12/Dec/2019
Editoriales

¿Y mis discos de pasta?

 

Aún recuerdo la impresión que sentí la primera vez que tuve en mis manos un disco compacto. Batallé para creer que un disquito sin chiste pudiera contener lo mismo que los hermosos discos de pasta o de vinilo, con surcos por los que una aguja al pasar les arrancaba la música más bella del mundo. Ese pedacito de policarbonato que pesaba casi nada no podía sustituir al disco tradicional, al que traía emociones sin fin. Recuerdo alguna vez que en mi infancia quedé dormido abrazando a un disco de pasta que traía dentro de sí a mi canción predilecta. Asombrosamente no lo quebré, tal vez porque en la inconciencia del sueño siempre hay respeto a lo que uno ama. Luego, en un colmo de vulgaridad, el CD o disco compacto venía inserto en una caja dura de plástico transparente que dificultaba su extracción. Qué impersonal se me hizo, no podía imaginar a un niño durmiendo abrazado a un CD. Sin embargo, fui aceptando a los discos compactos cuando los autos trajeron equipos para leerlos, pues en los viajes disfrutaba mi música favorita. Así pasaron unas tres décadas hasta que llegaron otras novedades, que incluyeron discos más compactos, luego el sistema de Bluetooth, los reproductores de música MP3 y MP4, el Radio touch, los reproductores portátiles de tarjetas micro, hasta que llegó Spotify. Uf.       

Un servicio de música y videos que accede a millones de melodías… gratis. Claro que hay niveles, pues si se paga una módica mensualidad se puede tener música selecta. Cierto que los avances tecnológicos son muy buenos, pero la nostalgia por los discos grandes, de 78 RPM que tenían una sola canción, me sigue emocionando.