24/04/2018
Editoriales

Larga vida al libro

Hace más de un cuarto de siglo, surgió la Feria Internacional del Libro en Monterrey. Ya desde entonces se hablaba de la posible desaparición del libro. Las nuevas tecnologías avanzaban –y avanzan-- a paso acelerado. Atrás habían quedado la escritura manuscrita y las antiguas máquinas de escribir. Las computadoras se han apoderado del mercado. Ha concluido la FIL Monterrey 2017 y afortunadamente su majestad el libro, a pesar de todo, no ha desaparecido. Y qué bueno que así sea.

 

La FIL Monterrey 2017 fue todo un éxito. Se cumplieron muchos propósitos. El más importante: poner al alcance del lector los libros. Todavía no se ha llegado totalmente a la idea de pensar más en el lector y en el beneficio cultural que en el comercio y la utilidad económica. Pero, en fin, mucho se ha avanzado y ojalá que un día se cumpla el sueño de Don Alfonso Reyes: las Bodas de Minerva y Mercurio en Monterrey. Monterrey desde hace tiempo es reconocida como una gran ciudad comercial y Capital Industrial de México. Ahora sólo falta que se convierta en la Ciudad Internacional del Conocimiento y la Cultura.

 

Ante todo, la Feria fue una fiesta del espíritu. Ya no vienen Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Emanuel Carballo, Edmundo Valadés, Gustavo Sáinz, José Emilio Pacheco, Ernesto de la Torre Villar y tantos otros que nos tocó escuchar en las versiones anteriores de esta Feria. Es natural, se han ido, pero nos han dejado su obra, sus libros inmortales. Hay grandes espacios, para los que pueden pagar la renta. Hay otros, modestos pero igualmente importantes. Por citar uno pequeño, pero gran sitio, está el caso de El Colegio Nacional. Ahí estuvieron al alcance nuestro y de los demás visitantes de la Feria, a buen precio, las obras de Alfonso Reyes, de Octavio Paz, de Jesús Kumate, de Diego Valadés, Antonio Alatorre,  Rubén Bonifaz Nuño, Fernando del Paso, Mario Lavista, Vicente Quirarte, de Ruy Pérez Tamayo, de José Sarukhan, de Guillermo Soberón,  de Mario Molina, der Héctor Fix Zamudio, de Leopoldo Solís, de Gabriel Zaid, de Luis González y González, de Juan Villoro, Ramón Xirau, Miguel León Portilla, Enrique Krause, Eduardo Matos  y de Javier Garcíadiego, entre otros.

 

Otras editoriales también importantes del sector público que participaron fueron el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Autónoma de Nuevo León. Debo decir que algunas ediciones del FCE y de la UANL están agotadas, motivo por el cual sería conveniente pensar en reediciones o en versiones digitales de dichos libros.

 

PRESENCIA

DE CATÓN

 

En el último día de la Feria –el domingo 15-- nos tocó caminar entre miles de asistentes a la Feria y saludar a muchos amigos. Uno de ellos fue Armando Fuentes Aguirre “Catón”, el columnista más leído de México. Sus artículos se publican en más de un centenar y medio de diarios de todo el país. Qué bueno que existan seres humanos como Catón que van por la vida sembrando el amor y la amistad. Y además, el buen humor.  Tal es el caso de Armando Fuentes Aguirre, a quien se le conoce también como “Catón”. Es autor de columnas como “Mirador” y “De Política y Cosas Peores”. Es de Saltillo, pero también de Monterrey. Aquí pasa gran parte de su vida. La Universidad Autónoma de Nuevo León le otorgó el Doctorado Honoris Causa y el Estado le confirió la Presea Estado de Nuevo León. Además, ha dirigido la Orquesta Sinfónica de la UANL.

 

Su generosidad lo ha llevado a crear, junto con su familia, un Comedor para Niños Campesinos y la Estación Radio Concierto, una estación cultural de radio. Ha sido además Director del Ateneo Fuente y Fundador de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Coahuila. 

 

Catón presentó su más reciente libro en esta Feria. Se trata de “Don Abundio el del Potrero”, que lleva como subtítulo “Sabiduría para la vida. Humor del campo mexicano”. Don Abundio nos dijo Catón tiene edad de siglos y es el prototipo del ranchero mexicano. Es dueño de una sabiduría innata que heredará a sus hijos y sus nietos. Socarrón es su saber, tan práctico y positivo como él. En sus palabras y obras, el lector encontrará los trazos y trazas de Berceo, de Timoneda, del conde Lucanor. El ingenio y los dichos de tan singular personaje han sido hábilmente atesorados por Armando Fuentes Aguirre, Catón, en un florilegio de refranes campiranos, humor e historias sobre esas cosas de la vida pero también otras de la muerte, su inseparable compañera. Tú que lees esto –dice Catón--, y yo que esto escribo, tenemos la desdicha de vivir en la ciudad. Hemos perdido el contacto con la tierra. Eso nos quita fuerza de alma y cuerpo. Si regresamos a ella, siquiera sea en la lectura, regresaremos a nosotros mismos.

