25/Sep/2020
Editoriales

Visitar El Álamo

Visitar el Museo de El Álamo en Texas es como recibir en ayunas una fuerte dosis de algún jarabe empalagoso. Ciertamente allí se celebró una batalla importante, pero de ninguna manera fue la más grande ni la definitiva de la Guerra de escisión o separatista de esa provincia mexicana para independizarse de nuestro país. La mercadotecnia norteamericana hizo de El Álamo un sitio insigne de libertad y lealtad, valores que dudosamente subyacían en la guerra separatista texana.

 

El movimiento de insurrección fue provocado por colonos sajones que se habían colado a vivir en territorio mexicano. Desde luego que el régimen santannista era dañino, tanto que no sólo Texas luchó por la separación de México, pues hubo varios intentos que no fructificaron en sendas provincias del centro y sureste nacionales, como Zaacatecas y Yucatán, entre ellos. Un centralismo absurdo combinado con el caudillismo del general Antonio López de Santa Anna llevó al país a un nivel increíblemente bajo en su desarrollo social, económico y política, aspecto que fue aprovechado por el poderoso vecino del norte para apoyar en secreto la independencia de Texas, para sumarlo después como una más de las estrellitas de su bandera, y utilizarlo de pretexto para invadir militarmente a México, arrebatándole más de la mitad de su territorio.

 

En El Álamo se habla hoy al turista de heroísmo y patriotismo, pero nunca se dice que de todos los defensores de ese fuerte, sólo eran 32 los texanos, por 151 mercenarios y filibusteros que reclutó El Tío Sam en entidades del norte de Estados Unidos, como Tennessee y Alabama. Esto demuestra que la lucha en El Álamo no era entre mexicanos, sino que había una intervención soterrada del país vecino. No aclaran ni de broma que la frontera original de Texas llegaba sólo al Río Nueces, no hasta el Río Bravo. Y del trato que tuvieron con Santa Anna para “comprar” el territorio de La Mesilla, es posible que los guías de turistas que atienen al público ni siquiera lo sepan.