21/09/2018
Editoriales

Entrecurules 25 08 2018

Cinco años después de la muerte de Carranza, un grupo de seguidores, encabezados por Luis Cabrera, diputado federal de aquellos tiempos, fueron a su tumba a honrar su memoria con el pronunciamiento de una "oración fúnebre".

 Aquí algunos fragmentos de esa oración, pronunciada el 21 de mayo de 1925:

"Varón fuerte en toda la extensión de la palabra, Carranza era un hombre vigoroso, con la fuerza tranquila de los hombres buenos que jamás alardean de su superioridad física, ni abusan de ella para ocultar su cobardía. Era un atleta que jamás ostentó actitudes de pugilista y cuya salud nunca dilapidó en disipaciones ni en orgías".

 Los que aquí nos hemos reunido, "no hemos venido a exhumar los restos de Carranza. No es tiempo todavía".

 La oración de Cabrera precisa:

 Una piadosa costumbre considera que se necesitan siete años para poder ya levantar la losa de la tumba sin que esto constituya una profanación, y la química necro biológica está de acuerdo en que deben transcurrir cuando menos siete años para que se termine la desintegración de la materia humana en el seno de la tierra.

 Si lo exhumáramos ahora pretendiendo trasladar sus restos a la Rotonda de los Hombres Ilustres, donde no están todos los que son, al abrir la fosa encontraríamos todavía la materia en efervescencia, y se creería que veníamos a practicar una exhumación judicial para investigar las huellas de algún crimen; o correríamos el riesgo de que se nos acusara de haber intentado envenenar la atmósfera del Castillo de Chapultepec no obstante que el viento sopla de allá para acá.

 Hay que esperar, apenas han pasado cinco años.

 Hay que esperar a que se oree un poco más la sangre que quedó a la orilla del sepulcro; hay que esperar a que la naturaleza termine su obra para que esos restos, blanqueados y purificados por el tiempo puedan ser extraídos de su catacumba con decoro, sin repugnancias y sobre todo sin que pueda decírsenos que hemos venido aquí a abrir un sepulcro blanqueado.

 Ante la tumba de Carranza, Cabrera finalizó su oración con las siguientes palabras:

 Como cualidades Morales tenía la tenacidad de Aníbal, la prudencia de Fabio, la fe de San Pablo y el entusiasmo de Mahoma templados en la práctica por la ecuanimidad de Arístides y la majestuosa severidad de Catón.

 Y al concluir, Cabrera explico "no hemos venido a juzgar a nadie, ni hacer ninguna apoteosis. Hemos venido a regar la tumba de un amigo para que crezcan los cipreses que la protegen con su sombra, a depositar sobre la losa de su sepulcro el puñado de flores de nuestra piedad, y a recitar la plegaria que se levanta de nuestros corazones".