20/11/2018
Editoriales

Los abuelos siguen viviendo en nosotros

Al celebrarse en estas fechas el Día del Abuelo vienen a la mente las imágenes de mis cuatro amados abuelos: Francisco “Panchito” Salinas, Timotea “Teíta” González de Salinas, Dolores “Lolita” Treviño de Pedraza y Florencio Pedraza. Sin embargo, hay uno en particular a quien deseo recordar el día de hoy. Fue mi primer amigo. Me refiero al abuelo materno: Francisco Salinas Salinas, conocido en el pueblo como el Tío Pancho y entre sus hijos y nietos como Papá Panchito.

Es cierto que nadie puede hacer por los niños lo que hacen los abuelos: Salpican una especie de polvo de estrellas sobre sus vidas. Por eso es que muchos años después de que se han ido, siguen viviendo en nosotros, porque hubo momentos en que tocaron cuerdas del alma que seguirán vibrando en la eternidad. Los abuelos son ejemplo de vida, sabiduría y experiencia. Al abuelo Francisco y a su pueblo –mi pueblo—quiero dedicar estas palabras.

Según como se vea, un pueblo puede ser pequeño o puede ser grande. Para un extraño, tal vez ese pueblo no tenga gran importancia. Para los hijos de esa tierra, en cambio, posee un encanto especial que sólo ahí se encuentra. No importa a donde vaya, siempre estará en su mente y en su corazón la bendita imagen de su Plaza, de su Iglesia y de su Cementerio, ahí donde están sepultados los restos de sus abuelos. Esas raíces son las que lo habrán de sostener hasta el final del tiempo.

Tal vez haya quien piense que Los Herreras es un pueblo pequeño. Sin embargo, para sus hijos es lo máximo. Uno de ellos, Eulalio González “Piporro” llegó a decir que Los Herreras es tan grande como Paris o Nueva York, sólo que un poco menos poblado. Para este popular actor, compositor y cantante cuyas canciones y películas traspasaron las fronteras de México, Los Herreras –su tierra natal— fue la antigua Capital de Grecia.

Lo sorprendente es que personas de otros lugares hayan expresado en distintas ocasiones su simpatía por este poblado. Este día menciono con orgullo a un distinguido historiador, cronista y periodista. Me refiero al buen amigo Armando Fuentes Aguirre “Catón”, quien colabora en más de un centenar y medio de periódicos de todo el país y quien calificó a Lo Herreras como tierra de genio e ingenio. Veamos lo que escribió Catón: “Acompáñame a Los Herreras, Nuevo León. Quiero que vayas conmigo a ver si es cierta una teoría que tengo…

“Mi teoría consiste en afirmar que así como hay personas ingeniosas, y otras aburridas, también hay pueblos con ingenio y otros hechos para el bostezo por falta de imaginación. Existen lugares alegres por naturaleza, como existen seres humanos con donaire y sal desde su nacimiento; y hay pueblos aburridos igual que hay tipos --y tipas-- ácimos y sosos que piensan que son más importantes cuanto más solemnes y estirados son. No diré de los poblados fastidiosos. Tantos hay que se podría llenar con ellos un mapa universal. Ahí la gente muere sin darse cuenta de que estuvo viva. Ahí la gente vive sin percatarse de que ya está muerta.

“Diré sí –afirma Catón--, de los alegres sitios. Uno de ellos es Los Herreras, Nuevo León. Ingenio y genio tiene esa galana población, y trasmite esos carismas a sus hijos e hijas como gratuito don. Hacer una lista de los señeros personajes herrerianos es formular una guía telefónica más gorda que la de Nueva York. En ese lugar vivió la Tía Melchora, figura singular de “Los Herreras”, Nuevo León, tierra de origen de Lalo González, “Piporro” y de otros nuevoleoneses distinguidos, como mi gran amigo Jorge Pedraza Salinas, historiador y periodista, notable conocedor de don Alfonso Reyes y hombre de agradabilísima conversación. En Los Herreras nació Ernesto "El Chaparro" Tijerina, con cuyos dichos y hechos se podría escribir otro Quijote.”

Hasta aquí lo dicho por Catón. Dicen que recordar es vivir. Y es cierto. Ha transcurrido más de medio siglo y aun están presentes en la mente, como si fuera apenas ayer, las gratas imágenes del pueblo de mi infancia y los rostros de su gente, mi gente. También, por supuesto, los lugares que recorrimos tantas veces, a pie y en bicicleta, cuando la tierra no había sido cubierta con el maquillaje del pavimento de las calles y nos bañábamos en un río de aguas limpias, alejadas de la contaminación.

