21/09/2018
Editoriales

Lucila Sabella, la alondra de México

Poseedora de una voz dulce y expresiva, aunada a una técnica firme y depurada, Lucila Sabella llegó a ser considerada la “alondra de México”. Ahora –este día--que se  conmemora el 35 aniversario de su sentido fallecimiento, Monterrey la recuerda como una de sus figuras musicales más destacadas.

 Cantó al lado de las grandes voces y de las más importantes orquestas. Y siempre ocupó un lugar muy importante. Cuando Plácido Domingo debutó en nuestra ciudad, en la década de los sesentas, Lucilda ya era toda una figura. Era la época en que el Cine Florida y el Teatro María Teresa Montoya, servían como escenario para la ópera en Monterrey.

 La consideramos regiomontana porque aquí vivió y aquí murió. En Monterrey radicó desde su niñez. Había nacido en Santiago Papasquiaro, Durango, cuna de notables artistas como Silvestre Revueltas.

 En la ciudad de Monterrey realizó estudios en la Escuela de Música de la Universidad. También estudió con maestros particulares en esta ciudad y en la capital de la república. Sabía que poseía una voz excelente y que era necesario educarla para obtener los mejores resultados.

 Cuando consideró que había aprendido lo necesario en nuestro país, cruzó el Atlántico y llegó a Italia en donde se especializó. Sabía que la música es un idioma universal, para el cual no existen fronteras.

 Llegó a dominar varios idiomas, entre ellos italiano, alemán, francés, inglés, ruso, español, latín y dialecto napolitano. Dice Moliére que la música es como una lengua universal que canta armoniosamente todas las sensaciones de la vida. Sin duda, así lo entendió Lucila quien hizo del canto un excelente medio de comunicación con los demás…

 El historiador Aureliano Tapia Méndez comentó en alguna ocasión que Lucila recibió el don de una voz dulce que trasmitía la sonoridad transparente de su alma sensitiva, y comunicaba con el lenguaje universal del canto, las bellezas que los grandes músicos de la humanidad dejaron plasmadas en el mundo de los sonidos. El tecnicismo logrado en sus estudios, con ejemplar dedicación y perseverancia, la colocaron a la altura de los grandes virtuosos y le permitieron actuar en su patria, México, y en el extranjero, acompañada por músicos consagrados, conjuntos instrumentales de renombre y los más destacados directores.

 En la Academia de Santa Cecilia en Roma, estudió por espacio de tres años con la maestra Geni Saaderoy. Después ofreció conciertos en la península italiana.

 Actuó como solista con la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Nuevo León, la Orquesta Sinfónica del Noroeste, la Orquesta Sinfónica de Guanajuato, la Orquesta Sinfónica Nacional Autónoma de México, la Orquesta de Cámara de la Ciudad de México, la Orquesta de Cámara de la UNAM y la Orquesta de Cámara de los Solistas de México.

 En la vida artística de Lucila existen varias fechas importantes. Una de ellas es el ocho de febrero de 1960 cuando actúa como solista en la primera actuación de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Nuevo León,

 Participó en aquellas temporadas de ópera que organizaba la Universidad de Nuevo León y en Opera Regiomontana.

 En el año de 1965 cantó en el barco Rafaelo en una travesía de Nueva York a Nápoles y de Nápoles a Nueva York.

 Antes de seguir más adelante, es necesario señalar que el apellido Sabella lo tomó Lucila de su esposo el promotor cultural Salvatore Sabella. Sus apellidos originales eran Díaz Oropeza. Aquel genial versificador que fue Diódoro de los Santos, quien colaboraba en El Porvenir, le dedicó este pensamiento: Cantó Lucila Oropeza / con calidad y decoro, / porque si Oropeza es ella / la voz que tiene es voz de oro.

 Fueron muchos los reconocimientos que recibió Lucila. En el año de 1971 actuó en Los Pinos como solista con la Sinfónica Tapatía, ante el entonces presidente de la república, Luis Echeverría. Actuó también en Bellas Artes y en Chapultepec. Recibió elogios de críticos y músicos como Eduardo Mata. Alfonso González García dijo de ella: “Su garganta aprisionaba los dulces trinos de los pájaros, que al cantar los dejaba en libertad”.

 En el año de 1972 realizó una gira por Europa. En el año de 1973, el R. Ayuntamiento de Monterrey, que presidía el alcalde Roberto Garza González, le otorgó un reconocimiento. Los templos de la Purísima y Catedral, en Monterrey, se llenaron con su voz en el año de 1975.

 En todos los géneros mereció encomiendas elogios de la crítica, lo que le valió ser distinguida con La Presea de Oro del Ayuntamiento de la ciudad de Monterrey y con la placa Águila de Tlatelolco, que el Gobierno de México le otorgó a través del secretario de Relaciones Exteriores, Lic. Santiago Roel.

 Su depurada técnica, lo mismo le permitía interpretar con limpieza a los barrocos y con equilibrio a los clásicos. Abordaba con maestría los roles de las heroínas operísticas, y a la música mexicana le imprimía un sello de auténtico sentimiento nacional. Lucila murió en Monterrey el 11 de junio de 1983. A 35 años de su desaparición física, en los oídos vibra y en los corazones late la tersura de aquella voz que quedó labrada con sonidos en las almas de quienes tuvieron la fortuna de escucharla. Lucila Sabella es ahora parte importante de la historia de la música en México.