25/09/2018
Editoriales

Las lágrimas empañan la visión

El general Porfirio Díaz Mori zarpó rumbo a Europa en el famoso barco Ipiranga el 31 de mayo de 1911. Vivió sus últimos días en Francia, y durante ese tiempo estuvo reflexionando acerca de lo acontecido en México. Como parte de esas cavilaciones, existe una carta que le envió a su amigo Enrique Fernández Castelló, en donde se aprecia su talante. Estaba arrepentido de haber dejado el camino libre a la revolución, pues según él, pudo haber derrotado a las huestes de Madero cuyas causas finalmente llevaron a los mexicanos a una “infelicidad nacional”. La carta está en estos términos:

“En cuanto a las plagas que afligen al pobre México, nada de lo ocurrido hasta hoy es tan grave como lo pronosticado… ahora siento no haber reprimido la revolución, tenía yo armas y dinero; pero ese dinero y esas armas eran del Pueblo, y yo no quise pasar a la historia empleando el dinero y armas del Pueblo para contrariar su voluntad, con tanta más razón cuanto podía atribuirse a egoísmo, una suprema energía como la que otra vez apliqué a mejor causa, contra enemigo más potente y sin elementos. Digo que siento no haberlo hecho porque a la felicidad nacional debía sacrificar mi aspecto histórico”.

Rafael Tovar y de Teresa. El último brindis de Don Porfirio. 1910: Los festejos del Centenario. México, Taurus, 2010, p. 281