21/09/2018
Editoriales

Entrecurules 26 06 2018

El sabio Montesquieu, que analizó los poderes políticos y haciendo patentes sus principios motores y conservadores, sentó la primera piedra del edificio consagrado a la libertad civil y no vacila en asegurar que si bien la forma de gobierno influye algo en su existencia, ella no es su verdadero esencial consecutivo.

 Y a juicio de este hombre, la libertad del ciudadano consiste única y exclusivamente en la seguridad individual,  en la quietud, reposo y tranquilidad que la convicción de su existencia produce a cada uno de los asociados.

 Estas pocas palabras abrazan todo lo que puede desear y pedir de la sociedad un hombre pacífico y exento de ambición.

 Y José María Luis Mora nos dice sobre este asunto. De qué dependen pues las quejas continúas y amargas que se oyen con tanta frecuencia contra los agentes del poder? Y por qué se aplican con tanta frecuencia las voces de apatía, indolencia, arbitrariedad, despotismo y tiranía a los actos que emanan de los depositarios de autoridad?

 Y para resolver con acierto estas cuestiones es necesario advertir que todos depositarios de autoridad, en cualquiera de los poderes políticos, tienen la obligación más estrecha de evitar las agresiones injustas de los particulares y abstenerse ellos mismos de cometerlas.  Siempre que el ciudadano padezca o sufra alguna violencia exterior sin haber infringido la ley, o lo que es lo mismo siendo inocente.

Finalmente, cuando la autoridad permite que sean ultrajados que no tienen otro delito que el haber nacido es evidente que no existe seguridad.

Podemos decir que los que atacan impunemente los derechos ajenos, lo será los mismos perseguidores y sobre todo el gobierno.