07/Aug/2020
Editoriales

Cuentete. El alcalde imitador

Un domingo por la tarde un imitador de coló entre los asistentes a un fest callejero y frente a las familias asistentes de pronto empezó a actuar. Imitaba -ridiculizándolo- al alcalde, quien había ganado la elección en buena ley. Pero el imitador lo hacía tan bien, que el público aplaudía sus diálogos. _“Ahora multaré a quien no traiga cubre bocas”, decía imitando al munícipe, y poniéndose uno al revés en forma tan cómica que la gente se carcajeaba.

Como prometió regresar al siguiente domingo, el altivo alcalde -que odiaba ser criticado y más en tono burlesco- se preparó para ese día poner en su lugar al imitador.

Se disfrazó de vecino, se rasuró la barba, se puso peluca, gafas de aumento, y se metió de incógnito entre la gente.

El imitador estaba esa tarde en plan grande: _”Síganme por este carrilito que hice para las bicis”, decía, y se montaba en un monociclo desde donde casi cayéndose gritaba instrucciones a los agentes en un tono de voz similar al del alcalde. Asistentes hubo que lloraban de la risa con la imitación a la máxima autoridá.

De pronto un vecino alzó la mano y la voz diciéndole: ¡te reto a competir conmigo a ver quién imita mejor al alcalde!

El imitador intentó eludir la respuesta, pero la gente lo obligó y terminó diciendo: Adelante!

Comenzó el imitador profesional improvisando una supuesta rueda de prensa en la que el alcalde tosía y negaba tener coronavirus. Pero en su actuación no lo dejaban entrar a una boda porque no traía cubre bocas. El público enajenado con la imitación reía y aplaudía mucho y casi no dejaba escuchar el diálogo del alcalde tosiendo y alegando con el supuesto portero de la boda. Ovación para el imitador.

Siguió el vecino quien empezó a hablar fuerte como acostumbraba hacerlo cuando se disfrazaba de alcalde, pero la gente no aplaudía.

Seguía actuando en forma por demás natural y alguno de los asistentes le gritó: no te queda, maestro, deja al imitador profesional, tú no puedes imitar al alcalde.

Y lo que siguió fue peor; algunas señoras decían en voz alta: ¡no! ¡no! ¡No se parece nada! Hubo dos o tres aplausos y no muy fuertes.

El supuesto vecino se calló e iracundo se fue al palacio llamándole a su secretario para pedir su opinión y le contó todo con lujo de detalles.

El secretario, un joven prudente, le dijo que no se apurara, que en realidad la gente aplaude al que se atreve a criticar, pues para ver actuar a su alcalde no necesita ir a ningún festival. Con sólo asistir al juzgado en donde declarará acusado de difamación, podrá reírse, perdón, deleitarse con su elegante discurso.