Editoriales

La peluquería

Mi padre me llevaba a la peluquería y me sentaban en una tabla colocada entre los descansa brazos del sillón del peluquero. Y siempre llegaba la cruel orden: Córtele el pelo “pulidito” al niño, que significaba rapar los lados y dejar solo un copetito para peinarme. Uf. Ignoraba que los niños de entonces ya éramos modernos pues íbamos al cine y veíamos a los héroes siempre con pelo largo. 

Recuerdo que el peluquero dejaba que se amontonara en el piso el pelo residual, y luego de varias víctimas o clientes pelados, le decía al ayudante que lo barriera. La sábana que colocaba desde el cuello hasta los pies me daba asco pues siempre estaba húmeda en la parte superior y las máquinas de cortar pelo muchas veces tironeaban al cabello y dolía mucho. Era un martirio, aunque usar el asentador o cuero para afilar navajas de afeitar era atractivo, pues el peluquero daba un espectáculo cuando afilaba la navaja larga con la que terminaba de “pulir” las partes dolorosamente descritas, yo padecía la vuelta al peluquero. Al final había otra cosa agradable: el peluquero enjarraba las partes afectadas de la cabeza con abundante talco de olor aplicado con una brocha redonda de pelo largo, que borraba la sensación de humedad que dejaba la asquerosa sábana. ¡qué tiempos, don Simón”.