23/09/2018
Editoriales

Los grandes gobernadores de Nuevo León. Manuel María de Llano, cuarta y última parte

 En el siglo XIX México pagó cara colegiatura por tomar sus primeras clases en la escuela de la democracia real. Había independencia de España, pero dependencia de los grupos militares que apostaban fuerte a la política buscando el poder de la nación. Cada uno de ellos tenía su propia idea del sistema político que debería gobernar. Lugar común eran los levantamientos, primero de liberales contra conservadores y luego de federalistas contra centralistas. Hubo cuartelazos en cada oportunidad que tenían las diversas facciones, y lo que pasaba en la ciudad de México, se reflejaba en las entidades estatales como Nuevo León.  

 

Así sucedió que Manuel María de Llano llegó por segunda ocasión a gobernar el estado. Ya vimos la semana pasada que el comandante Pedro Lemus, apoyado en el Cabildo de Monterrey lo había destituido y nombrado a Juan N. de la Garza y Evia. Pero su línea política nacional, de corte liberal y federalista, opositora a la República Central de Santa Anna y su constitución de Las Siete Leyes, provocó un movimiento político que lo llevó al poder, aunque por breve tiempo. La segunda gubernatura de Manuel María de Llano duró tan solo del 3 al 12 de marzo de 1839. Veamos.

 

Desde agosto de 1837 gobernaba Nuevo León Joaquín García, antiguo federalista, venido a hombre fuerte del centralismo de Anastacio Bustamante, quien aplicaba con rigor las normas centralistas. Pero en 1839 un movimiento federalista dirigido por José Urrea (nacido en Tucson provincia de Sonora y Sinaloa, leal a Santa Anna en sus luchas internas, pero contra el invasor norteamericano se portó fiero y obró independientemente) llamado de “Conciliación” que fue apoyado en Nuevo León por Pedro Lemus cuya réplica del plan decía:

 

MONTERREY, 25 DE FEBRERO DE 1839.

Instrucciones á que deberán arreglarse los individuos que componen la Comisión nombrada por este Gobierno cerca del Señor General Don Pedro Lemus.

1. Manifestarán los comisionados que estando presentado á la Cámara de Diputados por una comisión de su seno un proyecto, que tiene por objeto la reconciliación de todos los Mejicanos que se hayan divididos en opiniones políticas, cuando convenía que estuviesen más unidos, el Gobierno del Departamento entiende que conviene suspender las operaciones militares hasta la resolución de este punto en el Congreso General.

2°. Que el gobierno está muy dispuesto a seguir y abrasar el sistema Federal, luego que la voluntad nacional se manifieste o explique en este punto tan interesante.

3°. Que el Gobierno no juzga conveniente en ningún sentido que a un Pueblo que se há mantenido expectador pacífico de las disensiones interiores, sin levantar fuerza sino cuando se presenta a sus inmediaciones alguna otra, se le ocupe militarmente ni con el injurioso motivo de protejerlo.

4°. Que por lo tanto el Gobierno propone al Señor General Lemus que mientras se presentan datos más seguros para conocer la voluntad nacional en punto al sistema político que debe regirnos, se sirva desocupar los pueblos del Departamento a fin de que con ellos se convence como hasta aquí el orden la paz y la tranquilidad pública de que han disfrutado con tanto provecho suyo y cuya pérdida les causará innumerables malestares”.

  

Vuelta de campana en la política de Nuevo León

En un cambio de mandos, los militares de Nuevo León se volvieron al bando federal, Lemus tomó la ciudad y puso como gobernador al federalista y demócrata Manuel María de Llano.

 

Pedro de Lemus, liberal moderado que en 1834 había derrocado a Manuel María de Llano quien hizo una reforma radical, pujaba ahora contra el centralismo, los federalistas estaban unidos. El gobernador De Llano restableció la vigencia de la constitución federada de Nuevo León de 1825, tratando de organizar un gobierno, restablecer las abolidas milicias cívicas, y dar el tratamiento de poder público a la Junta Departamental; pero todo era en el papel.

 

Porque el ayuntamiento de Monterrey, presidido interinamente por Manuel de la Garza, en la sesión de Cabildo del 9 de marzo de 1839, analiza, ante la huida del titular Germán de Iglesia, -también partidario de Bustamante- las propuestas del gobernador De Llano sin acatarlas ni oponerse.

