25/04/2018
Editoriales

Diciembre es un mes complicado

El último mes del año suele representar un gran reto para todos, aunque el motivo definitivamente no es el mismo, hay quienes al hacer un “resumen” se dan cuenta que realmente les faltó mucho por cumplir de aquello que se habían propuesto el 31 de diciembre anterior, entonces vienen las frases hechas “este año que viene será el bueno”, “ahora si voy a cumplir todo aquello que me proponga”, “los kilos de más, el cigarro, la cheve y la fiesta excesiva serán definitivamente cosa del pasado” en fin, bla bla bla, puro cuento, así somos los seres humanos, nos gusta vivir al límite y al final revirar cuando no se consiguen las cosas como las pensamos.

Existe también otro motivo para que diciembre resulte complicado, éste tiene que ver con cuestiones más emocionales digamos, extrañar a quienes se adelantaron se hace cosa grave durante las fiestas, es tremendo ver ese lugar vacío que nos recuerda lo efímero de esta vida, la nostalgia es algo tan complicado que los suicidios y la depresión son cosa grave durante estas fechas, la tristeza se pone de moda y aquellos a quienes la soledad les pega fuerte sufren verdaderamente este tiempo.

Esta introducción viene al caso porque quiero hablar de lo que me sucede en particular, me encanta la navidad, me gusta mucho escuchar villancicos por todos lados, me recuerdan mi infancia, también ir a posadas (que en realidad ya no lo son), los regalos pasaron a la historia, la realidad es que me importa poco si los recibo o no y creo al igual que muchos adultos que la emoción de abrirlos está en los más pequeños.

De niña viví navidades muy felices, divertidas, diferentes, tuve una abuela paterna genial, ella nos enseñó a rezar, a esperar la llegada del niño Dios con la emoción que el caso ameritaba y sobre todo nos hizo tener una convivencia increíble con todos mis primos que hacía de estas fechas algo único; sin embargo hace dos años que las navidades no me saben igual, en la víspera de la del 2015 mi papá fue internado en el hospital para amputarle la pierna izquierda, él entró consciente a sabiendas de lo que iba, los primeros días fueron relativamente sencillos, él renegaba por la comida del nosocomio como cualquier enfermo remilgoso, pero de allí no pasaba, sin embargo el hecho que el 24 en la noche lo tuviese que pasar fuera de casa no es uno de mis mejores recuerdos, él no quiso que estuviéramos allí, a su más puro estilo “nos corrió”, de cierto modo lo entendí porque a mi me pasa igual, cuando he estado hospitalizada no me gusta que nadie se quede conmigo (aunque Alfonso nunca me hace caso), en fin, en ese mismo año comenzamos nuestra “integración” con Arantza, para ella no fue nada fácil conocer a un abuelo en cama que después estuvo internado, que posteriormente perdió una pierna y que al final falleció en ese lugar; creo que esta batalla campal está en mi mente desde entonces, lo que debería ser la mejor navidad de mi vida resultó la más triste y complicada, si hoy cuento esto es porque a veces los seres humanos requerimos “soltar” lo que traemos dentro para seguir adelante, reconocer el dolor es el primer paso para que éste se vaya, aceptar que las cosas nos lastiman es el modo de lograr que eso deje de suceder. A partir de entonces diciembre es un mes complicado, los recuerdos se arremolinan y viene a la mente aquello tan humano de cuestionar si en realidad hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos, al final la respuesta es que si, sin embargo es una aceptación de sabor negativo, cuando se pierde siempre se piensa que de algún modo se pudo haber ganado cuando si en verdad tuviera la fe que nos enseñó mi abuela entendería que morir es ganar, es el final de nuestro mejor partido, el triunfo más bello que puede existir, terminar una existencia fenomenal, una vida única, sobre todo teniendo en cuenta que mi papá fue un hombre que hizo siempre lo que quiso, toda una figura, era alguien divertido, espontáneo, nunca pensaba antes de hablar, lo hacía de forma tan natural que a veces podía resultar ofensivo o atacante, sin embargo en el fondo era compasivo y siempre se preocupaba por los demás, sus verdaderos amigos eran la señora del periódico y los taqueros, los que pedían en los cruceros, claro que también sembró grandes amistades a lo largo de su vida, hace poco en la misa de cenizas de su gran cómplice, mi tío Chema, me encontré a uno de sus grandes amigos y me dijo: “no sabes cuánto extraño a tu padre, me es muy difícil continuar sin él”, en ese momento me quedé helada, hoy sé que fue porque dijo exactamente lo que me sucede, si el muy canijo supiera cuanto lo extraño no se hubiera ido, seguiría aquí peleando conmigo, regañándome de todo, pero abrazándome también de esa manera que sólo él sabía hacer mientras me daba un beso en la cabeza recordándome que siempre podría contar con él para todo.

Recuerdo esas navidades en las que en pleno 23 en la noche estaba terminando de poner el pino, siempre fue así, ja ja, todo a última hora, el motivo era siempre el mismo: dinero, sin embargo él encontraba el modo de solucionarlo todo y nunca faltaron el pino, los juguetes y sobre todo el gran amor.

No soy ni pretendo ser ni la mitad de lo buena madre que él fue como padre, me falta mucho para llegarle siquiera a los talones, nunca le podré explicar matemáticas a Arantza como él hizo conmigo, nunca construiré un “barco” con una cámara de llanta de tráiler ni tampoco seré capaz de manejar por las banquetas mientras cantó “Pecos Bill el vaquero más auténtico que existiooooo”.

Las navidades ya no tienen ese toque especial, espero que sea cierto eso de que el tiempo todo lo cura, hasta ahora ese condenado tiempo me ha quedado a deber, no se cuanto más tenga que pasar, no se cual deba ser el modo de no pensar tanto en él en estas fechas, de no relacionar cada cosa que sucede recordándolo.

Quiero volver a disfrutar de la navidad, a involucrarme con mi hija y hacerle ver lo bello de este tiempo, quiero llenar mi corazón con la llegada del niño Dios, quiero creer que esa estrella brillante que veo en el cielo es realmente la del árbol más alto del mundo y que mi papá la puso allí para que yo la vea y sepa que él está feliz.

 

Te amo Qüiji, ¡gracias por regalarme las mejores navidades de mi vida!