03/Dec/2020
Editoriales

El Tratado de Córdoba

El Tratado de Córdoba es un documento fundamental para la Independencia Nacional, y para comprender su importancia debemos partir desde que el padre de Fernando VII, Carlos IV, fue embaucado y preso por Napoleón en 1808. Creyó en el Gran Corso permitiéndole que su Armada Francesa pasara por España con rumbo a Portugal, pero una vez dentro del territorio español, tomó el país. Carlos IV abdicó en favor de su hijo Fernando VII quien reinó del 19 de marzo al 6 de mayo de 1808, cuando también fue preso y hubo de abdicar en favor de José I, hermano de Napoleón.  

 

Al trascender que Fernando VII estaba en prisión, emergieron varios movimientos insurgentes en América de: Miguel Hidalgo, Simón Bolívar, Bernardo O’Higgins y otros. Además, los liberales de las Españas aprovecharon para hacer una Constitución liberal con Monarquía moderada, conocida como la Constitución de Cádiz de 1812. 

 

Cuando Fernando VII fue liberado, regresó para abolir la Constitución y gobernar bajo el antiguo régimen absolutista. Pero las presiones ejercidas por las revueltas en la península y en América le obligaron a restaurar la Constitución en marzo de 1820 y una vez tranquilizado el Reino, en 1823 de nuevo la  abolió. 

 

¿Cómo era el rey Fernando VII?

Fernando VII era un tipo desagradable, con atroz aspecto físico debido la degradación genética por endogamia. Sufría de estrabismo, labio superior deprimido y prognata de mandíbula inferior. De frente saltona, nariz larga y curvada, ojos muy pequeños, obeso y con genitales deformes. Su primera esposa, María Antonieta de Nápoles, luego de tardar un año para consumar su matrimonio, lo describía: “feo en el retrato, era en realidad poco menos que un adefesio”. 

 

Tuvo cinco relaciones amorosas -cuatro matrimonios y un amasiato-, ocho abortos, más una niña que murió al nacer y le sobrevivieron sólo dos hijas. De personalidad difícil, solo soportaba a los aduladores, y era cobarde, doble cara, hedonista, traidor, mentiroso, desleal, despiadado y “cazurro” (malicioso, reservado y de pocas palabras), zafio, torpe, y lento de entendederas. 

 

En su reinado de desmoronó el Imperio Español

Obligado a restablecer la Constitución en marzo de 1820, Fernando VII y las Cortes Generales recibieron notificaciones de todo el Imperio de que ya había sido jurada y restablecida la Constitución. Como siempre, llegaron primero los peninsulares locales, luego los de África y los de las Américas tardaban al menos seis meses. La del Nuevo Reino de León se realizó el 3 de julio de 1820, con la oposición del comandante general de las Provincias Internas de Oriente, Joaquín de Arredondo y Mioño: 

 

“Monterrey a 3 de julio de 1820… presidió el Señor Comandante General de esta Provincia como Jefe Político Superior con asistencia también del Señor Gobernador de la Provincia Capitán don Francisco Bruno Barrera resolvió el Señor Comandante General se procediese al juramento individual de la Constitución Política de la Monarquía Española… “

 

El Plan de Iguala cae en España como balde de agua helada

A finales de mayo, cuando aún llegaban adhesiones a la Constitución de la Tierra del Fuego, las regiones amazónicas del Perú, las Californias, y Filipinas; el rey y las Cortes se enteraron que Agustín de Iturbide, jefe del Ejército Realista, había pactado con los insurgentes el llamado Plan de Iguala que declaraba la independencia parcial de la Nueva España, ofreciendo al rey la designación del rey de México, salido de entre el linaje real de los Borbones y así quedaran hermanadas ambas naciones, este es un sugestivo antecedente de la futura mancomunidad británica. 

 

 Pero el rey solo tenía 85 mil hombres distribuidos en tres frentes de guerra: dos en Europa contra Francia e Inglaterra y otro en las selvas del Perú. Luego supo -en julio de 1821- que un grupo de absolutistas habían detenido al virrey Apodaca y nombrado virrey provisional a Pedro Francisco Novella. El rey se molestó porque ese derecho le correspondía a él y porque unos criollos habían tomado el poder de su gran Colonia. 

