17/10/2017
Editoriales

La gata asesina

Cuando mis hijos eran niños, llegó sola a nuestra casa una gata blanca que se instaló en el cuarto de triques que había en el fondo del patio, saliendo por la lavandería.

Además de blanca, era simpática y muy limpia, ante cualquier provocación se recostaba en el piso a ronronear para alegría de los niños, y nunca dejaba rastros de sus heces en el jardín, mucho menos dentro de la casa.

Se trataba de un animal realmente bello y carismático, cuya presencia ahuyentó a los roedores.

Todo iba perfecto en esa ahora añorada casa –muy visitada por diversas aves viajeras- de la que nos cambiamos hace 25 años.

Hasta que comenzaron a aparecer cada determinado tiempo restos de palomas destrozadas en el jardín.

Preocupada por esos hallazgos, mi esposa se dedicó a observar con detenimiento hasta que descubrió que la gata blanca tenía como hobby cazar palomas.

No lo hacía porque las visitantes fueran parte de su cadena alimenticia, sólo se subía al

único manzano que había en el patio cerca de la barda y esperaba horas hasta que se posara en ella alguna paloma –no elegía a otros pájaros-, la ligaba, o al menos lo intentaba, y de ágil salto las prendía en brutal ataque.

Consumado el asalto, extraño era cómo se borraba las huellas de sus felonías, pues la sangre no es fácil de desaparecer, y menos de un pelambre blanco.

Me lo comentó y sin pensarlo mucho, me deshice de ella en un operativo nada sencillo.

Fue tragedia grande cuando los cuatro chicos se convencieron de que su preciosa mascota era una “gata asesina”, como se refirieron a ella por buen tiempo.