El cariño por la tierra que es de uno hace que tengamos un gran cariño por ella. Se trata de una pertenencia recíproca. Es nuestra y nosotros somos de ella. Aunque un día hayamos tenido que salir de ese pueblo, ese pueblo jamás saldrá de nosotros. Aun recuerdo el día que tuve que emigrar de ese lugar tan querido para continuar mis estudios en la ciudad de Monterrey. A través del cristal de la parte posterior del autobús pude ver con tristeza como se iban alejando el caserío y los árboles. Lo último que pude ver –aun recuerdo-- fue la torre de la Iglesia del Sagrado Corazón. Sentí que algo de mí, ahí se había quedado.

Por fortuna, muchas veces he regresado al pueblo. Y cuando este retorno no es posible hacerlo físicamente, me basta con cerrar los ojos e imaginar el lugar. El abuelo Francisco Salinas Salinas nació el cuatro de octubre en 1874, el mismo año en que surgió el municipio de Los Herreras, que este año cumple su 144 aniversario. Anteriormente, el lugar se llamaba Rancho de la Manteca, por la gran cantidad de ganado que había en sus tierras.

El Tío Pancho, como le llamaban en el pueblo a mi abuelo, fue mi primer amigo. Había entre nosotros una diferencia de edad de casi 70 años. La misma diferencia que existe ahora con mi nieto Fernando Casco Pedraza. Sin embargo, qué gratos momentos pasamos en aquel tranquilo lugar y en aquellos días en que aun no conocíamos el dolor que causa la muerte de los seres queridos. Doy gracias a Dios que me haya permitido llegar hasta los 16 años de edad, sin una muerte en toda mi gran familia.

En aquellas pláticas que sostuve con el abuelo, iluminadas por la luz de la luna y las estrellas, aprendí muchas cosas. No había en el pueblo energía eléctrica y la televisión no había llegado. Así es que había mucho tiempo para platicar. Entre cuentos y dichos, un día me dijo: “Hay gente que dice tener muchos amigos y que procura, a toda costa, quedar bien con todo mundo. Esas personas, me comentó, por lo general no son verdaderos amigos. Simplemente, son compañeros. El que es amigo de todos por lo general no es amigo de nadie”.

En otra ocasión, me explicó que hay que aprender bien un oficio, de preferencia algo que te guste, que sea tu vocación y que lo conviertas en tu misión en la vida, y tratar de hacer bien las cosas, lo mejor posible. “El que cree que es bueno para todo –explicó en aquella ocasión--, lo más probable es que sea un bueno para nada”.

El año de 1955 fue el último que pasé en el pueblo. Tenía yo 12 años y tuve que viajar a Monterrey para continuar mis estudios de secundaria. Ese año llegó a Los Herreras en campaña para la gubernatura del Estado el Lic. Raúl Rangel Frías, quien había sido Rector de la Universidad de Nuevo León. Acompañé al abuelo a la plaza donde el personaje que después sería mi amigo daría su mensaje. Un mensaje lleno de esperanza y de promesas que después habrían de convertirse en realidad.

Con Rangel Frías, que ahora cumpliría 108 años de existencia, llegaron al pueblo muchas cosas que antes no teníamos. Llegaron el agua potable, la energía eléctrica, más educación y más caminos. Llegó a Nuevo León la Ciudad Universitaria. Por eso hemos dicho que Don Raúl iluminó pueblos y conciencias. Por eso hicimos la propuesta para que fuera declarado “Benemérito de Nuevo León”.

De aquel primer encuentro con Rangel Frías jamás podré olvidar las palabras de mi abuelo Francisco: “Hay que seguir a los buenos. Al hacerlo, aprendes a ser bueno”.

El abuelo falleció el 21 de diciembre de 1959, el mismo mes y año que don Alfonso Reyes. Cuando el abuelo dejó de existir, yo me pregunté: ¿Cómo podré pagar lo que él hizo por mí? El tiempo y una voz interior, que es la del abuelo, me han dado la respuesta: “Ahí están tus hijos y tus nietos. Lo que hagas por ellos lo harás por mí. Ese será mi mejor pago”.