 

Manda Fernando VII a Juan de O´Donojú como virrey para recuperar su ejército

Así que para sustituir a Apodaca, Fernando VII envió a un militar respetado, héroe de varias guerras, reconocido con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III y la Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo: Juan de O’Donojú, esperanzado de que un militar de semejante talla recuperara los ejércitos alzados bajo el Plan de Iguala. 

 

El día que O´Donojú jura como virrey, acaece un fuerte temblor de tierra

Pero el virrey O’Donojú, desde que llegó a Veracruz el 3 de agosto de 1821, se enteró que un coronel de los alzados del Plan de Iguala, Antonio López de Santa Anna, dominaba el camino a la Ciudad México, y para no perder tiempo hizo el juramento de ley en Veracruz, lanzando promesas de solucionar el conflicto por las buenas con todos los bandos. Ese día acaeció un fuerte temblor y se dijo que era un mal agüero. 

 

Firman Agustín de Iturbide y O´Donojú el trascendental Tratado de Córdoba

De pronto, Santa Anna lo “invitó” a la ciudad de Córdoba. Y O’Donojú aceptó ir con su escolta personal, pues Santa Anna iba con 2 mil hombres y una turba. Llegando el virrey después -el 24 de agosto- llegó Iturbide y ambos suscribieron el Tratado de Córdoba, donde  España reconocía la Independencia del Imperio Mexicano, y de nuevo se invitaba al rey a formar una confederación, pidiéndole al propio Fernando VII de Borbón o a  sus hermanos, los infantes Carlos, Francisco de Paula, o su primo Carlos Luis (hijo de María Luisa de Borbón y nieto de Carlos III de España) ser el monarca. 

 

¿Qué sucedió después de firmado el Tratado de Córdoba?

Con la adhesión de todas las provincias y casi todos los cuerpos militares suscritos al Plan de Iguala, el Tratado de Córdoba en la mano y con Iturbide, Guerrero y O’Donojú del mismo lado, sólo quedaba Francisco Novella y 8 mil hombres en la Ciudadela, de la Ciudad de México. Su situación era crítica, pues los ejércitos Trigarante y el de Nicolás Bravo lo tenían sitiado, pero aceptó reunirse con Iturbide y O´Donojú en Tacubaya, donde estaba el cuartel general del Trigarante.  

 

Huyen el exvirrey Apodaca y el general Francisco Novella

Y Novella no aceptó el Plan de Iguala, ni el Tratado de Córdoba, pero entregó el mando de su Ejército a O’Donojú. El 21 de septiembre de 1821, Novella y un piquete de soldados huyeron a Veracruz y de ahí a La Habana, mientras el exvirrey Apodaca aprovechó la confusión para huir también. 

 

Se elabora el Acta de Independencia Nacional

Ahora sí, Iturbide, Guerrero y O’Donojú entraron a la Ciudad de México el 27 de septiembre con todo el Ejército Trigarante, materializando la Independencia nacional. Y tal como lo establecían el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba se formó una Junta Provisional Gubernativa (originalmente único poder) que inmediatamente elaboró el Acta de Independencia que formalizó la Independencia de nuestro País. 

 

Dos días después, el 29 de septiembre se nombró una Regencia (Poder Ejecutivo) cuyo presidente era Iturbide. El 30 de septiembre la Junta nombró de entre sus miembros comisiones de trabajo “para las Relaciones exteriores, los señores Conde de Heras, Azcárate y Marqués de Rayas” quienes enviarían copia del Tratado de Córdoba a las Cortes Españolas, para efecto de que se aprobara y pasara al rey y se designara al monarca del Imperio Mexicano. 

 

Se niega Fernando VII a aceptar el Tratado de Córdoba

A mediados de noviembre de 1821 las Cortes recibieron el Tratado de Córdoba y se provocó una confusión. El presidente de las Cortes, Ramón Giraldo, impulsaba una negociación, el establecimiento de una confederación y que se enviara a una de las hijas de Fernando VII como emperadora de México; crear una nobleza mexicana para las comandancias, y restablecer a algunos señores indígenas. Pero la mayoría pensó en la negociación para volver a los términos constitucionales, y el rey se opuso terminantemente a cualquier transacción. 

