16/Sep/2019
Editoriales

Un verdadero palacio

En mi más reciente viaje a la Ciudad de México lo vi. Sigue siendo imponente, y su historia es parte importante de la de nuestra nación. Porque lo primero que hizo Hernán Cortés cuando derrotó al imperio tenochca fue tomar en calidad de botín de guerra este predio gigantesco en el mero centro de la Ciudad de México, que era Las casas Viejas de Moctezuma. Antes ya había sido el Palacio de Axayácatl, y fue donde Moctezuma II hospedó a los españoles que llegaron en noviembre de 1519, pensando que, tratándolos bien, con todos los lujos, no le entrarían a una guerra de conquista.  

Pero semejante inocencia de Moctezuma sólo potenció la ya enorme ambición de los europeos y desde luego que Cortés no perdió tiempo. Luego de someter al gran imperio tomó posesión de este hermoso y enorme palacio ubicado por la calle de empedradillo (hoy calle de Monte de Piedad), hasta la calle de Plateros (Madero) y al poniente hasta San José del Real (hoy Isabel La Católica), esto es, a un costado de la mera Catedral de la Ciudad de México. Ya posesionado del palacio, de 1531 a 1562 Cortés lo arrendó a la Real Audiencia, viviendo allí el primer virrey Antonio de Mendoza. Por tres décadas fue el centro de la política y la economía de La Nueva España, pues estaba equipado como fortaleza para guarecerse a un posible ataque de los indios. Pero en 1562 los poderes se mudaron a Las Casas Nuevas, hoy Palacio Nacional, y los descendientes de Hernán Cortés recuperaron esta propiedad. Se intentó transformarlo en una especie de “mol” en 1611, pero el proyecto se hizo chico en una parte de la fachada oriente conocida como Arquillo y Mecateros, para después de algunos siglos ser ampliado para dar paso a la calle de 5 de mayo. En 1636 se incendió, y en el siglo XVIII se reconstruyó. En resumen, el precioso e invaluable inmueble ha sido palacio tenochca, casa de Hernán Cortés, sede del virreinato, luego mercado y en 1836 se instaló su última función que hasta la actualidad tiene: ser la sede del Nacional Monte de Piedad. Su arquitectura es única, la fachada de cantera y tezontle es preciosa, y en su interior tiene acabados de la época y equipamientos de maderas finas. En buena medida, el mote de La Ciudad de los Palacios con el que se conocía a nuestra capital, se debe a este bello edificio.