21/09/2018
Editoriales

Entrecurules 28 08 18

"Mientras México sea, el nombre de Juárez será un gran símbolo". En horas aciagas para la República este indio zapoteca puro, encarnó nuestro destino trágico. Era como si las fuerzas elementales de la tierra se condensarán en él.

Este fragmento de discurso fue pronunciado en el Hemiciclo al Benemérito, el 21 de marzo de 1953 por Salvador Azuela, maestro de altos méritos.

 Ejerció la cátedra desde 1925, en la Universidad de Michoacán, y desde 1930 en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 Azuela, quien sustentó cursos y conferencias en las principales universidades e institutos de enseñanza del País, abunda al hablar de Juárez:

 "Juárez procede del fondo humilde de nuestro pueblo. Pastor de un rebaño de ovejas, simple criado en Oaxaca, por su esfuerzo se eleva a Gobernador de su Estado, Secretario de Justicia, presidente de la Suprema Corte de la Nación y Presidente de la República.

 Sufrió todos los infortunios: la pobreza, la cárcel, la persecución, el destierro y la calumnia.

 A través de la gesta de reforma, lo vemos pasar con su negra levita, muy siglo XIX. La obra reformista es inseparable del partido liberal cuyo testamento político puede así definirse: 

 La religión es inviolable en el Sagrario de las conciencias y de los templos, pero cuando se le desvirtúa queriendo convertirla en un partido político, por su propio prestigio la ley debe hacer que tome a su dominio. Con tal designio, la generación que Juárez acaudilla, puso los cimientos inconmovibles de nuestro laicismo institucional.

Gran apasionado, pudo ser superior a las pasiones efímeras. Su nombre sigue siendo clarín de guerra y bandera de combate; pero uno de sus mayores méritos radica en el difícil sentido de la serenidad entre las llamas del incendio.

 Estando en Veracruz en 1859, el Sinaí de la Reforma, como lo acaba de llamar el distinguido historiador michoacano Romero Flores, cuando don Melchor Ocampo y don Miguel Lerdo de Tejada lo instaban a publicar las leyes reformistas que tenían ya dispuestas, fue necesario que viniera don Santos Degollado a informarle que buena parte de los bienes eclesiásticos se encontraban en poder del ejército liberal, para que no por flaqueza de convicciones sino por prudencia estadista, conviniera en elevar una realidad histórica al rango de la ley.

Para aquellos que le niegan todo patriotismo, hay que recordar que don Justo Sierra relata cómo en los días en que iniciaban las reclamaciones, Francia, Inglaterra y España por la suspensión de sus pagos correspondientes a nuestra deuda con esos países, vino Corwin a México, en calidad de enviado especial de Seward, entonces Secretario de Estado de la Unión Americana. 

 A través de Corwin se propuso ayuda al gobierno para enfrentar nuestros compromisos internacionales a condición de entregar en garantía, las minas de Sonora, Sinaloa, Chihuahua y Coahuila, en el concepto de que si en seis años no se pagaba el total de los créditos, la propiedad de tales riquezas pasaría a nuestros vecinos del norte.  Juárez rechazó categóricamente la propuesta norteamericana, prefiriendo lanzarse a una guerra desigual y cruenta.

 Es decir, Juárez, ni en los momentos más sombríos perdió la fe en México.