23/09/2018
Editoriales

Píldoras para los malhumorados

 

Esta es la historia de Pablo, un hombre común cuya mayor virtud era estar siempre de mal humor. A este individuo, con bastante frecuencia, todo lo enojaba. Apenas comenzaba su día y ya había despertado totalmente malhumorado. En lunes le molestaba la lluvia, al día siguiente se enfurecía porque hacía calor y reiteradamente lo hacía cuando intuía la felicidad de los demás. Sobra decir que él no toleraba la dicha ajena y por lo tanto, lo que más disfrutaba, era ejercer violencia caprichosa y gratuita contra todos, sin importarle cuanto daño hacía con eso, porque lo único que pretendía era apagar por completo las sonrisas en los rostros de aquellos con quienes convivía… Si sobra decirlo, sin embargo, no está de más.

¿Les suena conocida la historia? Seguramente sí, porque todos, en algún momento de nuestra vida nos hemos topado con alguien así. Y seguramente en la mayoría de los casos hubiésemos deseado con todo el corazón haberle regalado una dosis completa de píldoras contra el mal humor, para que se le endulzara la vida, el momento o la ocasión.

En los últimos días –para mi desgracia-, no he estado exenta de encontrarme en la calle a uno que otro malhumorado que ni al saludar sabe poner buena cara. Tal vez estoy en una mala racha y por eso me los he encontrado. Qué sé yo.

El caso es que esos incómodos encuentros me han puesto a pensar en lo útil que sería contar con un medicamento especial para este tipo de personas. Una simple pastillita que quite la rabia y regularice de inmediato el pH de la sangre; y en el mejor de los casos –si se pudiera medir- que normalice también el pH del alma. Porque me pregunto, y no está por demás hacerlo: ¿Será que la acidosis en la sangre los hace sentirse completamente infelices?

Si bien es cierto que las consecuencias de valores anormales en el pH de la sangre puede traducirse en: “Disminución de la capacidad de nuestro organismo para absorber nutrientes esenciales, como los minerales. Disminución de la capacidad para producir energía en las células. Disminución de la capacidad para la reparación de las células dañadas y una mayor predisposición a sufrir cáncer”, entre otras afecciones más; una acidez en el alma, puede traducirse como una marcada disminución de la capacidad de producir alegría en el corazón.

  Tan sencillo que es pasarla bien, disfrutar de la vida, de nuestros buenos actos y sus consecuencias. Caray, para que complicar el camino de quienes están de buen humor.  

Todos podemos enojarnos bajo alguna circunstancia en particular y por lo general, se nos pasa al ratito. Es válido y normal que suceda. Lo que no se vale es permanecer en ese estado por horas, días o durante todo un verano e involucrar en esa “furia total” a alguien más.  Si por alguna extraña o secreta razón estamos de malas y no se nos pasa, lo mejor es permanecer lejos o en silencio, porque ¿qué sentido tiene amargar el momento de la vecina de al lado, de los compañeros de trabajo, de quien sin deberla ni temerla pasa junto a nosotros? O, en el peor de los ejemplos, ¿qué beneficio nos brinda –al estar encolerizados-, espantar el sueño de quienes duermen bajo nuestro mismo techo?

Cuando las cosas no salen bien y enfurecemos por ello, lo peor que podemos hacer es mortificar a un inocente. Lejos de brindarnos un estado de poder y superioridad que no remedia en absoluto lo que nos esta alterando, nos conduce irremediablemente al  abismo donde reina la soledad.

Como dice un conocido refrán: Al mal tiempo, buena cara y si te vas a enojar, permite que sea por algo que realmente valga la pena. Enójate a solas, aprende a controlar tu ira y no martirices a las almas afines con la felicidad.