16/06/2019
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

Mayo 25 de 1911: Renuncia ante la Cámara de Diputados, el presidente Porfirio Díaz y Francisco León de la Barra, asume provisionalmente la Presidencia de la República con la encomienda de convocar a un nuevo proceso electoral. Es el propio León de la Barra quien informa a Henry L. Wilson, embajador norteamericano, el desenlace de los recientes acontecimientos. La renuncia de Díaz fue provocada por los acontecimientos sucedidos el día anterior con la muchedumbre reprimida por manifestarse exigiendo el cumplimiento del Pacto de Juárez, mediante el cual Díaz dimitiría.

El envío del oficio del aún Presidente a los Legisladores fue seguido por la salida de Porfirio Díaz -escoltado por Victoriano Huerta- rumbo a Veracruz para zarpar en El Ipiranga a Francia, de donde nunca regresaría. Este oficio de renuncia es un documento interesante pues Díaz afirma, a la letra, que: “el pueblo mexicano, que tan generosamente me ha colmado de honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra de intervención, que me secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para impulsar la industria y el comercio de la República, ese pueblo, señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias armadas, manifestando que mi presencia en el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo es causa de su insurrección.

No conozco hecho alguno imputable a mí que motivara ese fenómeno social, pero, permitiendo sin conceder, que pueda ser un culpable inconsciente, esa posibilidad hace de mi persona la menos apropósito para raciocinar y decir sobre mi propia culpabilidad. En tal concepto, respetando como siempre he respetado la voluntad del pueblo, y de conformidad con el artículo 82 de la Constitución Federal, vengo ante la Suprema representación de la Nación a dimitir sin reserva el encargo de Presidente Constitucional de la república, con el que me honró el pueblo nacional; y lo hago con tanta más razón, cuanto que para retenerlo sería necesario seguir derramando sangre mexicana, abatiendo el crédito de la razón, derrochando sus riquezas, segando sus fuentes y exponiendo su política a conflictos internacionales. Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda revolución, un estudio más concienzudo y comprobado haga surgir en la conciencia nacional, un juicio correcto que me permita morir, llevando en el fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas. Con todo respeto”. Porfirio Díaz.      

 

Hasta aquí la historia. Considero necesario comentar que León de la Barra no debió informar a Wilson lo que se estaba decidiendo en la alta política nacional. De ser ciertas las crónicas que lo afirman, es penoso el comportamiento de quienes gobernaban, pues los asuntos internos del país no tienen por qué saberlo, menos aprobarlo nuestros vecinos del norte. Pero la triste realidad es que no sólo saben lo que va a suceder en nuestra nación, sino que se dice que ellos lo provocan, como sucedió posteriormente cuando inició la Decena Trágica con el famoso Pacto de la Embajada, que culminó en el asesinato del presidente Madero, y la histórica irrupción de Victoriano Huerta en el poder. Hoy día desde Washington se dictan reformas a nuestras leyes laborales. Qué pena con nuestros hijos y nietos, los mexicanos de esta generación seremos juzgados sin piedad por las siguientes.