17/07/2019
Editoriales

Cada loco con su tema

 

Un monje vivía con su hermano, que era tuerto e idiota. Una vez el monje recibiría a un teólogo famoso venido de tierras lejanas, pero de pronto se vio en la necesidad de ausentarse. Instruyó a su hermano: _trata bien a ese erudito. No le digas ni una palabra y todo saldrá bien. A su regreso fue corriendo a ver al visitante. _¿Lo recibió bien mi hermano? Le preguntó. _Su hermano es notable, es un gran teólogo. _¿Cómo dice? ¿mi hermano es un teólogo? Preguntó sorprendido el moje. _Sostuvimos una conversación apasionante, dijo el erudito. Sólo conversamos con gestos: yo le mostré un dedo y él me contestó mostrándome dos. Le respondí mostrándole tres dedos y él me dejó estupefacto al enarbolar un puño cerrado que terminó con el debate. Con un dedo yo aludí a la unidad de Buda, con dos dedos, él ensanchó mi punto de vista recordándome que Buda es inseparable de su doctrina. Y con los tres dedos le expresé Buda y su doctrina por el mundo. Entonces él planteó una respuesta sublime, mostrándome el puño: Buda, su doctrina, el mundo, todo en uno. Así cerró el círculo.

El monje se fue a ver a su hermano y le preguntó cómo le había ido con el erudito. Pues te diré que se burló de mí mostrándome un dedo para señalar que tengo un solo ojo. No quise romper con él porque tú me lo encargaste. Le respondí a su grosería manifestándole que él tenía suerte de tener dos ojos. Sarcástico el sabio me dijo “Sea como fuere, los de nosotros dos suman tres ojos”. Eso ya fue la gota que derramó el vaso de agua. Mostré mi puño cerrado y lo amenacé con golpearlo si no dejaba de amenazarme.

 

Cuento zen, versión libre mía.