17/01/2018
Editoriales

Los panteones de Monterrey, última parte

Hemos abordado el tema de los panteones de Monterrey en los dos textos anteriores. Ya hablamos de sus antecedentes, que eran básicamente las instalaciones eclesiásticas, primer destino final de los difuntos en los tiempos de la colonia. En una segunda etapa, de los camposantos civiles que en 1849 promoviera Gonzalitos. Y de las Leyes de Reforma que en materia de sepulturas y panteones una década después arrebatara su control a la Iglesia para dársela a los gobiernos.

    

Comentamos la intentona que hicieran las autoridades imperialistas en tiempos del gobernador Jesús María Aguilar y el alcalde de Monterrey José María Martínez para edificar un panteón más. Vimos la ampliación al Panteón Municipal –ubicado en la actual avenida V. Carranza y calle de Aramberri-, llamándole Panteón Civil Número 2. Acorde al crecimiento de la ciudad se requirió una mayor área para servicios funerarios, y en 1899 el Cabildo decidió iniciar una nueva etapa de los panteones en Monterrey, comenzando por llamar a ésa, la Zona de los Panteones, y abrir la posibilidad de la existencia de panteones privados.

  

Ahora veremos que de inmediato hubo una reacción, pues el 21 de febrero de 1899 Amado Fernández Muguerza solicitó al gobierno de Bernardo Reyes permiso de erigir un panteón privado ofreciendo lujos a personas acomodadas, empezando por la exclusividad, separando sus tumbas de las de los difuntos pobres como se estilaba en otros panteones civiles.

 

Dicha solicitud decía, entre otras cosas:

“Creyendo que ya sea una necesidad imperiosa en Monterrey la existencia de un panteón de primera clase tal como existe en las poblaciones cultas del mundo”... “suplico C. Gobernador, si lo tiene a bien, se sirva conceder permiso para fundar y explotar por mi o por compañía que organice, un cementerio particular”.

 

El panteón de El Carmen

Tres semanas después, el 14 de marzo, el gobernador Bernardo Reyes publicó la respuesta en el Periódico Oficial: “Se concede al Sr. Amado Fernández o a la compañía que organice para construir un panteón particular en esta ciudad, con obligación de invertir en ello un capital no menor de $20,000 veinte mil pesos”.

 

Las condiciones eran que: el gobierno debería aprobar el predio bardeado con un muro de ladrillo de tres metros de alto; las tumbas, separadas por jardineras, y los andadores pavimentados con “sillar, grasa, ladrillo o cemento”. Los sepulcros serían a perpetuidad y podrían subarrendarse. La empresa cobraría una cuota de mantenimiento a los deudos aprobada por el gobierno, con la cual pagaría la nómina de empleados para mantener presentable el panteón; y abriría oficinas en el centro de la ciudad para atención del público.

 

El predio aprobado fue el polígono encuadrado por las calles de Bravo, Washington, Milmo, y Aramberri. Con puerta principal por Bravo, y en la de Milmo colindaba con casas particulares. El terreno, conocido como Las Lomas, era de quintas y huertas y abarcaba 24 manzanas con “dos días de agua”. La empresa para explotar el negocio del panteón se constituyó como sociedad anónima el 11 de abril de 1988 y sus accionistas eran: Viviano L. Villarreal, Amado Fernández, Francisco Belden, Adolfo Larralde, Valentín Rivero y Gajá, José A. Muguerza y Miguel Ferrara. Dicha empresa contrató al arquitecto londinense Alfredo Giles, radicado en San Antonio Texas, para hacer los planos, algunas esculturas y edificios. Luego de la inspección oficial, el 17 de abril de 1901, el panteón de El Carmen se inauguró.

 

El panteón de Dolores

Este panteón El Carmen tuvo extraordinario éxito, pronto empresarios, profesionistas y comerciantes, adquirieron sus lotes. Se edificaron hermosos mausoleos, y las estatuas de mármol se pusieron de moda, por lo que algunos escultores italianos llegaron a la ciudad.

Sin embargo, el espíritu competitivo de Monterrey hizo que, en 1919, el alcalde de la ciudad y gobernador interino de Nuevo León, Adolfo Villarreal, de acuerdo a su filiación política antirreyista, organizara la Compañía del Panteón de Dolores, contratando al constructor potosino Anastasio Puga y su compañía Peñón Blanco, para diseñar el Panteón de Dolores.

 

Este nuevo desarrollo funeral abrió sus puertas en 1920 dando servicio al nicho de mercado de la creciente clase media, teniendo un éxito mayor que El Carmen, por lo que en ese mismo año se tuvieron que ampliar las rutas de los tranvías para llegar a los panteones. La bonanza de Dolores fue tal, que en 1930 esta empresa adquirió la mayor parte de las propiedades del panteón El Carmen.