 

A través de 256 páginas, Don Abundio, el personaje de Catón, cuenta de un señor cuya autoridad era puesta en duda por uno de sus   hijos.  «Persígnate»,   le   ordenó. El muchacho   lo   hizo. «En el   nombre   del Padre…»,   dijo   llevándose   la   mano   a   la   frente. «…   y   del   Hijo»,   continuó llevándosela al pecho. «Hasta ahí -lo interrumpió el señor-. Fíjate bien: el Padre arriba y el Hijo abajo. Así son las cosas en el Cielo y así han de ser también acá en la tierra.

 

Otro de los relatos del nuevo libro de Catón, se titula “Abundio no tiene tente”: “Así dice doña Rosa cuando habla de su esposo. Y al decirlo usa la expresión empleada en el Potrero para aludir a quienes no sujetan sus palabras o hechos a los límites de la discreción. Yo digo que el viejo sí tiene tente, pero no lo usa si no le da la gana. Eso me pone a veces en apuros. Nada menos el otro día un invitado mío le preguntó: -Don Abundio: ¿vivió usted aquí toda su vida? -Todavía no lo sé -respondió él- Pero sí la que he vivido hasta la fecha. El visitante lo mira sin entender. Yo, que conozco a don Abundio, lo entiendo sin mirar, pues vuelvo la vista a otra parte para no reír con el desconcierto de mi amigo. Y es que, bien vistas las cosas, a la respuesta del viejo le sobró de lógica lo que de gramática le faltó a la pregunta de su interrogador. Don Abundio sí tiene tente. Pero lo usa sólo con quien debe usarlo.

 

Más adelante nos cuenta Catón: “Le digo a don Abundio:-Estoy envejeciendo. Y me contesta él:-Soy quince años mayor que usted, licenciado. A su edad todavía es uno joven. El otro día me dijo un amabilísimo señor a quien hacía mucho tiempo no veía:-Se ve usted muy bien, don Armando. Hasta parece que va rejuveneciendo. Es como aquel personaje de Oscar Wilde, ¿cómo se llamaba?, ah sí: Ernesto. Estoy envejeciendo, sí, pero no me siento viejo. Es más: me gusta tener la edad que tengo. A mis años tienes más experiencia, más recuerdos, más tolerancia, más serenidad, más tiempo para ti…Sobre todo, tienes nietos. ¿Se puede pedir más?”

 

Hay libros   llenos   de   sabiduría   y   discursos   colmados  de   verdad.   También   hay frases sabias, verdaderas. En ocasiones, sin embargo, toda la verdad y toda la sabiduría pueden caber en una sola palabra. Hace   muchos   años   murió   en   el   Potrero   un   hombre,   el   más  rico   señor   de   la comarca. Era dueño de tierras y de casas; el ganado de sus agostaderos no se podía contar; él mismo ignoraba cuánto dinero tenía. En su funeral uno de los presentes inquirió en voz baja:-¿Qué dejó? Con una palabra le contestó don Abundio: -Todo. Tenía razón: nada nos llevamos con nosotros. Todo tendremos que dejar.

 

OBRAS CENTENARIAS DE DON ALFONSO REYES.- Por otra parte –y aunque sea brevemente— les comentaremos que en el stand de la UANL en la Feria del Libro, fuimos invitados a hablar sobre la vida y obra del regiomontano ilustre y mexicano universal Don Alfonso Reyes y presentamos tres obras suyas centenarias: “Visión de Anáhuac”, “El Suicida” y “Cartones de Madrid”. Al sitio llegaron personas de todas las edades y mostraron un gran interés por la obra de Reyes.

 

Dentro y fuera de México, don Alfonso es conocido y reconocido como el Mexicano Universal. Tal calificativo no es gratuito. Lo merece por su intensa vida diplomática, que lo llevó a ser digno representante de México en España, Francia, Argentina y Brasil. Pero lo merece igualmente por su innata y profunda vocación de escritor, que lo convirtió en uno de los más importantes embajadores de las letras americanas del siglo XX en el mundo entero,

 

Su prolífica obra, cuya calidad es también reconocida en todos los confines, ha sido recopilada por el Fondo de Cultura Económica en 26 volúmenes de sus Obras Completas. Y como muestra de su universalidad, están las opiniones de grandes escritores de todo el mundo, como Jorge Luis Borges, Azorín, Ortega y Gasset, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Raúl Rangel Frías, Mario Vargas Llosa, Adolfo Bioy Casares, Gabriela Mistral, Juan José Arreola, Fernando del Paso, Alejo Carpentier, entre muchos.

 

De él, Borges afirmó que era el mejor prosista del mundo y Carlos Fuentes dijo en alguna ocasión que la obra de Alfonso Reyes es “una carga de dinamita a largo plazo. Como todo gran escritor, sembró de señales para el futuro el terreno yermo del presente, Como todo gran mexicano, tendió un puente para el porvenir que él entendió ajeno a esos fatalismos empobrecedores y enajenantes, un  porvenir que él quiso radicar en proyectos de la inteligencia y voluntad”.

 

 

Antes de morir, Don Alfonso nos dejó esta frase: “¿La emoción? Pídela al número que mueve y gobierna al mundo. Templa el sagrado instrumento más allá del sentimiento. Deja al sordo, deja al mudo, al solícito y al rudo. Nada temas, al contrario, si en el rayo de una estrella logras calcinar la huella de tu sueño solitario”