21/Jan/2020
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

 

Octubre 7 de 1913: muere asesinado el senador chiapaneco Belisario Domínguez, admirador de Francisco I. Madero. Belisario Domínguez Palencia, nace en Comitán, Chiapas el 25 de abril de 1863, hijo de Cleofas Domínguez y María del Pilar Palencia. Aprende sus primeras letras en su pueblo natal y en San Cristóbal de las Casas cursa el nivel medio superior, para luego estudiar en La Sorbona de París la carrera de médico cirujano y partero. Regresa a su pueblo y casa en 1890 con Delina Zebadúa procreando tres hijos vivos y uno que nació muerto. Participa activamente en la política estatal dentro del partido Liberal que apoyaba a Madero y funda un Club Democrático en las postrimerías del porfiriato.

   Es electo presidente municipal de Comitán y después candidato a senador suplente con Leopoldo Gout, quien una vez electo y empezando su legislatura, muere por lo que automáticamente Belisario es senador de la república. Ante el crimen del presidente Francisco I. Madero, Belisario se alista para partir al norte y unirse al ejército constitucionalista de don Venustiano Carranza quien proclama el Plan de Guadalupe, cuando el coahuilense les sugiere a él y a otros legisladores que estaban en el mismo plan, que permanecieran firmes en sus curules y escaños, para desde ahí atacar en el momento propicio. Pronto se le complican las cosas al gobierno huertista; el ejército constitucionalista avanza rumbo al centro y Estados Unidos no lo reconoce como autoridad.

   Era el momento esperado. Domínguez desde la tribuna más alta del país, se refiere recurrentemente haciendo gala de su incendiaria oratoria, al presidente espurio y a su gabinete, con absoluto desprecio. Se opone a la iniciativa huertista de promover a tres militares al grado de generales de brigada: Manuel M. Velázquez, Manuel Mondragón y Félix Díaz, por considerarlos de poco mérito para tal cargo. Lo mismo hizo cuando Huerta quiere nombrar al general Juvencio Robles como gobernador de Morelos. Hasta ahí era más o menos soportable para la gavilla que rodeaba a Victoriano Huerta y por él mismo. Pero se llegó el informe de septiembre, y de frente al usurpador, el chiapaneco pronunció el más fuerte discurso que se tenga memoria en el Senado mexicano. Huerta destacaba dos temas principales en su informe: la política exterior y la pacificación del territorio nacional. En el primero dijo que si Estados Unidos no reconocía su presidencia, correría del país a su embajador, y en el segundo aseguraba que había grandes avances. Hubo críticas, pero ninguna tan fuerte como la del senador Domínguez, quien repitió lo que días antes había dicho al secretario de relaciones exteriores, Francisco León de la Barra, de que ¿cómo podría Estados Unidos reconocer a un gobierno manchado con la sangre del presidente Madero y del vicepresidente Pino Suárez?

   Tres semanas después, el senador Domínguez pidió la palabra para leer un discurso que había redactado pero el presidente del senado no se la concedió, pues corría el rumor de que era otro discurso igual de duro contra el régimen huertista, pues desafortunadamente siempre han existido legisladores abyectos. Entonces Belisario imprimió su discurso y lo circuló entre todos los senadores, haciendo que la mayoría coincidiera con frases como: Victoriano Huerta es un soldado sanguinario y feroz, que asesina sin vacilación ni escrúpulo a todo aquel que le sirve de obstáculo”. “El cerebro de don Victoriano Huerta está desequilibrado y su espíritu desorientado […] cree que es el único hombre capaz de gobernar a México y remediar todos sus males; ve ejércitos imaginarios”. Y propuso en el siguiente texto: “concededme la honra de ir comisionado por esta augusta asamblea a pedir a don Victoriano Huerta que firme su renuncia como presidente de la República”, e instaba a todos los senadores para que firmaran la solicitud de renuncia y que él sería el encargado de entregarla al presidente. Y al final de varias frases valientes, proponía Belisario Domínguez que se debía “deponer de la Presidencia de la República a don Victoriano Huerta”.

   El chiapaneco sabía del peligro que corría, dejándolo asentado en su texto “… lo más probable es que, llegando a la mitad de la lectura, don Victoriano Huerta pierda la paciencia, sea arremetido de un arrebato de ira y me mate”. Ya habían desaparecido otros opositores, como Abraham González, a quien asesinaron por no reconocer al gobierno huertista. La situación del senador chiapaneco era delicada, pero siguió el curso normal de su vida, hasta el 7 de octubre, que fue secuestrado y asesinado. Los pormenores se conocieron hasta que cayó Victoriano Huerta, pues los cobardes ejecutores, Alberto Quiroz, José Hernández, Gilberto Márquez, e Ismael Gómez, confesaron que recibieron instrucciones de Huerta para sacar al chiapaneco del hotel y asesinarlo rumbo a Coyoacán, tal como lo hicieron. Esto sucedió al rededor de las 22 horas que lo sacaron de la habitación número 16 del Hotel Jardín -su residencia en la ciudad de México- minutos después de que su hijo Ricardo estudiante de preparatoria, saliera de ese lugar a donde fue a visitarlo. El sicario huertista, Gilberto Márquez, fue quien lo baleó en la cabeza por detrás, y luego Quiroz le disparó dos veces más; enterraron el cuerpo del senador en una fosa improvisada y quemaron sus ropas. Esta es la versión oficial que desmiente la que corrió posiblemente el propio huertismo, que decía que le habían extirpado la lengua por hablar mal del gobierno.

  En su honor, el senado de la república entrega anualmente una medalla que lleva su nombre y que es considerada como el más preciado trofeo que mexicano alguno pueda obtener, en base a sus méritos. Es obvio que nuestro cuerpo colegiado mayor con capacidad legislativa no daría ese nombre al reconocimiento mencionado si no fuera bien merecido, pues al entregar cada medalla se reconoce implícitamente a este gran mexicano que fue sacrificado siendo senador de la república. Muchas calles en las ciudades del país llevan su nombre.