 

El cierre de los panteones municipales de avenida V. Carranza

Pasaron tres décadas de notable crecimiento de la ciudad, y en 1954 el alcalde José Luis Lozano recibió el decreto que el Congreso local, a iniciativa del gobernador José S. Vivanco aprobó, clausurando los panteones civiles con historia de casi un siglo, para construir el centro educativo Venustiano Carranza. Esto implicó un delicado operativo de exhumaciones que fue muy popular. Toda la ciudad estuvo al pendiente, pues los restos se trasladarían a la vía a Torreón o Camino a la Villa de García, hoy avenida Lincoln, y los cuerpos no reclamados ni identificados serían puestos en el osario municipal. Así se hizo y en el proceso se perdieron tumbas, puesto que tantos cambios de autoridades hayan propiciado posiblemente algunas lagunas en los registros y nombres de las personas enterradas en esos panteones municipales.

 

La Rotonda de los Hombres Ilustres

La gran mayoría de los restos fueron trasladados conforme al plan, y pasado el tiempo, algunos descendientes quisieron recuperar los restos de sus ancestros perdidos, pero no fue posible en todos los casos. El esfuerzo fue grande y debo mencionar algo sobresaliente que poco se conoce: en este nuevo panteón municipal se instaló una Rotonda de los Hombres Ilustres de Nuevo León, donde descansan los restos de personajes como: el liberal Manuel M de Llano, Manuel P. de Llano, Ing. Francisco L. Mier, el general Lázaro Garza Ayala, Carlos Zuazua y Esparza, Tte. Coronel Jesús Treviño Cárdenas, Dr. Pedro Noriega Leal, Pedro Martínez, Mariano L. Linares, Antonio Tamez, Carlos M. Ayala, Narciso Dávila, Eugenio Pérez Maldonado, Marín Peña, Eduardo Treviño, Bernardo Fuga, Inocente Rodríguez, Juan C. Vara, y Genaro Arreola. Se trata de instalaciones modestas pero lo importante es que existen hoy día.

 

Dato curioso es que en el osario se encuentran los restos del gobernador texano confederado Pendleton Murrah. Este político extranjero murió en un cuarto del Hotel San Fernando (actual Hotel Colonial), el 5 de Agosto de 1865, y fue sepultado en el panteón civil, sin tener reclamación alguna de sus descendientes.

 

La situación actual de los panteones

A partir de la década de los años sesenta del siglo XX, con el crecimiento de la ciudad se multiplicaron los panteones, y en la actualidad coexisten panteones municipales y particulares. Los primeros ofrecen servicio al público a precios sumamente económicos para que nadie quede insepulto. Estos panteones públicos se ubican en distintos rumbos de la ciudad. En el poniente están el San Jorge (antiguo panteón municipal) y el de Valle Verde; en el norte, el de Topo Chico; y en el sur, el de la Estanzuela.

 

En tanto que los particulares son de un nivel social más alto, con distintos precios y servicios: desde tumbas tradicionales de una placa, hasta mausoleos como en el Panteón del Roble y el de Tepeyac, en Gonzalitos y Ruiz Cortínes, además de Dolores y el Carmen ya mencionados. Hay otros como el Jardín Español, el Parque Funeral Guadalupe, Gayoso, Cementerio Jardines de Descanso por el lado Sur de la ciudad. Y últimamente –a partir de 1983- la Iglesia Católica autorizó la cremación que antes sólo era por causas graves o por lejanía del cuerpo con la tumba. Esta decisión eclesiástica fue para ahorrar espacios y por economía familiar.

 

El cambio del ritual fúnebre y los primeros negocios funerarios

En los ritos funerarios también se han dado cambios importantes. A partir del siglo XX, el velorio en casa fue sustituyéndose por servicios profesionales de una empresa especializada que recolectaba y arreglaba el cadáver, prestaba una capilla ardiente a donde acudieran los deudos y amigos, algún refrigerio y el traslado al panteón, con todos los servicios del entierro, incluyendo un discurso fúnebre y la publicación de una esquela periodística.

 

Los pioneros de este negocio fueron: Raymundo Sánchez, cuyo local estaba en las calles de Zaragoza y M. M. de Llano que operaba desde fines del siglo XIX; luego, en 1937, Benito M. Flores, con un local cercano a la Purísima, y luego una capilla de la compañía Dolores, cerca de la Alameda. Al principio, las funerarias eran sólo para las familias pudientes y las humildes seguían con los velorios en casa, hasta que, actualmente con el mejoramiento en el nivel de vida en Monterrey se han generalizado, siendo escasos los funerales en las casas.

 

Los panteones y ritos funerales son, además de un negocio lícito para particulares, elementos culturales que evolucionan junto a la sociedad, que tiene cada vez mayor conciencia del inevitable fenómeno de la muerte. En nuestra ciudad, mayoritariamente católica, rituales como el esparcimiento de las cenizas aún no tienen arraigo, por lo que las autoridades municipales no pueden desentenderse de estos servicios, pues es mucha la gente que no tiene recursos para pagar servicios particulares.

 

 

Fuentes:

Periódico oficial del Estado

Volumen 1899, 1901, 1954 versión electrónica.

Archivo de Monterrey

Misceláneos 1899

Actas de Cabildo

Volumen 1901, 1919