14/11/2018
Editoriales

Interesante Carta de Víctor Hugo a Juárez

 

El inmortal escritor Víctor Hugo comenzó a escribir poesía desde niño, en el colegio. Escribía tantos poemas que le quedaba poco tiempo para estudiar. El director, cansado de tantas quejas, le llamó la atención.

 

--De hoy en adelante, te prohíbo escribir poesías en la escuela.

 

Días más tarde el director encontró más poemas en el pupitre de Víctor Hugo. Lo volvió a llamar y se los enseñó.

 

--Te prohibí escribir y no me obedeciste.

 

El niño poeta le contestó:

 

--Y yo nunca lo autoricé a registrar mi pupitre y usted lo ha hecho. Estamos en paz.

 

Hasta aquí la anécdota.

 

Víctor Hugo era un niño precoz. Nació el 26 de febrero de 1802.  Desde pequeño mostró una fuerte inclinación por la escritura. A los 15 años recibió un premio de la Academia Francesa por uno de sus poemas. Con el tiempo se convirtió en uno de los más destacados escritores de Francia y del mundo.

 

Incursionó en la poesía, la novela y el drama. Entre sus obras más conocidas figuran su gran novela histórica Nuestra Señora de Paris (1831) y la más famosa Los Miserables (1862), novela en la cual condena las injusticias sociales que se dieron en la Francia del siglo XIX. Algunas de sus obras fueron adaptadas por el compositor Giuseppe Verdi.

En alguna ocasión, al hablar del hombre y la mujer, Víctor Hugo afirmó: “El hombre es la más elevada de las criaturas. La mujer es el más sublime de los ideales. El hombre es un código. La mujer es un evangelio. El código corrige; el evangelio perfecciona. El hombre es un templo. La mujer es el sagrario. Ante el templo nos descubrimos; ante el sagrario nos arrodillamos. El hombre es el águila que vuela. La mujer es el ruiseñor que canta. Volar es dominar el espacio; cantar es conquistar el alma. El hombre está colocado donde termina la tierra, la mujer donde comienza el cielo”.

Tenía Víctor Hugo 65 años de edad cuando el Presidente Benito Juárez, de 61, triunfó en México sobre el ejército invasor que encabezaba Maximiliano. En ese momento, el escritor le escribió una carta al Benemérito, la cual hemos encontrado en el periódico francés “El Fígaro”, del 27 de junio de 1867, y cuya traducción del francés presentamos ahora, gracias a nuestro amigo Félix Ramos.

Al Presidente de la República Mexicana.

 

México se ha salvado por un principio y por un hombre. Ese hombre es usted.

. . . De una parte, dos imperios; de la otra, un hombre; un hombre acompañado por un puñado de otros hombres; un hombre perseguido de aldea en aldea, de pueblo en pueblo; acosado, errante, confinado en las cavernas como una fiera salvaje, lanzado al desierto, con la cabeza puesta a precio. Por generales, algunos desesperados; por soldados, algunos desharrapados. Sin dinero, sin pan, sin pólvora, sin cañones. Por ciudadela, los matorrales. Aquí, la usurpación, llamada legitimidad. Allá, el derecho, llamado bandido. La usurpación, que lleva por delante todas las legiones de la fuerza; el derecho, solo y desnudo. Usted, el derecho, usted ha aceptado el combate.

 

La batalla de Uno contra Todos ha durado cinco años. A falta de hombres, usted ha tomado los elementos como armas. El clima, terrible, le ha socorrido. Usted ha tenido su sol como respaldo. Usted ha tenido como defensores los lagos infranqueables, los torrentes llenos de caimanes, los pantanos llenos de fiebres; la malsana vegetación, el vómito prieto de la Tierra Caliente, la soledad del desierto, esas inmensas arenas sin agua y sin hierba, donde los caballos mueren de sed y de hambre; la gran  meseta de Anáhuac, que se protege con su propia desnudez, como Castilla; los planicies bordeadas por abismos, siempre con la emoción del trepidar de los volcanes, desde el de Colima, hasta el Nevado de Toluca.

 

Usted ha implorado el auxilio de sus barreras naturales: la aspereza de sus cordilleras, los majestuosos diques, las colosales rocas. Usted ha hecho la guerra de los gigantes, combatiendo a golpes de montaña.

 

Y un día, después de cinco años de humo, de polvo, de ceguera, los nubarrones se han disipado: y hemos visto dos imperios por tierra. Ya no hay monarquía. Ya no hay ejército. No queda sino la enormidad de la usurpación en ruinas. Y, sobre este montón informe, un hombre permanece de pie: Juárez, y, al lado de este hombre: ¡La Libertad!

 

Usted ha hecho eso, Juárez, y es grandioso. Pero lo que le queda por hacer es más grandioso todavía.

 

Escuche, ciudadano Presidente de la República Mexicana.

 

Usted acaba de demostrar el poder de la democracia. Ahora, muéstrenos la belleza de la misma. Muéstrenos la aurora después de la tormenta. A los bárbaros, enséñeles la civilización. A los désportas, muéstreles los principios.

 

Deles a los reyes, enfrente del pueblo, la humillación del aniquilamiento.

 

Acábelos por medio de la piedad.

 

Nunca  antes se ha presentado tan magnífica oportunidad…

Juárez, haga  usted que la civilización dé este paso inmenso. Juárez, eche usted por tierra la pena de muerte. Juárez, ésta será su segunda victoria. La primera: vencer a la usurpación, es soberbia; la segunda: perdonar al usurpador, será sublime.

 

En estas palabras está contenido el deber. El deber lo hará usted. Maximiliano deberá la vida a Juárez. VÍCTOR HUGO (Firma).

 

El resto de la historia usted ya lo conoce. Para entonces, Maximiliano ya había muerto y Juárez le había dado una gran lección al mundo: El respeto al derecho ajeno es la paz.

Víctor Hugo murió el 22 de mayo de 1885. Se le recuerda como uno de los grandes protagonistas de la literatura universal.