01/Nov/2020
Editoriales

Murió Eusebio Leal

Ayer murió Eusebio Leal Spengler, el cronista e historiador de la Ciudad de La Habana, Cuba.

A finales de este mes se completará un año de cuando tuve el honor de ser atendido por Don Eusebio en la bella isla, y pude confirmar una vez más que los hombres entre más grandes son más sencillos.

Agradezco a mi amigo el embajador Enrique Martínez que me haya abierto la puerta de tan ilustre personaje; mi esposa y yo llegamos a la oficina del historiador de la Ciudad con cierto sabor displicente por pequeños detalles poco gratos en el aeropuerto, pues decidimos aprovechar la vuelta a cumplir mi cita previamente acordada para disfrutar de un breve viaje de cuatro días a La Habana.

En breve espera de unos diez minutos para que llegara nuestro anfitrión a su oficina alcancé a respirar un agradable ambiente cultural con la decoración que incluía, además de muchas macetas con plantas típicas de Cuba, obras de arte y algunas reliquias de gusto exquisito, sin faltar una buena dosis de libros históricos.   

Gracias a Eusebio La Habana Vieja es ahora un reservorio de patrimonio, tanto arquitectónico como espiritual, y el gusto que me dio es que allá todo mundo lo reconoce.

Al llegar nuestro anfitrión de inmediato sentimos el trato deferente por el solo hecho de ser mexicanos, pues sus primeras palabras fueron de elogio a la historia común de ambas naciones, y luego por la identidad que da el oficio, aunque ambos sabíamos las abismales diferencias entre su rico bagaje cultural y el mío bastante más modesto, nunca dio espacio a una sospecha de tales contrastes.

Ese es el mejor cumplido que se puede hacer a una persona, y Don Eusebio manejaba esos talentes con singular destreza.    

Enterado de que yo iba a visitarlo oficialmente como cronista de Monterrey, Don Eusebio me dedicó varias horas en las que aprendí más historia de La Habana, que si hubiera leído varios tomos especializados.

Me contó en forma por demás sencilla cómo fue que un día del año 1514, un grupo de colonizadores españoles estableció la sexta villa entre las primeras fundadas en la Isla de Cuba, con el nombre de San Cristóbal de La Habana.

Repasó la presencia de filibusteros y corsarios entre 1538 y 1555, que dejaron a su paso la edificación de castillos, murallas y torres almenadas, protegidos por muchos vigías y cientos de cañones.    

Antes del viaje me apliqué en estudiar su trayectoria como historiador de la ciudad de la Habana que inició desde la muerte de su antecesor Emilito (Emilio) Roig de Leuchsenring en 1964. Eusebio tenía apenas 22 años, y solo contaba con el apoyo del comandante Fidel Castro, que no era poca cosa, pero muy pronto demostró de qué estaba hecho, pues se entregó en cuerpo y alma a una aventura estética para transformar una Ciudad vieja, descuidada, y olvidada, representativa de un pueblo asediado por un poderoso enemigo cercano.

Su labor fue intensa, estimulando a los artesanos de la cantería, de la madera y del hierro, que revirtieron el deterioro crónico recobrando el señorío de La Habana. Eso permitió que el Centro Histórico de La Habana fuera declarado Patrimonio de la Humanidad.

Escuché atento cada una de sus palabras, dichas sin la petulancia de quien busca reconocimiento, Don Eusebio tenía una especie de pacto con ciertas frases sencillas que acudían simplemente a su llamado al mostrarme cómo pudo consolidar la transformación urbana de su Ciudad y dejó en claro que el reconocimiento generalizado a su labor vino cuando se entendió que no es la palabra la que transfigura, pero sí estimula a quien transforma.

Luego de la cátedra de historia que permitía y provocaba la participación del alumno, fuimos a recorrer las calles adoquinadas del mismo estilo que las del Centro Histórico de la Ciudad de México, plenas de construcciones antiguas con rejas, vitrales, y balaustradas, así como las plazas del Cristo, de San Francisco, de Catedral y la Plaza de Armas.

Luego de visitar el nuevo Museo fuimos a comer y a pesar de que dimos cuenta de riquísimos platillos típicos, lo mejor fue el intercambio de ideas, en el que de nuevo quedé admirado de su enorme capacidad intelectual.

Ya el tema no sólo fue de historia, pues la política le fascinaba, y sus conocimientos de la mexicana eran bastante buenos. Se declaró enamorado del colorido mexicano, y cuando pasamos al intercambio de regalos, donde me lucí -según dijo-, obsequiándole un paquete de carne seca- me regaló varios libros y una edición de muestra de “La Habana Vieja y sus Colores”, comprometiéndome a prepararle algo similar con los colores mexicanos.

Le prometí a regresar en primavera de este año para entregarle mi trabajo, pero se atravesó el Covid 19 y me quedé con las ganas. 

El cronista e historiador cubano Eusebio Leal transita a partir de ayer por el camino de la luz; le deseo buen viaje.