21/09/2018
Editoriales

Garfias permanece entre nosotros

 Estamos en el Monterrey de hace medio siglo. Es el nueve de agosto de 1967. Son las 8:30 de la noche. En el cuarto 410 del Hospital Universitario, una vida se apaga. Ha dejado de existir el poeta español Pedro Garfias. Sus grandes ojos, que han quedado abiertos, le son cerrados por personal del hospital. Junto al cuerpo sin vida, permanecen sus amigos Alfredo Gracia Vicente y Eugenio Armendáriz, acompañados por sus esposas.

 

Garfias presentía su muerte desde hacía tiempo. A manera de testamento, había escrito estos versos:

 

Me gustaría/ Que fuese tarde y oscura /La tarde de mi agonía/ Me gustaría/ Que quien cerrase mis ojos/ Tuviese manos tranquilas/ Me gustaría / Que los presentes callasen / O llorasen con sordina./Me gustaría/ Que fuesen pocos y aún menos

De los que se necesitan /Me gustaría /Que en el silencio del mundo / Se oyese crecer la espiga./Me gustaría / Que la tierra fuese dura /Como piedra conmovida.

Me gustaría /Que me llenasen la boca/ De tierra mía/ Si a los que van a matar  

Les dan todo lo que pidan / Dejadme pedir muerto / Lo que a mí me gustaría.

 

HABÍA CONSEGUIDO

DESCANSAR EL POETA

 

Por fin, había conseguido descansar el poeta. Tanto viajar y viajar. Tanto ir y volver hacia ninguna parte y hacia todos lados, tan lleno de soledad.

 

Un día tuvo que salir de España, su patria, que vivía momentos de angustia. Ahí se había formado como poeta. En Salamanca nació el 20 de mayo de 1901. Era hijo de Antonio Garfias Domínguez y Dolores Zurita, ambos andaluces.

 

Se traslada a Madrid, en donde forma parte del grupo Ultraísta, que dirigía Rafael Cansinos Assens, y del cual formaban parte también Rafael Sánchez Ventura y Eugenio Montes. A partir de los nueve años de edad, Garfias elabora sus primeros poemas.

 

En la década de los veintes ya destaca como escritor en Madrid. Colabora en diversas revistas, entre ellas Cervantes, Ultra, Litoral, Gracia, Los Quijotes y Horizonte. Su primer libro aparece en Sevilla, en el año de 1926. Esta publicación la tituló El ala del Sur, y en la misma incluyó los poemas que elaboró entre 1918 y 1923.

 

De 1923 a 1927, Garfias permanece callado. Es el tiempo en que trabaja como recaudador de rentas en La Carolina, un lugar cercano a Córdoba. En ese lugar contrae nupcias con Margarita Fernández. De nuevo aparece como poeta en el año de 1927, al conmemorarse el tercer centenario de la muerte de Góngora. En esa ocasión da a conocer su poema Romance de la soledad. Le canta a la tierra, al amor, a la mujer. Le gusta ver nacer las flores y oír crecer la espiga.

 

Cuando se produce la guerra en España, en 1936, Garfias no puede permanecer callado. Entonces escribe sobre las sombras, la muerte y el silencio. Describe los momentos crueles de esta guerra y, en 1938, recibe el Premio Nacional de Literatura, de parte de un jurado en el cual participaron Antonio Machado, Tomás Navarro y Enrique Diez Canedo.

 

No logra permanecer en su patria y se produce el destierro. Está en Inglaterra, cuando en 1939 escribe “Primavera en Eaton Hastings”, que ha sido considerado por los conocedores como el mejor poema del destierro español. Se le ha descrito como poeta de la cabeza a los pies.

 

ESPAÑA PRESENTE

EN EL RECUERDO

 

Este pastor de soledades, que luchó por la república, decide trasladarse a México, a donde llega en julio de 1939, a bordo del barco Sinaia, en el cual llegó también Juan Rejano. En ese viaje, produce un hermoso poema que dice:

 

Qué hilo tan fino, qué delgado junco/ -de acero fiel- nos une y nos separa./ Con España presente en el recuerdo./Con México presente en la esperanza./España que perdimos, no nos pierdas; Guárdanos en tu frente derrumbada,/ Conserva a tu costado el hueco vivo. /De nuestra ausencia amarga./Que un día volveremos más veloces. /Sobre la densa y poderosa espalda, /De este mar, con los brazos. / Ondeantes. Y el latido del mar en la garganta.

 

SU PRESENCIA

EN MONTERREY

         

Durante las siguientes tres décadas, Garfias radica en México. Está en varias ciudades: Guadalajara, Torreón, Puebla, Monterrey. En esta última ciudad vive en el Hotel Iturbide y luego en la Posada Garza Nieto. Se le recuerda también en su domicilio de Zaragoza Sur 735, en compañía de su esposa Margarita Fernández y de sus dos perros y una gatita.

 

Durante su estancia en Monterrey, participa con Raúl Rangel Frías y Francisco M. Zertuche en la creación de la Escuela de Verano de la Universidad de Nuevo León.

 

Alfredo Gracia Vicente uno de sus mejores amigos, acostumbraba recordar que Garfias tenía un cerebro privilegiado y sabía todo. Monterrey le debe horas inolvidables. De pronto se le veía en el Bar Reforma o en La Cabaña dialogando consigo mismo y escribiendo versos en servilletas.

 

Tuvimos, como muchos regiomontanos, el privilegio de conocerlo. Aquí pasó varios años de su vida y aquí murió. Desde entonces, permanece para siempre entre nosotros.

 

LAS PALABRAS

DE RANGEL FRÍAS

 

En sus funerales, Raúl Rangel Frías pronunció uno de los más bellos mensajes de que se tenga memoria en esta ciudad. De estas palabras, dichas ante la tumba del poeta en el Panteón del Carmen, reproducimos –para concluir en esta ocasión-- las siguientes líneas:

 

“Sabes, somos unos pocos de tus amigos/Otros no pudieron venir... los pájaros y las estrellas/Mira: esto se acabó; tu dolor y tu soledad./Ahora empiezan los nuestros./Baja a esta tierra, /que has llegado por fin a puerto,/para que te ablande la ternura de nuestro suelo./Quedas cual dormido gorrión./Deja aquí tu sangre dulce/ en los terrenos nuestros,/ alza la voz al cielo/ y tiende tus poemas al sol entre México y España.

 

 

“Ahora, Pedro, /nos vamos:/nosotros que a velas rotas navegamos,/ vamos a partir. / Tú, permaneces.”