 

Finalmente, el 13 de febrero de 1822 las Cortes, mediante el decreto LXXIII, llamado   “Medidas para la conciliación de las provincias de ultramar”: en su artículo primero decía: “1°.- Que el gobierno sin perder momento se ocupe en el nombramiento de sujetos  para… oir y recibir todas las proposiciones”. Pero más adelante se provocaría el rompimiento: “3.° Se declaran ilegítimos y nulos en sus efectos para el Gobierno español y sus súbditos el llamado tratado de Córdoba celebrado entre el General O-Donojú y el Gefe de los disidentes de Nueva-España D. Agustin de Itúrbide, lo mismo que otro cualquiera acto d estipulacion relativos al reconocimiento de la independencia mexicana por dicho General.” 

 

El rey hizo llegar a cada rincón del Imperio el decreto LXXIII; en Nuevo León se recibió y archivó, sin consecuencias, con el clásico “Acátese pero no se cumpla”. 

 

Se nombra emperador a Agustín de Iturbide

Ya para cuando se emitió el anterior decreto, en el Imperio Mexicano existía el Poder Legislativo con un Congreso Constituyente, basándose en el artículo tercero arriba transcrito como respuesta definitiva de que el rey no enviaría un monarca, por lo que el Congreso, presionado por el populacho, nombró emperador a Agustín de Iturbide. 

 

Nombra Felipe VII a Lemaur como el último virrey

Y Felipe VII aplicó el artículo 1° del decreto “Medidas para la conciliación de las provincias de ultramar” nombrando al último virrey de Nueva España o capitán general Francisco Lemaur, con territorio limitado al Fuerte de San Juan de Ulúa en Veracruz y,  sin “oír y recibir todas las proposiciones” cañoneaba al Puerto de Veracruz y a toda embarcación que se acercara. 

 

En 1823 Fernando VII reinstauró el absolutismo y Lemaur continuó siendo capitán a guerra de San Juan de Ulúa, hasta 1825, siendo sustituido por José Coppinger, que finalmente perdería el Fuerte en favor de México. 

 

La revuelta del padre Arenas, y la ley de expulsión de los españoles

El terco rey de España no aceptó la pérdida de Nueva España, y ante las constantes  revueltas en México, esperaba que regresáramos a nuestra antigua Metrópoli, pero como eso nunca pasó, mediante la Logia Escocesa formada por antiguos  borbonistas, iturbidistas y centralistas, organizó en 1827 la Revuelta del Padre Arenas. 

 

El padre Joaquín Arenas era un fraile dieguino descalzo que se puso en contacto con el general Ignacio Mora el 18 de enero de 1827 para tratar de involucrarlo en el plan, pero Mora lo denunció y el presidente Guadalupe Victoria ordenó una investigación. El resultado fue que Arenas y el dominico Francisco Martínez fueron fusilados; los héroes de la Independencia Pedro Celestino Negrete -que había sido triunviro- y José Antonio Echaverri -un iturbidista- fueron desterrados. Negrete se fue a España donde murió y Echaverri a Filadelfia. 

 

El plan del padre Arenas en sus primeros dos artículos decía: 

 

Bases Fundamentales que han de servir para verificar el grito general por la religión y España. 

“Artículo 1o. —La Religión de Jesucristo, según la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, sin mezcla de otra pública o privada. 

2o. — Para sostener el artículo anterior, volverá este país a la soberanía del Sr. D. Fernando VII, (Q. D. G.,) y legítimos sucesores, proclamándole y jurándole de nuevo y como se acostumbra en semejantes actos.” 

 

Guadalupe Victoria, un diplomático natural, dio poca importancia al incidente del Padre Arenas; pero los diputados liberales radicales decidieron vengarse de España, promulgando la Ley General de Expulsión en 1827. En esta ley se expulsaba todos los españoles y extranjeros, aunque sus excepciones humanitarias la convertían más en una amenaza. La vejez, una enfermedad, estar casado con mexicana, tener hijos mexicanos, o ser afecto a la Independencia por lo que se expulsó a pocos, pero como todas las leyes excluyentes, revivió odios ya olvidados. 

 

El Cabildo de Monterrey reaccionó con tibieza respecto a la expulsión de españoles: 

 

“11 de febrero de 1820: … (se presentó) La gazeta de Treinta y uno de Enero Siete de Febrero y en un impreso benido por estafeta de Tabasco sobre espulcion de españoles se mando poner sobre la mesa para que los lean los Señores que gusten” 

 

Trasciende en Monterrey la posible expedición de Barradas

Pero Fernando VII dobló la apuesta: en el año 1829 hubo una decena de revueltas después de la del Padre Arenas, y siendo presidente Vicente Guerrero, el rey de España creía que los mexicanos deseaban volver a la estabilidad. Desde 1828, los nuevoleoneses supieron que en La Habana, Cuba, se preparaba una expedición española para atacar tierras mexicanas. 

