16/11/2018
Editoriales

Julio 29 de 1936: Manifestación obrera en la Plaza Zaragoza de Monterrey, termina en balacera con tres muertos y decenas de heridos

Julio 29 de 1936: Manifestación obrera en la Plaza Zaragoza de Monterrey, termina en balacera con tres muertos y decenas de heridos. La recién fundada CTM nacional (en febrero de 1936) nombró en NL a Tomás Cueva como líder, quien organizó un mitin en la Plaza Zaragoza exigiendo: disolver los grupos de choque o Guardias Blancas, respeto a los sindicatos, y una ley de inquilinato. Los oradores: Tomás Cueva; Antonio Moreno, (Mineros, Metalúrgicos y Similares); y otros más, de albañiles, hoteleros y estudiantes. La respuesta fue una trifulca frente al Casino Monterrey, donde salieron a relucir ladrillazos y hasta balas. Murieron Feliciano Alcocer, de la fábrica de Muelles Hércules; J. Guadalupe Palacios, de Unión de Artes Gráficas, y José Bárcenas, de la Unión de Empleados de Hoteles, Cantinas y Restaurantes. Heridos: Tomás Cueva, el ferrocarrilero Cristóbal Reyes, Julián Yáñez, de la Fábrica de Ladrillos Refractarios, y otros trabajadores.

Ante los hechos, el gobernador Anacleto Guerrero, que tenía 3 meses en el poder, ordenó detener a 525 personas, entre ellas a destacados empresarios, entre los cuales había apellidos muy conocidos como Rodríguez, Rocha, Santos, Margáin y otros más, quienes fueron trasladados al Campo Militar, a cargo del general Juan Andreu Almazán.

Corrió la especie de que llevarlos al campo militar era para protegerlos, pues la turba quería lincharlos. Y más porque después Almazán fue candidato a la Presidencia de la República por el Partido Revolucionario de Unificación Nacional, el Partido Laborista Mexicano y el PAN, contra Manuel Ávila Camacho, candidato del PRM. El conflicto venía incubándose desde un proyecto de Código Laboral Federal que la Coparmex impugnó en 1931 y el presidente Pascual Ortiz Rubio sostuvo. El operador de la iniciativa fue el secretario de Industria, Comercio y Trabajo, Aarón Sáenz –que acababa de ser gobernador de NL-. Este Código Laboral fue aprobado por la Cámara de diputados federales, y los patrones, encabezados por Luis G. Sada y Joel Rocha, querían que Pascual Ortiz Rubio vetara esa ley.

Ambos (Sada y Rocha) tenían el respaldo del influyente periódico Excélsior, que dirigía el también empresario nuevoleonés Manuel L. Barragán. Así que enfrascados en el debate nacional estaban empresarios locales y el más importante periódico nacional, contra el presidente Cárdenas y el ex gobernador Aarón Sáenz. 

La gota que derramó el vaso fue la huelga de Vidriera Monterrey –1º de febrero de 1936- a unos días de la fundación de la CTM nacional (24 de febrero), que obligó al presidente Cárdenas a apersonarse en Monterrey, pues el saliente gobernador Gregorio Morales estaba rebasado por el conflicto. Durante 4 días Cárdenas platicó con las partes y antes de alzar el vuelo, expuso 14 puntos destacando que los conflictos laborales deberían resolverse en los tribunales especializados, subiendo más aún la retórica del debate, y sobrevino, meses después la tragedia que hoy recordamos.

En el tracto de 1934 a 1940, en Nuevo León se formaron organizaciones obreras como el Sindicato de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos y similares de la República; la sección 19 del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros; la Sección 19 del Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza; y la Federación de Trabajadores de Nuevo León, todas de tendencias comunistas. Por su parte, los patrones crearon asociaciones como Acción Cívica Nacionalista y se formó la primera organización unitaria de sindicatos blancos, la Federación (hoy Nacional) de Sindicatos Independientes. 

Lo sucedido este 29 de julio de 1936 es la expresión más sangrienta en la pugna entre el presidente Cárdenas y los empresarios regiomontanos por el control de las organizaciones obreras. Pero la crisis tocó fondo y poco a poco, el gobierno revolucionario fue apoyando al grupo patronal con créditos, protección ante los mercados internacionales y control político de los obreros. Por su parte, a los obreros se les dieron más y más prestaciones hasta que se llegó a un nivel digno conforme a la constitución, y en algunas empresas superaron esa rasante. Esta comodidad de obreros y patrones permitió la paz laboral que el desarrollo del Milagro Mexicano requirió (entre los años 40 y 70).