31/May/2020
Editoriales

El difícil arte de perpetuar un nombre

Hasta donde he leído sólo cinco personas han puesto su nombre a un país: Abdelaziz bin Saud (1876-1953) que fundó Arabia Saudí; Felipe de España que en su honor se llama así Filipinas; Cristóbal Colón que lleva su nombre Colombia; Simón Bolívar que dio nombre a Bolivia, y Cecil Rhodes (1853-1902), creador de Rodesia, que hoy se divide en Zambia y Zimbabwe. Pero sólo Saud y Rodhes lo hicieron porque ellos así lo quisieron, pues los otros tres ya estaban muertos y ni siquiera lo pidieron.

Este señor Rodhes, fundó la compañía De Beers, que hoy día controla el 50% de los diamantes del mundo y en sus mejores tiempos, el 90%. Rodhes le apostó al negocio de los diamantes porque proyectaba construir un ferrocarril británico que comunicara a todo el continente africano, de ciudad del Cabo a El Cairo, proyecto que estuvo a punto de concretarse cuando lo sorprendió la muerte, además se atravesaron las dos guerras mundiales y ese proyecto además de huérfano quedó inconcluso.

Acaso se ha construido después de la muerte de Rodhes el ferrocarril Tanzam que va de Zambia a Tanzania, preciosa obra de los ingenieros civiles chinos. La única herencia de Rodhes en ese rubro, es el tren – hotel “The Pride of África” -El Orgullo de África- que pasa por las hermosas cataratas de Victoria, en un recorrido inolvidable pues se viaja en un  hotel de 5 estrellas por diversos países africanos. Claro que todos estos logros no fueron sencillos; Rodhes hubo de atorarle a dos guerras para concretar su proyecto: la del hombre negro contra las tribus zulúes, matabele y shona. Y luego, la otra guerra contra holandeses, portugueses y alemanes. Estas dos guerras fueron financiadas totalmente de su capital personal.

Fue un gran empresario que supo rodearse de grandes hombres a los que formó, como: Robert Baden-Powell, creador de los Scouts; y Frederick Seouls, el cazador que inspiró al escritor Haggard para crear a Allan Quatermain, protagonista de su exitosa novela “Las minas del rey Salomón”. Claro que a Rodhes aún lo odian muchos, sobre todo los descendientes de los zulúes, los matabele y los shona, en la antigua Rodesia, pues el tráfico de diamantes –como es de imaginarse- estuvo bañado de sangre. Quiero subrayar que este señor Rodhes consiguió que un país llevara su nombre, no de apellido o colofón, como es el caso de la Venezuela bolivariana. No. Este Cecil Rodhes debió tener algo especial para conseguir lo que consiguió.