23/Oct/2020
Editoriales

La peor matanza

Hoy día, salimos a la calle como los herbívoros salen de sus escondrijos, volteando hacia todas partes para ver si hay algún posible peligro. La selva de asfalto acumula cada vez más riesgos, aunque los accidentes de tránsito han disminuido en consecuencia de la evidente menor circulación de automotores, la amenaza de un contagio de Covid 19 obliga a abrir los ojos más que nunca. 

La violencia nos preocupa menos, tal vez haya bajado la incidencia de los actos relacionados con ella, o puede ser que ya nos hayamos acostumbrado a sortearla. Porque los regiomontanos o reineros siempre hemos vivido con su lúgubre amago.

Desde el 8 de febrero de 1624, que Monterrey tenía apenas 250 habitantes hombres (de mujeres, niños y esclavos, no hay referencias), antes de amanecer el Cacique Huajuco (Cuajuco en documento de la época), su hermano Colmillo, y 60 jinetes de la tribu de los Huachichiles (Cuachichiles en escritura antigua) atacaron la Ciudad.

Sorprendieron a los reineros dormidos. Se llevaron “todas las yeguas, caballos y ganado mayor” de la ciudad y mataron a 38 hombres (15% del total). La respuesta del justicia mayor Diego de Rodríguez, fue ordenar una “vela” por las noches y que los hombres durmieran con sus mosquetes a la mano.

Casi tres siglos después, el 2 de abril de 1903, un mítin político fue disuelto con una lluvia de plomo. El candidato a gobernador, el abogado Francisco E. Reyes, panfleteó durante su campaña (él o sus seguidores) contra el otro candidato, que era el gobernador Bernardo Reyes quien -según explica por escrito José López Portillo y Rojas-, “había perdido los estribos y se había vuelto loco”.

Desde temprano ese día estaban varios hombres armados en las azoteas del Palacio Municipal, el Casino Monterrey, y la casa comercial "Maíz Hermanos". El mítin era  grande, de unas 15 mil personas que desfilaban desde la Alameda Porfirio Díaz. El orador Vicente B. Treviño, apenas subía el pódium ubicado en la Plaza Zaragoza, cuando llovió plomo y, según la crónica de El Escorpión, de Ricardo Flores Magón: “… los hombres enviados por los alcaldes disparaban, mientras el ejército y la milicia estatal remataban desde el caballo a sable y pistola a los que huían de la masacre”. 

Esta versión periodística dice (no hay acta oficial) que hubo quince hombres muertos y muchos heridos. Acusados de sedición se encarceló a los abogados Nicolás Berazaluce, Vicente Garza Cantú, Eulalio San Miguel, Vicente B. Treviño, Francisco de P. Morales, Apolonio Santos, Esteban Horcasitas y Andrés Sánchez Fuentes; pasantes de derecho, Galindo P. Quintanilla, Jesús María y Eugenio del Bosque y a Vidal Garza Pérez. Miguel Morales Zaragoza, Rafael Garza Martínez, Julio Galindo, Adolfo Duclós Salinas, Julio Morales, Gonzalo N. Espinosa, Anacleto N. Garza, Hipólito Díaz, Epitacio Rodríguez, Luis Guajardo, Godofredo Obregón, José E. Meléndez y Amado Bocanegra.

Estas dos matanzas demuestran que la violencia no es ajena a nuestra historia, y hay registros de otras peores; tan sólo entre 2008 y 2011 corrieron ríos de sangre en las calles, debido a la guerra del narco. Y la mayor causa de muertes había sido por accidentes automovilísticos, con 120 personas al año en eventos relacionados con el  alcohol. 

Pero todas estas mortandades palidecen frente a la actual pandemia que nos arrebata diariamente a unos 30 nuevoleoneses. Es decir, que casi mil personas al mes, entre hombres y mujeres, amigos o vecinos, mueren por un enemigo más pequeño que las hachas de Huajuco, las balas de los matones en tiempos de Reyes y metralletas de los narcos en la guerra del narco de Felipe Calderón. Lo grave es que sigue la mata dando.. 

Fuentes

The missions of Northwestern New Sapin, Robert H. Jackson, Albuquerque, University press of New Mexico, reimpresión 1980.

Nuevo León apuntes históricos, Santiago Roel, Ediciones Castillo, Monterrey, 1980

EL Universal

El Porvenir