12/Aug/2020
Editoriales

Recuerdos estudiantiles

Mucho le debe mi vida y la de tantos jóvenes, que apenas a los 12 años llegamos a Monterrey porque en nuestros pueblos no había secundarias, a esas buenas señoras que daban asistencia en sus casas para allegarse de algunos recursos extras para aligerar la carga económica de la numerosa familia en la mayoría de los casos. Verdaderas heroínas que sacrificando familia nos dedicaban tiempo y esfuerzo en sus modestas viviendas para darnos alojo y atención. Por esas casas de asistencia pasamos muchos años de nuestras vidas, tantas aventuras y sacrificios. Algunos compañeros renunciaron al intento y se regresaron a sus lugares de origen, a cultivar la tierra, criar el ganado o emigrar a los Estados Unidos que era entonces la opción más socorrida.

 Vienen estas remembranzas, porque anoche me avisaron que la primera señora que nos dio cobijo cuando llegamos a Monterrey, se encontraba grave. Tantos recuerdos se vinieron a mi mente; la casita de las calles de Guerrero y Gral. Anaya, mi primera casa, ( frente al Nuevo Salón París), muy cerca de la Escuela Secundaria Prof. Plinio D. Ordóñez, donde estudiamos la Secundaria en la Colonia del Prado (Pirul No. 200).

 Inmediatamente acudimos a conocer su estado de salud. Nos tocó la suerte de estar con ella en los últimos momentos de su vida. Alzó el vuelo anoche doña Ernestina, “la tía Quina” como cariñosamente la llamábamos y quien aguantaba nuestras bromas y caprichos propios de un niño de 12 años. Un ángel que Dios puso en nuestro camino para ayudarnos a ser hombres de bien y que nos queda con ella una deuda impagable. Hasta pronto “Tía Quina”.