18/11/2018
Editoriales

La Imprescindible Moralidad Pública

 

Todas las fallas que tenemos en México en nuestra vida pública se originan y pueden resumirse en falta de moralidad en la misma: Es tan grave esta situación que por ello no sólo nos alejamos del modelo democrático e igualitario del Primer Mundo, sino que, por desagradable y alarmista que suene, hasta descendemos en la escala de la animalización social: En efecto, nuestros primeros ancestros homínidos de hace unos dos y medio millones de años, de 1.40 mts. de estatura y cerebro de 675 cc,  fueron superando a los demás animales al ir adoptando, poco a poco, en sus hordas y tribus los primeros rasgos burdos de la siguiente disciplina social: No matar ni dañar gravemente a ningún miembro del grupo, repartir los recursos de la caza y la recolección con criterios de equidad, comportarse dentro del grupo como quien se es en él y hacer las funciones fisiológicas con criterios de privacidad y no contaminación.

 

   Claro que esta base de toda la moralidad homínida se fue refinando, sobre todo cuando nuestros ancestros Homo Sapiens, ya de 1.70 mts de estatura y cerebro de 1,350 cc, ascendieron a la plena conciencia hace unos 72,000 años, pues entonces ya se trataron de explicar todos los fenómenos cósmicos, meteorológicos, biológicos y sociales mediante la explicación que les pareciera más plausible, la cual, por falta de conocimientos científicos, hasta muy recientemente siempre estuvo basada en explicaciones basadas en un sentimiento religioso o mitológico.

 

   Otra gran modificación de la moralidad pública ocurrió “recientemente”, hace sólo 10,500 años, cuando al irse desarrollando la agricultura, los grupos humanos fueron creciendo de tamaño, primero en el Medio Oriente,  hasta que en ciertas regiones muy fértiles, como Mesopotamia y el Nilo, los ya muy aglomerados  humanos ascendieron, hace unos 5,500 años, a las Civilizaciones de Primera Generación. El problema fundamental de esos primeros Estados, fue la de extender la disciplina social o moralidad pública  a todos los miembros de la misma civilización, a base de inventar y ejercer “la hermandad” bajo unos mismos dioses y soberanos.     

 

   Las Civilizaciones de Segunda Generación, como la Siriaco-Irania y la Greco-Romana volvieron a revalorizar al individuo, una con el monoteísmo hebreo y la otra con el estudio filosófico del mundo, fundiéndose luego ambas tendencias en el Cristianismo, que dio origen a la Civilización Occidental, la cual a partir del Humanismo Italiano, la Expansión Oceánica Ibérica y la Reforma Religiosa Germánica, pudieron ascender al Método Científico, el cual, luego de las Revoluciones Comerciales y Políticas llevó a la Revolución Industrial, que ya en siglo XX descarriló en las dos terribles Guerras Mundiales. Después el mundo cayó en una Confrontación Ideológica, la cual, con ayuda de la Revolución Informática, arribó por fin a la Globalización, la cual, muy recientemente, ha dado señales de entrar en su primera crisis, provocada por su acelerado ascenso técnico científico que ha dejado a muchos clase medieros del Primer Mundo con problemas de status social.

 

   Este breve repaso de toda la historia debe hacernos ver el papel fundamental que juega la moralidad pública en dar confianza y seguridad a toda la población de una democracia plena, como las del Primer Mundo y como  requisito  indispensable para ascender al mismo.

 

   Así que en esta disyuntiva electoral que estamos pasando en México, creo que la opción es muy clara, aunque muy difícil de lograr: Debamos lograr una real y firme moralidad en el manejo de los asuntos públicos, basadas en probabilidades reales y supervisables, y no en peligrosas promesas populistas incumplibles.

 

Atte.- JVG.- 28-02-18