16/Sep/2019
Editoriales

¿Qué crees que pasó?

Julio 7 de 1884: El Congreso norteamericano nombra una comisión para visitar México y algunos países de América Latina con el fin de estrechar relaciones comerciales y fomentar las inversiones. Esto obedece al deseo de “evitar la tentación de las naciones americanas de contratar con las potencias europeas convenios o concesiones o alianzas perjudiciales”.  El 11 de marzo anterior, el senado de ese país aprobaba el informe de la Comisión de Comercio Exterior en donde dice: “las producciones de México son principalmente de materias primas. Los habitantes en su mayoría se ocupan de la minería y agricultura. Los Estados Unidos pueden aportar el sobrante de sus cereales; México puede y debe ser su mercado; México es nuestro mejor mercado, mejor que cualquiera de ultramar”. El presidente Manuel González se encontraba en ese momento reestructurando la economía fusionando los bancos Mercantil y Nacional, y el Monte de Piedad, entre otras medidas tendientes a superar la crisis económica que agobiaba –una vez más- a las finanzas nacionales, así que saludó con optimismo el hecho y la voluntad de los norteamericanos de intervenir con sus productos y capitales en la economía nacional. Además de necesario era oportuno, y vaya que le apremiaba porque el primero de diciembre de ese año, Porfirio Díaz tomaría de nuevo las riendas de la nación, y Manuel González preparaba su último informe y necesitaba dar noticias alentadoras a los mexicanos. Claro que a él le esperaban ansiosos los guanajuatenses para que los gobernara, ya que el Congreso local lo había nombrado Gobernador Constitucional. En fin, que González abre el país a las inversiones extranjeras norteamericanas e inglesas en las áreas básicas de la producción para que nos “auxilien desinteresadamente”, mientras Porfirio Díaz expresaba en su recurrente discurso su “repudio por el reeleccionismo”. En verdad que México es grande, ha sobrevivido a cada gobernante con sus excentricidades, y proclividades perversas.