27/Sep/2020
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

Septiembre 24 de 1846: Después de la media noche del 23 de septiembre, el general Ampudia, el mismo día que le había dicho al gobernador Juan N. De la Garza y Evia que no se rendiría, ya redactaba un mensaje para Taylor en el que le solicitaba una reunión para capitular. No había amanecido el 24 de septiembre cuando el coronel Francisco Moreno llegó a los cuarteles que se ubicaban en el Fortín del Diablo y transmitió la intención de Pedro de Ampudia: entregar la plaza a cambio de una salida digna para sus tropas.

A nombre del ejército invasor fue a la cita el general Worth, pero no se pusieron de acuerdo en los términos, así que el general Ampudia solicitó hablar con Taylor, y al medio día se llevó a cabo esa reunión. Con Taylor, militar y político fue más fácil llegar a un acuerdo, aunque estuvieron en el tironeo por las condiciones de la capitulación hasta las 10 de la noche, ambos aceptaron los términos de la “Capitulación de Monterrey”. La ciudad sería entregada a los invasores, y Ampudia sacaría a sus tropas con todo su armamento, suspendiéndose los ataques de uno y otro lado a lo largo de ocho semanas. En la mañana del 26 de septiembre marcharon los soldados mexicanos con rumbo a Saltillo, y los norteamericanos, locos de felicidad, comenzaron a gobernar Monterrey y parte de Nuevo León. Fueron tres días de combate duro, pero las condiciones de los soldados estadounidenses eran superiores por su armamento, capacitación y entrenamiento, así como la profesionalización de sus mandos de guerra. Por largo tiempo se escondió esta Batalla, incluso ni ese nivel se le daba, pues sólo se hablaba de El Sitio de Monterrey.

Tal vez había un sentimiento de pena por haber capitulado ante los invasores en sólo 72 horas de batalla. Pero los enfrentamientos callejeros fueron ásperos para ambos ejércitos, y el número de víctimas norteamericanas y mexicanas no está muy claro, pues hay versiones de que fueron una cantidad que va desde 250 hasta 500 muertos. Respecto a la población, ya no temía por su vida, pero enfrentaría una realidad muy triste pues por dos años soportaron gobernadores insensibles que hablaban en inglés y fueron poco a poco endureciéndose hasta el grado de no castigar a los soldados que abusaran de su condición de vencedores y consideraran a personas y sus bienes, como botín de guerra.