 

En esas estaban cuando las tropas centralistas de Bustamante, comandadas por Pedro de Ampudia, sin problemas mayores tomaron la ciudad el 12 de marzo de 1839 restaurando a Joaquín García en el gobierno de Nuevo León. Pero seis días después, el 18 de marzo de 1839, todo volvería a cambiar en México. Esto porque Bustamante sería derrocado por Antonio López de Santa Anna quien mantuvo a Joaquín García en la gubernatura.

 

Pero el impredecible Santa Anna apoyó al movimiento centralista y por ser un convencido de que al enemigo hay que tenerlo cerca, otorgó amnistía a los federalistas alzados, entre ellos a De Llano. Pasan dos años, y en agosto de 1841 Mariano Arista se levantó contra el gobierno centralista de Paredes Arrillaga, y días después –el 30 de agosto de 1841- el propio Arista removió al gobernador José de Jesús Prieto y Dávila y entró a gobernar Mateo R. Quiroz, quien era el vocal más antiguo de la Junta departamental, pero el mero 20 de septiembre de 1841, el ayuntamiento de Monterrey designó gobernador a Manuel María de Llano.

 

Gobierno de un solo día

Sin embargo, las circunstancias variaron rápidamente. El tercer gobierno de Manuel María de Llano fue ahora brevísimo, de un solo un día. Esto porque al día siguiente de su designación –el 21 de septiembre- llegó José María Ortega, en su calidad de gobernador designado por López de Santa Anna. En abono a su desempeño, debemos reconocer que Ortega fue el gobernante más estable de la era centralista.

 

Pasaron tres años, y en diciembre de 1844 se produjo otro cambio que llevó por cuarta ocasión a Manuel María de Llano a gobernar. Este su último gobierno duró del 17 de diciembre de 1844 al 31 de marzo de 1845, todo por decisión de Mariano Arista. El nombramiento de un nuevo gobernador de Nuevo León no fue muy sonado, pues México estaba a punto de sufrir la funesta invasión norteamericana. Además de la tensión generada por la guerra de Texas, Yucatán ya se había separado de México. El gobierno central de José Joaquín de Herrera sólo tenía ojos y orejas para los asuntos internacionales, por lo que había abandono en la mayoría de los departamentos.

 

De Llano sabía que se trataba de su última oportunidad de gobernar Nuevo León, por lo que regresó el sistema a uno federal. Fomentó la agricultura, y se enfocó a almacenar alimentos para la inminente guerra cuyos olores ya se hacían presentes.

 

El enfrentamiento con Ampudia continuó hasta el final.

El 13 de Mayo de 1845, el presidente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, general José G. de la Cortina, solicitó a todos los departamentos información “con toda extensión posible”, sobre los temblores que se hayan sentido en su jurisdicción.

Manuel María de Llano, entonces gobernador de Nuevo León, le envió un oficio en el que se describen los movimientos telúricos como“suaves y momentáneos”.

Además, saneó las finanzas, eliminó la injerencia del gobierno departamental sobre los ayuntamientos. Pero su enemigo era el comandante militar regional, Pedro de Ampudia, quien exigía fuertes cantidades de dinero a los gobernadores, comerciantes, hacendados y ciudadanos en general. El enfrentamiento de De Llano ante los abusos de Ampudia culminaron con la sustitución de De Llano, y en su lugar entró Juan N. de la Garza y Evia.

Este fue su último periodo como gobernador de Nuevo León. Después fue varias veces más alcalde de Monterrey, participando como negociador en la rendición de Monterrey ante los norteamericanos. Caso especial debemos darle al dato de que fue además diputado al Congreso de la República del Río Grande, en 1840, lo cual debe ser motivo de un estudio más profundo. Porque si bien es cierto que el centralismo de Santa Anna terminó siendo dictadura, el proyecto de la República del Río Grande, era separatista.

Manuel María de Llano falleció en la ciudad de Monterrey el 9 de marzo de 1863 a la edad de 64 años; murió con la satisfacción de ver hecha realidad la (su) reforma, por un grupo de liberales distinto. Fue uno de los primeros reformadores, y un gobernante que veía la posibilidad de modernizar a Nuevo León y a México; un buen gobernador y político tristemente olvidado.

 

México a través de los siglos, Vicente Riva Palacio y otros
Planes de la Nación Mexicana, Cámara de Diputados libro II
La primera República Federal de México, Michael P. Costeloe FCE
Historia de México, Lucas Alamán, tomo 5 jus
Periódico oficial del estado 1841, 1845 versión electrónica.
Actas de Cabildo, archivo de Monterrey 1839