20/04/2018
Editoriales

Entrevista Ávila Camacho – Roosevelt

A las 16:00 horas con 14 minutos del martes 20 de abril de 1943 –hoy hace 73 años-- llegó a la ciudad de Monterrey el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Franklin D. Roosevelt, para sostener una histórica entrevista con el Presidente de México, Manuel Ávila Camacho.

México vivió en ese momento un episodio inusitado. La entrevista anterior entre mandatarios de México y Estado Unidos se había celebrado en el puente internacional de El Paso, Texas, en el año de 1909. Porfirio Díaz era el presidente mexicano y William Taft el norteamericano.

Tuvieron que transcurrir 34 años para que se realizara este nuevo encuentro. Pocas --muy pocas-- personas sabían de esta entrevista antes de su realización. La información se manejó con mucha discreción. Sin embargo, algunos hechos previos despertaron el interés de los regiomontanos.

Este era, sin duda, un momento histórico. México había liquidado ya la lucha armada y era necesario hacer a un lado las divisiones. Sin embargo, en el ámbito internacional se había desatado una gran lucha: la Segunda Guerra Mundial. La contribución de México en esa guerra fue al lado de los Estados Unidos, proporcionando productos, materias primas y minerales estratégicos. Y por supuesto, también, hombres. Sin embargo, la presencia humana de México fue limitada. Fueron menos de 15 mil los mexicanos que lucharon en los frentes de batalla.

TRATO JUSTO A

LOS BRACEROS

Por otra parte, es tal vez en esta época cuando se da un trato justo a los braceros. La salida de norteamericanos para luchar contra el enemigo, permitió que la mano de obra de los mexicanos fuera altamente apreciada y solicitada por el vecino país del norte. Más de 300 mil trabajadores se trasladaron a los Estados Unidos para colaborar en tareas agrícolas, en industrias y en ferrocarriles.

Había quedado plenamente establecido que los mexicanos que acudieron al vecino país del norte a trabajar, tendrían plenas garantías de ocupación y no serían destinados al servicio militar. Además, no serían objeto de discriminación.

El Presidente Ávila Camacho fue el encargado de dar la bienvenida al presidente Roosevelt, en compañía del secretario de relaciones, licenciado Ezequiel Padilla; el secretario de agricultura, ingeniero Marte R. Gómez, así como el licenciado Miguel Alemán, secretario de Gobernación, quien luego habría de ser Presidente de la república.

Ávila Camacho expresó en esa ocasión que nada durable puede ser creado sin constancia en las privaciones y sin confianza y severidad en el sacrificio. Señaló que las únicas conquistas que obtendrían las Naciones Unidas serían conquistas morales de dignidad y pensamiento, de autonomía y conducta y con respeto al derecho.

Con el objeto de llevar a cabo en el futuro una existencia juntos, el mandatario mexicano pidió sobreponerse a toda destrucción y explicó que una batalla de tal magnitud universal no se gana solamente en las trincheras del enemigo, sino a través de la unidad, a través de más trabajo y más productividad y a través de los beneficios de la democracia pura, en la cual, nuestros hermanos y aún nuestros enemigos, puedan descubrir un modo prometedor de dar a la vida mejor bienestar.

UN PUENTE NATURAL

DE CONCILIACIÓN

La geografía –agregó-- ha hecho de nosotros un puente natural de conciliación entre las culturas latina y sajona del continente. Nuestros aciertos y nuestros errores tendrán en el futuro una tremenda significación porque no representarán únicamente el éxito o el error de México y los Estados Unidos, sino más bien un ejemplo, un estímulo o una decepción para toda la América.

Durante la histórica entrevista de los Presidentes Roosevelt en Monterrey, el Presidente norteamericano señaló que era sorprendente el hecho de que hubiesen transcurrido aproximadamente 34 años desde la entrevista anterior entre mandatarios mexicanos y norteamericanos, y manifestó su confianza de que en el futuro cada presidente mexicano y norteamericano sintieran la libertad de visitarse mutuamente, tal y como se visitan los vecinos para platicar y conocerse.

"En esta gran ciudad de Monterrey --prosiguió-- he quedado altamente impresionado por la forma en que están empeñadas todas las fuerzas productoras en la causa de la guerra. En la búsqueda de la victoria común, nuestros pueblos encuentran que tienen aspiraciones iguales.

"Pueden trabajar juntos por el mismo ideal. No perdamos nunca nuestra firmeza sobre esa verdad. Contiene dentro de ella el secreto de una prosperidad, bienestar y futuro para todos nosotros en ambos lados de nuestras libres fronteras. Asegurémonos de que cuando nuestra victoria llegue, cuando se sometan las fuerzas del mal --y esta sumisión sea incondicional-- entonces nosotros, con el mismo denuedo unificado, nos enfrentaremos a la tarea de construir un mundo mejor".

LA POLÍTICA DEL

BUEN VECINO

En opinión de Roosevelt era ya el tiempo de que cada ciudadano en cada una de las Repúblicas del Continente Americano, reconociera que la política del buen vecino significa que el lesionar una nación, es lesionar a todas. Por último, manifestó que se había conseguido un entendimiento estrecho una unidad de propósitos y agradeció al pueblo mexicano y a su Presidente la oportunidad de conocerse en suelo mexicano y de considerarse amigos.

Después de las reuniones en esta ciudad, ambos presidentes abordaron ese mismo 20 de abril, a las 22:00 horas, el tren formado por once carros que los llevaría a los Estados Unidos.

Al día siguiente, 21 de abril de 1943, Roosevelt y Ávila Camacho estaban en la Ciudad de Corpus Christi, Texas. Ahí, el Presidente mexicano fue objeto de una efusiva bienvenida en el centro naval y Roosevelt declaró que su entrevista con el mandatario mexicano había sido una de las más grandes entrevistas históricas de América.

Ambos presidentes observaron una brillante demostración aérea y finalmente acudieron a la estación del ferrocarril en donde se despidieron. Concluía así una histórica entrevista que marcó una nueva etapa en las relaciones entre México y Estados Unidos. Se trataba de crear nuevas fórmulas de amistosa vecindad. Quedaban atrás aquellos años de 1847, en los que se había registrado la Invasión Norteamericana.