24/Jan/2021
Editoriales

El odio político debe ser controlado, parte 1

Dos hombres vivían tan reñidos y enemistados entre sí que, al verse obligados a navegar en la misma nave, no quisieron estar juntos.

Uno se fue a la popa, mientras el otro a la proa, para ni tan siquiera verse.

Pero de pronto apareció en pleno océano una terrible tempestad que puso a la embarcación en gran peligro. 

Y estando a punto de perecer todos, el que estaba en la proa preguntó al capitán: 

_¿Qué parte de la nave será la primera que se tragarán las olas? Porque si es la popa, donde se halla mi enemigo, moriré contento, por haber visto perecer antes a mi enemigo.

Acabamos de atestiguar los nuevoleoneses cómo se entorpeció una alianza política entre dos grandes partidos, sólo porque algunos de sus representantes odian a sus homólogos. No se tomaron la molestia de informarse si sus militantes querían ir a la elección juntos por primera vez, para enfrentar al omnímodo poder del partido gobernante en México. 

Habiendo tantos antecedentes en la historia de la humanidad de enemigos que se unen para defenderse de un peligro o enemigo mayor. Con solo recordar cuando Adolfo Hitler se convirtió en la amenaza mayor para el mundo, se unieron países enemigos de naturaleza ideológica contraria, como Inglaterra y Estados Unidos, con Rusia. Abrieron un paréntesis en sus luchas para hacer frente común al monstruo que amenazaba con devorarlos. Sólo así pudieron vencer al nazismo y después de su victoria regresaron a sus disputas tradicionales. Si Stalin, Churchill y Roosevelt hubieran actuado como los náufragos de la fábula griega, o como los dirigentes políticos locales, que prefieren perderlo todo con tal de que su odiado contrario también pierda, hoy el mundo sería otro.   

El odio que fomenta la enemistad llega a extremos inauditos.