 

En ella estaban los expulsados el año anterior, más una numerosa y bien armada brigada dirigida por Isidro Barradas. Venían 2 mil 600 hombres y suficiente armamento para llegar a la Ciudad de México. Y efectivamente, en julio ancló cerca de Tamaulipas "La División de Vanguardia", y en agosto llegó al puerto de Tampico.

  

“Nace” en la batalla contra Barradas, Santa Anna “El Héroe de Tampico”

Nuevo León, al igual que el resto de los estados, participó con recursos y hombres en la defensa del país de este nuevo ataque español. Guerrero envió a dos militares conocedores de la zona: Manuel de Mier y Terán y a Antonio López de Santa Anna. Ambos aspirantes -los más fuertes- a la presidencia de la República en 1832. Ellos  sitiaron y vencieron a Barradas junto con toda su tripulación, que había sido engañada diciéndole que el pueblo los apoyaría en su lucha contra el mal gobierno. Sin embargo, Santa Anna fue quien capitalizó ese triunfo, naciendo así “El Héroe de Tampico”  

 

Fernando VII murió en 1833, sucediéndole su hija Isabel II “la de los tristes destinos”, quien fue coronada reina a los tres años de edad, por lo que su madre María Cristina de Borbón-Dos Sicilias viuda de Fernando VII, quedó al frente de la corona española.

 

El Plan de la Monarquía Indígena

En 1934 hubo un intento monárquico, pero de origen nacional conocido como “Plan de la monarquía indígena” proclamado en Chicontla, Puebla, por los curas Carlos Tepsiteco Abad y Epigmenio de la Piedra quienes, en febrero 2 de 1834, proponían: 

 

Artículo 1° La Nación Mexicana adopta para su Gobierno el Monárquico Moderado, por una constitución que se formará al efecto. 

Artículo 5º.- El Congreso Constituyente elegirá doce jóvenes célibes, nacidos y actualmente existentes en el territorio mexicano, de los que acrediten competentemente ser descendientes del emperador Moctezuma; de entre ellos se sacará por suerte el que la Divina Providencia destine para emperador. 

Artículo 7º.- El emperador, dentro de seis meses después de su elección, deberá estar casado, si fuere indio, con una blanca, y si fuere blanco con una india pura. 

 

El Plan no pasó de Chicontla, y de ser otro intento desesperado de “salvar al país”. Pero en 1835, como México perdió Texas, el gobierno español dirigido por la regente María Cristina de Borbón- Dos Sicilias, vio peligroso el crecimiento de Estados Unidos, tomando la decisión de suscribir una alianza con México y hacerlo socio. No hay mal que por bien no venga, dice un refrán.

 

Se pierde Texas, y se firma el Tratado de Paz con España

El 28 de diciembre de 1836 se firmó “El Tratado definitivo de paz y amistad entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España, llamado “Tratado Santa María  Calatrava”, por medio del cual, la monarquía española reconoció la Independencia de México como ‘Nación libre, soberana e independiente’; retomando las relaciones diplomáticas y finalizando las tensiones entrambas naciones. México, por su parte, se comprometió a respetar las posesiones españolas en el Caribe. 

 

Esta política pragmática de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, posibilitó que finaran las pretensiones territoriales de España sobre nuestro país. De esa fecha en adelante, con excepción de la invasión tripartita de 1862 -solucionada con los Tratados de la Soledad- y la dictadura de Franco, México y España han sostenido una pacífica y respetuosa relación. Acaso en el actual sexenio se han generado algunos innecesarios ruidos, que intentan revivir odios ya sepultados por el tiempo. 

 

  

 

 

 

Fuentes  

Planes de la Nación Mexicana, Coordinadora Bertha Ulloa, Senado de la República, 1987 

Historia de Mexico, Lucas Alamán, Editorial Ius, 1990 

Fernando VII. Un rey deseado y detestado, Emilio la Parra, Barcelona (2018) 

http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020002211/1020002211_002.pdf 

http://fama2.us.es/fde/ocr/2006/coleccionDeDecretosDeCortesT08.pdf 

 

Archivo de Monterrey, actas 3 de julio de 1820; 11 de febrero de 1828