02/Jul/2020
Editoriales

Criminales impunes

Es imposible evitar que haya crímenes en el mundo; infeliz producto de la condición humana. Sus causas son variadas y complejas, por lo que los medios de prevención siempre serán muy limitados, pero, afortunadamente, la sociedad exige justicia a la autoridad, deteniendo al culpable y obligándole a pagar su delito conforme a las leyes vigentes. Ciertamente, hacerlo no resarce el daño ni regresa la vida a las víctimas, pero al menos se consigue que el criminal no ande libre planeando la comisión de otro golpe.

A  eso se debe que los criminales impunes sean tan odiados y sus nombres satanizados por la sociedad. Sin embargo, la historia registra a varios que han alcanzado fama como si fueran grandes celebridades culturales o políticas. Aunque algunos de ellos no se sepa el nombre, para identificarlos, se les apoda de acuerdo a las características de sus crímenes. El más representativo es, seguramente, Jack el Destripador. Su primera víctima conocida fue Ann Nichols, a quien se encontró muerta en la madrugada del 31 de agosto de 1888 en las orillas de Londres. Esta mujer era una prostituta alcohólica de cuarenta años cuyo cuerpo se halló mutilado.

El forense determinó que luego de degollarla habían sido quirúrgicamente extirpados sus órganos internos. Entre ese día y el 9 de noviembre del mismo año fueron encontradas otras cuatro víctimas asesinadas con las mismas saña y características. La única pista era una carta remitida a la policía firmada por “Jack the Ripper”. Semejante brutalidad levantó una ola de protestas no sólo en Londres, sino en toda Inglaterra y en parte de Europa. Ya pasaron 132 años de esos crímenes y no se ha podido saber a ciencia cierta el nombre del asesino, de castigarlo ya nadie habla, pues seguramente ya murió.

Una línea de investigación lleva a Albert Victor, un primo de la reina Victoria, quien se había contagiado de sífilis en un lupanar y probablemente quería vengarse de las prostitutas. En otra línea, más reciente, se identifica a Jack el Destripador como un inmigrante polaco de nombre Aaron Kominski, un barbero de 23 años muerto en 1899. Sin embargo, el tiempo transcurrido impide tener pruebas contundentes para ver cuál de estos dos sospechosos fue el asesino, quien además de impune, se convirtió en el asesino en serie más famoso de la historia, pues sus crímenes han inspirado infinidad de novelas y películas que explotan el morbo de mucha gente. Al factor cronológico se debe que, a las justificadas reclamaciones de justicia por todos los crímenes cometidos, se exige rapidez en las investigaciones.