13/11/2018
Editoriales

Una guerra justa y necesaria

Barak Obama era presidente de Estados Unidos en el año de 2009. Cuando se publicó la posibilidad de que le entregaran el Premio Nobel de la Paz, muchos sonreímos creyendo que se trataba de una broma.

¿En qué cabeza cabe –decíamos- entregar el Nobel de la paz al dirigente de la nación más belicosa del mundo, la que siempre está metida en las guerras regionales, y cuyo principal negocio es la venta de armamentos?

Y nada, que sí se lo dieron. Además esto fue el mero día 10 de diciembre, El Día de los Derechos Humanos, pues como dicen en los pueblos norestenses “El interés tiene Pies”.

Eso ya era motivo de colección para los amantes de las paradojas, pero el colmo fue el discurso del moreno jaguayano, que se despachó con la cuchara grande.

Teniendo temas abundantes para desarrollar con respecto a la paz, resulta que le dio por hacer una apología de la guerra. 

Habló de La Guerra Justa y Necesaria contra el Mal.

Esto podría interpretarse como una justificación a las guerras declaradas y realizadas en contra de pueblos enteros cuyo pecado es que algunos terroristas hayan nacido o vivido en sus territorios.

Si esto fuera norma bélica obligatoria, el poderoso país se hubiera auto declarado la guerra en repetidas ocasiones.  

Esta tesis de “guerra justa y necesaria” fue esgrimida hace 500 años por el connotado hombre de leyes Juan Ginés de Sepúlveda, desde su natal España.

Decía este caballero que eran justificables las capturas y crímenes en contra de los indios americanos –llamándoles guerra de conquista-, porque los naturales eran incultos, inhumanos y malos.

Ciertamente aceptaba que no lo eran todos, pero el jurista peninsular sostenía que la guerra contra los salvajes era justa y un derecho natural.

Se daba el lujo de hablar metafóricamente, porque “así como un cuerpo obedece al alma”, es derecho natural que los incultos obedezcan y sirvan a los hombres preparados.

¿Acaso era una guerra justa y necesaria también la guerra de invasión a México en 1846?

Se hubieran ahorrado palabras discursivas tanto Ginés como Obama en su defensa de la guerra justa y necesaria, diciendo que ese tipo de guerras es buena, nomás porque sí.