13/11/2018
Editoriales

Historieta, Américo Villarreal Guerra

_¿Supiste que la semana pasada murió Américo Villarreal? Me inquirió Carlos Martín del Castillo.

Quedé mudo por varios segundos -asimilando el golpe-, pues no esperaba tal noticia.

La velocidad del cerebro humano es enorme, y en ese breve lapso, el mío realizó unreplayde las vivencias más importantes que tuvimos Américo y yo.

Desde que en sus oficinas de la Subsecretaría de Infraestructura Hidráulica, posición en que devino la Secretaría de Recursos Hidráulicos, nos conocimos.

Hasta cuando protestó como gobernador tamaulipeco, meses después de entregarme la presidencia nacional de la Sociedad Mexicana de Ingenieros.

Recordé que siendo senador y pre candidato a gobernador, hicimos dos giras de campaña, una por el noroeste y otra por los estados del centro del país.

En las cenas con amigos mutuos, discutíamos la estrategia para que el Partido no volviera a hacerle la misma jugada que seis años antes, y pudiera conseguir su postulación para la gubernatura.

Reñimos con lealtad cuando definí un auditorio grande para mi toma de protesta, en la que él haría también un discurso, su informe -de presidente saliente-, pues debía impresionar a De la Madrid y a Lugo Verduzco, y no quería arriesgarse a tener una escasa audiencia.

Le recordé que quien tomaba protesta era yo, y que su gubernatura era importante, pero secundaria para los efectos del evento. 

Nunca puso atención al pequeño muro de sombras sabiendo que el sol se elevaría por encima de él.

Aceptó que yo tenía razón, y el evento salió espectacular.

¡Qué de recuerdos llenan nuestras vidas!

_No. Le contesté a Carlos, intentando disimular mi pena; no supe nada, pues nadie me avisó.

Y no tenían por qué hacerlo; hacía varios años que no nos reuníamos; él en su ciudad Victoria y yo en mi Monterrey.