14/11/2018
Editoriales

¿Quién entiende a las mujeres?

 

Hay momentos en la vida en que desearíamos subir a la cima de la montaña más alta para gritar a los cuatro vientos -en todas las direcciones y sin restricción alguna- lo que venimos sintiendo. En tono de protesta por la libertad del alma, para no arrastrar más ese pesado costal que vuelve lento nuestro andar. Sí, eso sucede siempre que algo nos impide avanzar en la dirección que libremente hemos elegido, sea la correcta o no. En lo personal, cuando esto me pasa, imagino que estoy situada en ese punto alto, implorando ayuda a los cuatro dioses del viento presentes en la mitología griega: Bóreas el viento del norte que traía el frío aire invernal; Noto, el viento del sur que traía las tormentas de finales del verano y del otoño; Céfiro, el viento del oeste que traía las suaves brisas de la primavera y principios del verano; y Euro, el viento del este, que no estaba asociado con ninguna de las tres estaciones griegas. Donde empieza mi inconformidad por alguna situación o comienzo a sentir la más ligera sospecha de que alguien quiere coartar mi libertad, pienso en esos vientos y deseo que ellos se lo lleven todo, dejándome a cambio, una gran paz interior.

¿Será que soy mujer? Con una personalidad complicada, rara, excéntrica, cambiante, a veces impulsiva, otras calmada; sociable o solitaria, analítica, autónoma, profunda y superficial a la vez; observadora, incrédula, insaciable y también muy difícil de complacer. Así dicen que somos las mujeres escorpión, capricornio, cáncer, libra, géminis y demás signos del zodiaco. Todas sentimos extrañas sensaciones y mostramos una personalidad confusa ¿quién entiende a las mujeres? A veces ni nosotras mismas podemos hacerlo.  

Con frecuencia, deliramos por las compras pretextando que esto reducirá nuestro estrés, nos encanta tener una gran colección de zapatos y con eso creemos sentir que no nos hace falta nada y después de lograrlo, nos damos cuenta que aún no lo tenemos todo. Le damos más importancia a los pequeños detalles y nos ofendemos por cualquier tontería. Recordamos el pasado con gran facilidad y nunca olvidamos lo que se nos dijo hace dos, cinco, diez o vente años; pero, a cambio, para compensar nuestra insatisfacción y condición de mujer, tenemos permiso de llorar en el cine y en cualquier lugar del planeta.

Si todo lo anteriormente dicho no ha sido suficiente para describir a una mujer, entonces, hace falta conocer lo que gritamos a los vientos, eso que hemos dejado de callar las mujeres.

La falta de memoria masculina nos enfurece, nos transforma y transporta a otra realidad en la que pegar mil gritos no remedia nada pero si hace temblar a cualquiera. Y es que nosotras, difícilmente olvidamos la fecha en que lo conocimos, cuando nos dio el primer beso, cuando formalizamos nuestro compromiso, el cumpleaños de su abuelita, la primera cita y la fecha en que olvidó nuestro aniversario.

El control y poder que algunos caballeros quieren ejercer en nosotras, los consejos desatinados, el desorden desmedido y la falta de interés por colaborar en las tareas del hogar, los corazones de hierro que no pueden decir un “te quiero” por miedo a sentirse vulnerables, los silencios prolongados, la falta de capacidad para interpretar nuestras señales, gestos o esa tristeza silenciosa que de repente aparece e invade nuestro ser, el no entender cuando un “si” significa “no” y viceversa, la falta de mimos y flores que deseamos nos obsequien sin motivo ni razón y tantos detallitos –omitidos- para no convertir esta lista en algo interminable, dan paso a las conocidas y cuestionadas quejas femeninas que nos conducen instantáneamente a donde podamos estar más cerca de los Anemoi o dioses del viento, los que pueden arrasar con eso y mucho más.

Es curioso, pero, el solo hecho de pensar e imaginarme cerca de esas poderosas deidades hace que desaparezca el nudo en la garganta, ese que me impide hablar con la más absoluta sinceridad, lejos de querer estallar en llanto.

Porque, definitivamente, hay momentos en la vida en que es bueno “gritar”, expresar libremente nuestro sentir, correr y arañar el tronco de un árbol si es preciso, con tal de sentirnos mejor. Y también, resulta estupendo atrevernos a estar en desacuerdo, a romper reglas, a salir durante la madrugada para disfrutar de la luna y las estrellas defendiendo con este simple hecho los momentos felices, los más afortunados, aquellos que nos falta construir para algún día convertirlos en recuerdos inolvidables, auténticos e improvisados. Recuerdos que pueden ser totalmente locos, extraños, irrepetibles pero que basan sus cimientos en la magia y emoción.

Me declaro en protesta femenina sin esperar comprensión, solo por el absoluto placer de sentirme en libertad y poder gritarle a esos generosos vientos, aquello que ahora me estorba, lo que deseo desechar para siempre de mi vida. Porque no quiero ser una mujer que aparentemente se ve libre sintiéndose esclava de sí misma. ¡No pretendo ser una mujer a la que se le entienda! Quiero ser una mujer amada, valorada y respetada así como soy, sin querer cambiar nada de mí.

Y si he de generar un cambio, lo haré yo, por convicción, no para contar con la aprobación de alguien sino para sentirme renovada.

Como podemos darnos cuenta, las mujeres no somos tan complicadas, algunas podremos ser soñadoras, otras peligrosamente sensuales, atrevidas, misteriosas y hasta desafiantes; la mayoría de nosotras esperamos siempre respuestas inmediatas, soluciones efectivas y emociones de alto impacto. Nacimos aptas para muchas cosas, entre ellas, contamos con la extraordinaria capacidad de soportar grandes dolores y estamos dispuestas a caminar en sentido contrario al de los hombres fingiendo que no pasa nada. Somos impredecibles y cuando queremos que algo suceda, nada impide que rompamos el hilo que nos sujeta a la tierra y echemos a volar.

La mujer perfecta, a la que se le puede entender con facilidad, existe solo en un mundo de ficción, aquí nosotras somos humanas, sensibles, reales, con defectos y virtudes, pero sobre todo, con una loca y extraña forma de ser.