17/07/2018
Editoriales

Alfonso Reyes Aurrecoechea, Centenario

Saber hacer amigos y conservarlos.Era la suya una mirada dulce y crítica. Todo lo veía y todo lo escudriñaba. Sin embargo, nunca fue partidario de la destrucción. Como buen artista buscaba crear. Siempre manifestó su opinión con el ánimo de colaborar a construir un mundo mejor. Desde joven se enamoró del arte y la docencia, que supo combinar admirablemente con el periodismo. Sabía, como Horacio, que una pintura es un poema sin palabras y estaba de acuerdo con Miguel Ángel en que el arte es celoso: requiere al hombre por entero.

Alfonso Reyes Aurrecoechea poseía, entre otras cualidades, la de saber hacer amigos y conservarlos a lo largo de toda la vida.

Durante la mayor parte de su existencia conservó la juventud y la energía. Nació en la ciudad de San Luis Potosí, el 25 de septiembre de 1916. Este año se ha cumplido –este domingo-- el primer centenario de su natalicio.

Pasaban los años, los lustros y las décadas y él permanecía igual. Era de una naturaleza envidiable. Física y mentalmente se mantenía en excelentes condiciones, mientras algunos de sus contemporáneos envejecían y otros, incluso, se quedaban en el camino.

Solamente en un breve período, al final, en esa lucha que todos libramos contra el tiempo, su salud se vio minada. Sin embargo, siempre conservó --hasta el último momento-- el brillo en sus ojos, la mano extendida a los amigos, el consejo sabio y acertado y la invariable amistad.

"La vida --acostumbraba decir-- ha sido para mí una oportunidad para hacer cosas que siempre quise hacer". Y afirmaba con orgullo que una de sus mayores satisfacciones, era el haber conocido a grandes figuras, como su "tocayo" don Alfonso Reyes, Raúl Roa, Raúl Rangel Frías, Nicolás Guillén, Enrique C. Livas, Rómulo Gallegos, Francisco M. Zertuche, Pedro Garfias, Eduardo Livas Villarreal, José P. Saldaña, Israel Cavazos Garza y tantos y tantos más.

Aún lo recuerdo en la dirección del Semanario "Vida Universitaria", publicación que editaba el Patronato Universitario y que circulaba en todas las dependencias de la Universidad de Nuevo León. Su circulación era internacional (diez mil ejemplares). Se tenía correspondencia con Europa, Estados Unidos y América del Sur. En ese lugar, el maestro Reyes Aurrecoechea me ofreció el primer trabajo con remuneración.

En aquella década de los cincuentas, ya muy próxima a los sesentas, el maestro Reyes Aurrecoechea mostraba una envidiable energía que lograba contagiar a sus colaboradores. Lo mismo escribía una nota, que hacía un dibujo. De pronto elaboraba un informe o pronunciaba un discurso. Y aunado a todo ello, estaba la responsabilidad de dirigir la revista.

Para entonces, ya traía detrás de sí una trayectoria importante en la Universidad y en el periodismo cultural. Esa etapa anterior, nosotros no la conocimos. Sin embargo, sabíamos de ella. Sabíamos que había colaborado con Raúl Rangel Frías en el Departamento de Acción Social de la Universidad de Nuevo León y en la revista "Armas y Letras".

Numerosos artículos sobre el arte y la cultura en Nuevo León son de esa época que va de l945 a l956. Por fortuna, estos artículos han sido rescatados en una magnífica edición que bajo el título de "La Mirada Crítica" ha publicado la Fundación Cultural Alfonso Reyes Aurrecoechea, A. C.

Es nuestro personaje uno de los primeros periodistas culturales y críticos de arte de la ciudad de Monterrey.

TESTIGO Y

PROTAGONISTA

Pero no se conformó con describir e informar acerca de lo que otros hacían en estos campos. También asumió el papel de protagonista. Participó en instituciones culturales tan importantes como el Taller de Artes Plásticas, el Departamento de Acción Social, la Escuela de Verano y la revista "Armas y Letras".

Más de 40 artículos se incluyen en esta obra de l48 páginas, que se divide en cuatro partes: la primera tiene por tema el arte y la cultura en Nuevo León, la segunda se refiere a tres fundadores de la cultura de Nuevo León, la tercera aborda el arte en México y la cuarta habla de la pintura española de oro. También se incluye un apéndice con notas y reseñas periodísticas.

En la primera parte, el maestro Alfonso describe a los artistas de la provincia como Eligio Fernández, Federico Cantú, Joaquín A. Mora, Ignacio Martínez Rendón, Antonio Decanini, Carmen Cortés, y Celedonio Mireles, entre otros. Fueron figuras que lograron trascender los límites del Estado y destacaron a nivel nacional e internacional.

FUNDADORES

DE LA CULTURA

Como fundadores de la cultura de Nuevo León, el autor menciona al doctor José Eleuterio González "Gonzalitos", al licenciado Raúl Rangel Frías y al profesor Francisco M. Zertuche.

De Gonzalitos afirma que fue maestro por excelencia que transitaba por las amplias avenidas de la cátedra como el hombre que ha encontrado el profundo sentido de su vocación. A él se deben la creación del Colegio Civil y de la Escuela Normal. "Nada escapaba a ese luminoso espíritu que le animó y nada ignoraba ese precioso cerebro que con tanto aplomo iba y venía por entre los azares cotidianos de la vida social. Fue de aquellos que encontraron, en las postrimerías de su vida, la alegría interior que experimenta el que por sus actos de desprendimiento y de verdadera filantropía ha ganado el cariño y la gratitud del pueblo".

CABALLERO DEL

PENSAMIENTO

Recuerda también a Raúl Rangel Frías, a quien Salvador Toscano consideraba "la inteligencia más clara de mi generación". Describe las contribuciones de este destacado universitario, a quien llama caballero del pensamiento, universitario por antonomasia, cuyo sentido de la responsabilidad histórica le impuso un respeto profundo por la tradición cultural del pasado y la necesidad de llegar a cumplir resueltamente una labor digna de los hombres del futuro. Fue Rangel Frías un hombre honesto, culto y digno de su tiempo.

El tercer personaje es Francisco M. Zertuche, de quien hace este retrato: "Era delgado, de tez blanca, mediana estatura, rostro enjuto, algo aguileña la nariz, frente alta y espaciosa. En la cabeza escaseaba un cabello fino y dócil que solía mesar con mano delicada, ingenua, nerviosa. La barba a veces crecía impertinente, pero daba a su dueño un aire de noble desenfado, que iba a tono con su naturaleza romántica". Los estudiantes acudían a él en busca de consejo. Logró conquistar el cariño, la admiración y el aprecio. Su figura está colocada al lado de los creadores y servidores universitarios, para ejemplo de las futuras generaciones.

Hay mucho más que decir y comentar acerca de este libro. Pero será mejor que usted lo lea. Vale la pena.

Concluiremos en esta ocasión con las palabras que el maestro Reyes Aurrecoechea dedica a Gonzalitos y que son aplicables a él mismo: "Hombres como él no mueren. Permanecen entre nosotros. Se levantan desde la sombra silenciosa de sus letras y siguen modelando con sus sabias enseñanzas el espíritu eterno de la juventud". El maestro Reyes Aurrecoechea falleció en Monterrey, el 11 de agosto de 1991, hace 15 años.