04/Apr/2020
Editoriales

La Bandera Nacional

Hoy lunes coincide con ser El Día de la Bandera. En consecuencia, diferiremos el estudio del siguiente templo religioso de la colección de textos que llevamos avanzada para comentar algunos aspectos de nuestra hermosa bandera mexicana.

 

Porque las banderas nacionales son símbolos que unen y representan a los pueblos. Elementos indispensables en tiempos de guerra para convocar al heroísmo y motivar la presencia del coraje patriótico para la superación nacional durante los tiempos de paz. Y el pueblo debe reconocer a su bandera como elemento sagrado que inspira tales sentimientos nacionalistas por encima de los suyos personales. Esto hace del arte de diseñar banderas, uno muy delicado, pues se le exige que contenga insignias de identidad para todos los pobladores y los convoque a luchar por la victoria.

 

Alcanzar el nivel de aceptación popular es el reto de quienes diseñan las banderas. En el caso mexicano buena parte del éxito inicial del movimiento de insurgencia en 1810 fue la primera bandera utilizada por el cura Miguel Hidalgo. Recordemos que el padre de la patria tuvo la gran idea de tomar del santuario de la parroquia de Atotonilco un óleo con la imagen de la Virgen de Guadalupe, arrancándole el marco para, con ella, abanderar la primera marcha del movimiento independentista, integrado por creyentes y adoradores de la reina de México y emperatriz de América.

 

Por eso el estandarte de la Virgen de Guadalupe es considerado el primer gran símbolo de unión del pueblo mexicano ante un movimiento de la magnitud que significó la Guerra de Independencia. Meses después, los insurgentes adoptaron banderas albiazules con la imagen de la Virgen en el centro, aunque años después fuera sustituida por un águila posada sobre un nopal que recordaba el origen y fundación de la antigua capital de los aztecas, convirtiendo a esta enseña en la primera con este elemento. 

 

Desde luego que todas las naciones tienen su bandera que les estimula a la hora de competir con otras, pero al menos los bandos contrarios están estimulados por su sentimiento patriótico. Porque si uno de esos grupos no tiene ese estímulo, está en franca desventaja. Una bandera no es una tela teñida, si así lo fuera, no habrían sucedido las hazañas de un Juan Escutia en el Castillo de Chapultepec, o de los soldados norteamericanos en Iwo Jima. 

 

Nuestro México ha tenido varias banderas a lo largo de su historia. La primera que llevó los colores verde, blanco y rojo fue la que se diseñó tras la formulación del Plan de Iguala en marzo de 1821. Este emblema se presentó públicamente en septiembre de ese mismo año cuando Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero, al frente del ejército trigarante, hicieron su entrada triunfal a la Capital marcando el fin de la Guerra de Independencia. 

 

La gran diferencia entre aquella bandera y la actual es que las franjas de colores no eran paralelas al asta, sino oblicuas, o en forma diagonal. Tampoco estaban colocadas en el mismo orden de ahora, pues ostentaba primero el blanco significando la religión, después el verde que significaba la independencia, y el rojo la unión. Y además al centro, en el color verde, estaba una corona imperial que simbolizaba la transición hacia un imperio mexicano, y en aquel momento se interpretaba que era una señal de lealtad a la corona española.

 

Iturbide era un hombre inteligente e intuía que había aún ciertos grupos que querían seguir teniendo relaciones con la Madre Patria, por eso no aclaraba que su objetivo era ceñirse la corona, tal como finalmente hizo. Dejó correr la versión de que vendría a gobernar México un príncipe español, cuando en realidad Iturbide cuadraba todo para entronizarse.

 

La bandera trigarante

La bandera trigarante, por sus colores diferentes representaba un rompimiento con España, pero correspondía con los de la bandera vasca -La Ikurriña-, pues las raíces de la familia Iturbide provenían del país vasco. Desde luego que la bandera mencionada llevaba una cruz blanca y un aspa verde sobre un fondo rojo, pero Agustín no podía descararse colocando esos elementos, porque ni Guerrero ni sus seguidores lo hubiesen aceptado.

   

La bandera imperial

Ya establecido el Imperio Mexicano, el día 2 de noviembre de 1821, Agustín de Iturbide dispuso que los colores de la bandera fueran colocados en posición vertical, tal como está la bandera italiana, debido a su cercanía con los jesuitas, una orden católica española asentada en Italia y que aquí había sido expulsada por las autoridades virreinales. Con la diferencia fue que a la bandera nuestra le agregó al centro un águila parada en un nopal nacido en una laguna y lucía en la cabeza una corona como símbolo del emperador Agustín I. 

 

Esta es considerada como la primera bandera nacional, ya con el orden actual de los colores y el poderoso símbolo del águila sobre el nopal luciendo en su plano central. Desde entonces ni los colores ni su orden han variado; es el águila en el centro la que marca la pauta semiótica, para indicar el tipo de gobierno. Sólo cambió su corona imperial por una guirnalda de oliva en la República, de frente o de lado, con las alas en posición de ataque o de alzar el vuelo, según la visión del gobernante en turno, hasta la época postrevolucionaria donde la ley la define y no el capricho de un gobernante.

 

La bandera de Maximiliano de Habsburgo

Instaurado el débil Imperio de Maximiliano se modificó el águila que devorando a una serpiente, se colocó dentro de un estilizado marco evocando los escudos de armas de las familias y cortes europeas, coronando el recuadro con el símbolo del segundo Imperio: una corona grande y “refulgente”. Al morir Maximiliano fusilado al pie del Cerro de las Campanas, en Querétaro, su bandera también murió. 

 

La bandera de Porfirio Díaz

Tras la muerte del presidente Juárez, y luego de una serie de levantamientos, el general Porfirio Díaz logró hacerse del poder. Durante las tres décadas que duró su dictadura, en la bandera estaba el águila de frente devorando a la serpiente, pero esta bandera se presentaba semi rodeada de una corona de laureles al estilo de las culturas clásicas en señal de triunfo, victoria y poder cesariano.

 

Después, ya en 1916, el presidente Venustiano Carranza expidió un decreto el 20 de septiembre ordenando que el escudo (ya oficializado como nacional) volviera a aparecer en las banderas. Ahora el águila estaba de perfil, como ya había sucedido antes con algunas enseñas de mediados del siglo XIX, con sus alas en actitud de ataque y devorando a la ya famosa serpiente de cascabel…, como símbolo del lugar exacto donde los aztecas fundarían su ciudad México-Tenochtitlan. A este emblema sólo se le agregaría una leyenda que lo enmarcaría: Estados Unidos Mexicanos.

 

La ley de Díaz Ordaz sobre el uso de la bandera

La bandera nacional se mantuvo así hasta la emisión de un decreto del presidente Gustavo Díaz Ordaz, fechado el 17 de junio de 1968, en el que se hacía pública la “Ley sobre las características y el uso del Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales”. Desde entonces, nuestro lábaro luce sus colores y su poderoso escudo plásticamente mejor diseñado y dibujado provocando en muchos, mexicanos o no, un sentimiento de mexicanidad. 

 

Hoy día existen muchos elementos que dividen a los mexicanos. Los partidos políticos, las iglesias, el fútbol, los regionalismos, las clasificaciones dolosas (chairos y fifís), y otros elementos, por lo que debemos valorar lo que nos une. Lo que nos mueve a la unidad y al progreso. La bandera nacional es de los pocos elementos que nos une.

 

 

“Mi bandera es el símbolo de mi tierra, en ella encuentro la alegría y la dicha de pertenecer a un país que cada día lucha por salir adelante”. ¡Larga vida a nuestro país y a su bandera nacional!