21/09/2018
Editoriales

Entrecurules 28 07 18

En la Revolución de 1910, como en la 1810 y en la 1854, tres instantes, en puridad, de una misma Revolución, el ansia de justicia social que la movió encontró verbo y puño en varones de una tan acérrima moral como que soñaron y murieron, o sobreviven, en función de un tesoro de desinterés que a fin de cuentas es y será implacable ejemplo capaz de quemar las caras de quienes se pierden en la abdicación de los turbios carnavales del deleite del dinero.

 La revolución que seguimos conmemorando, está, estará viva mientras aliente en los corazones de sus hombres, la demanda de los de abajo y luchen sinceramente por arrancarlos de la ignorancia y la necesidad.

 Estos dos párrafos, son un fragmento del discurso que pronunció Mauricio Magdaleno, bajo la bóveda del monumento a la Revolución Mexicana un 20 de noviembre de 1955.

 Su maestría era la oratoria y Magdaleno nació en Tabasco, Estado de Zacatecas, el 13 de mayo de 1906.

 Y su discurso sobre la Revolución sigue al señalar ahí está Madero, el que se enfrento sin más armas que su inmensa piedad y su santa indignación, a una oligarquía de millonarios ensoberbecifos, ahí está para robustecer el ímpetu de quienes prosiguen su obra y no dejarlos flaquear.

 Y ahí están Pino Suárez y los Serdán, y los Vázquez Gómez y Belisario Domínguez, el de la voz de lumbre que solo pudieron apagar sus verdugos apagando su vida. Y ahí están nuestros muertos sin calendario y sin panteones de mármol, los que a millares en la demanda de pan y justicia, reclamando a quienes nos tocó sucederlos, a todos los herederos del difícil y solemne compromiso de la Revolución, lealtad a los propósitos que forman el alma de la hazaña de 1910.

Y la revolución sigue.