz ya tenían asuntos pendientes con él.

Yo seguía molesto por su llegada tarde, y como si nada le hubiera dicho me trajo el “domi” de su propuesta de portada a eso de las 22 horas y esa noche estrenamos la rotativa.

Pasadas las doce le dije: No te vayas hasta que veas toda la impresión, y su respuesta como siempre lo hizo fue: Desde luego que sí, patrón, si hay novedad le llamo a su casa. 

Hasta el siguiente día me comentaron que no se había ido a dormir el primer día.

Así nos hicimos amigos, trabajamos juntos en varias oficinas en las que yo tenía alguna responsabilidad y jamás me dijo que no podía ayudarme con el tema de comunicación.

Una vez renunció al puesto sin decirme nada porque –luego me explicó- no pudo ayudarme con unas notas. Un año después retomamos nuestra relación laboral.

Ayer le vi el rostro enjuto y un gesto serio que no pudo engañarme, estoy seguro que se estaba riendo con las carcajadas que tantas veces inundaron el área de redacción.

Me quebré.