21/04/2018
Editoriales

Agosto 26 de 1899: nace en Oaxaca, Rufino Tamayo, quien sería un pintor excepcional

Agosto 26 de 1899: nace en Oaxaca, Rufino Tamayo, quien sería un pintor excepcional, uno de los primeros latinoamericanos que alcanzó relieve internacional, autor de, entre muchas obras, El Monumento al Sol, frente al Palacio Municipal de Monterrey, inaugurado en 1980.

Se trata de un mexicano auténticamente universal, que junto a Frida Khalo y Diego Rivera, conforma la tríada de pintores mexicanos más conocidos en el orbe. Zapoteca al cien porciento, Tamayo no sintió la necesidad de reivindicar a los indígenas, pues su triunfo era una demostración de cuán grande pueden serlo todos, a diferencia de los muralistas Rivera, Siqueiros y Orozco, quienes fueron partícipes de los movimientos políticos de su tiempo.

Tamayo tuvo personalidad distinta –artísticamente hablando- pues desarrolló el tema indio con estilo más formal y abstracto, en donde la base fundamental es el color. De joven trabajó de auxiliar en un negocio vendiendo frutas, y con los años, ya en plenitud de su carrera, exhibiendo su obra en New York dijo que seguía vendiendo fruta, pero ahora pintada en un lienzo.

Desde la niñez mostró inclinación por la pintura, iniciando a los dieciséis años en la Academia de Bellas Artes de San Carlos, pero abandonó sus estudios por no estar de acuerdo con la férrea disciplina que había en esa institución. En su primera exposición, del año 1926, se vio una calidad excepcional, y así lo consignó la crítica del momento. Pasan unos años y se nota una importante evolución de su arte que le llevaría a ensayos vinculados con el surrealismo.

En su Autorretrato en 1931 y el Barquillo de fresa, en 1938; son dos cuadros que así lo indican. Fue titular del departamento de Dibujo Etnográfico del Museo Nacional de Arqueología, en 1921, y luego de su exposición de 1926, se le abrieron las puertas en el Art Center de NY, y regresando en 1928 fue nombrado director del Departamento de Artes Plásticas de la SEP. Regresó a New York en 1938 cuando aceptó ser maestro en la Dalton School of Art, en donde estaría 20 años y cambiaría para mejorar su arte, perfeccionando la técnica apoyándose en las formas de la cultura prehispánica. Busca plasmar sus raíces indígenas en equivalencias poéticas más sutiles. Atiende solicitudes de murales, que contrastan con la obra de los grandes muralistas mexicanos, porque da autoridad al color frente al mensaje político. Desde luego que su fuerte era el caballete, en donde realizó verdaderos poemas plásticos, ya que no buscaba la popularidad sino la expresión de un zapoteca auténtico. A principios de los años cincuenta, la Bienal de Venecia instaló una isla a Tamayo, y obtuvo el Primer Premio de la bienal de Sao Pablo en 1953, junto al francés Alfred Mannesier. Comienza la mejor etapa de su vida, que le da grandes satisfacciones internacionales, pues en Houston pinta su mural más grande, titulado América en 1956; luego de realizar el mural El Hombre, para el museo de Dallas. En 1958 realiza su mural Prometeo, para la biblioteca de la Universidad de Puerto Rico, para –un año después- recibir un homenaje de los ambientes artísticos y culturales europeos al develar el fresco para el Palacio de la Unesco, en París. Siempre se mantuvo como un hombre discreto y de pocas palabras; él se expresaba con el color, con todos los variables que uno pueda imaginar de los azules nocturnos, el impactante violeta, los espectros de naranja, los rosados, los verdes, y desde luego su rojo en las frutas como la sandía, son excepcionales. Su obra muralista culmina en El Día y La Noche, realizado en 1964 para el Museo Nacional de Antropología e Historia de México, recibiendo por ello y por toda su carrera, el Premio Nacional de Artes. Al inaugurar en 1974 el Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo en la ciudad de Oaxaca, con mil 300 piezas arqueológicas donadas por él, dijo unas palabras sencillas que le dieron más estatura, pues la oratoria entre más sencilla tiene mejor aceptación: Todo lo que soy se lo debo a mis raíces oaxaqueñas. Tamayo murió en la ciudad de México en 1991.