07/Apr/2020
Editoriales

¿Se rifará el Avión Presidencial?... Aquí un cuento más

Hablando en términos generales, la mayoría de los concursos literarios casi siempre arrojan resultados polémicos. Que si hubo fraude, que si ganó el consentido de la casa editorial, que yo lo hice mejor, que no fue justo el veredicto del jurado, etcétera.

Para mí, haber participado en un concurso de cuento fue una experiencia gratificante independientemente de los resultados. Y si mi trabajo fue bueno o malo, eso, que lo juzguen mis lectores.

Lo que no dejó un grato sabor de boca en este concurso de cuento “De ficción a ficción” fue la falta de formalidad a la hora de recibir nuestros trabajos. Porque para perder, hay que saber hacerlo y muchos de los participantes sabíamos de antemano que ganar ese concurso de cuento en particular, era como ganarse la lotería; sin embargo, nunca recibimos un correo de aceptación, ni uno que al menos dijera: “Gracias por participar” o “suerte para la próxima”. Y nos quedamos con la incertidumbre, sin saber a ciencia cierta si todos los correos llegaron a su destino y se leyeron. Ya no deseo recordar eso.

Lo que sí quiero compartirles hoy para recordarlo mañana, es que yo participé con un cuento titulado: Y ahora, ¿Qué hago con ésta madre? Eso mismo me pregunto ahora, bueno pues como no sé qué más hacer por el momento, aquí lo comparto para que quien desee, pueda leerlo. Y antes de despedirme, me digo a mi misma: “Gracias Betty por participar”. Espero sea de su agrado queridos lectores. Empecemos el viaje.

Y ahora… ¿Qué hago con esta madre?

Cuando despertó, descubrió que había ganado el avión presidencial. ¡Apenas si lo podía creer! Pancho nunca había sido un hombre afortunado. Nunca en su vida se había ganado algo, por eso, jamás pensó en comprar un boleto para esa polémica rifa, y desde luego, ¡no lo compró!

Cuando el Presidente de la Republica anunció que esa aeronave sería rifada, Pancho río a carcajadas, sin embargo, ese día, supo que él tenía el boleto premiado. Aunque pocos lo creyeran, él era el afortunado ganador de ese avión al que contados mortales habían tenido acceso antes.

La noticia estaba en todas partes, en las redes sociales, en la radio, en la televisión y hasta en los periódicos. Todos esperaban que apareciera el poseedor

del boleto 4869500. Nadie sabía ni podía sospechar quien sostenía en su temblorosa mano aquel cachito de la lotería.  

El mundo entero tenía sus ojos puestos en el suceso. Desde Dubái, Francia, España, Estados Unidos, Alemania, Jamaica, Perú, Dinamarca, Japón, Argentina y las Islas Canarias. Desde el polo norte hasta el polo sur, todos… ¡todos esperaban que apareciera el ganador de ese artefacto volador!

Y es que quien tuviera ese boleto, tendría ese fantástico avión, el cual, no era viejo ni feo. Aquella aeronave tenía en su interior una lujosa alcoba, también podía presumir de un pequeño pero excéntrico restaurante y por si fuera poco, contaba con espacios muy amplios, fácilmente podía transportar a 280 pasajeros. Ese espacio, alcanzaba de sobra para hacer una fiesta e invitar a media colonia. Era un avión ¡importantísimo! y definitivamente sería entregado en una ceremonia especial. Y no solo había que considerar el costo de ese suntuoso avioncito, sino ¡la fama que poseía! Más de seis millones de personas lo querían y tenían un boleto en sus manos, pero ahora, sabían a ciencia cierta que ese avión había volado a otro nido; no obstante, esperaban poder conocer al feliz ganador.  

Pero el ganador no estaba feliz, no, ¡él estaba aterrado! Y caminaba de un lado a otro dentro de su casa, desde la sala hasta el comedor, pensando en la persona que había perdido su boleto. Aquel individuo debía estar en su lugar y llevarse a su hogar el avión, más no él, que solo encontró el boletito por casualidad, olvidado en la banca de un parque.

-          ¡Ay, ¡qué terrible!... Y ahora… ¿Qué voy a hacer con esa madre? Yo tengo el boleto con el número 4869500 y me gané el avión presidencial. Pero ¡ni siquiera lo quería! -Rezaba en voz alta, al tiempo que se dirigía al baño.

Ahora, no sólo tenía un lujoso avión, también tenía diarrea, jaqueca, náuseas, pánico escénico y… ¡ganas de huir a otro planeta!

-          ¡Ay, me van a convertir en meme! ¡Ay, la prensa extranjera me va a entrevistar! ¿Y qué se siente ganarse el avión presidencial? De seguro eso me van a preguntar. ¿Y dónde compró el boleto? ¿Y qué va a hacer ahora?, ¿Cómo fue su infancia? ¿tiene esposa?, ¿hijos?, ¿Cuántos? Miles de preguntas tontas me harán. Y si les confieso que sigo soltero a mi edad, van a penar que soy un desadaptado.

Pancho vivía solo, por eso nadie podía escuchar sus lamentos ni lo podía consolar, tampoco darle ánimos o de perdida un empujoncito para que se atreviera a salir a la calle. A sus cuarenta y dos años, seguía siendo casi un doncel. Ni para el amor había tenido suerte. Por eso, no se explicaba lo que le estaba ocurriendo.

Cuando salió del baño, un nudo en la garganta –imaginariamente- lo estranguló y sin remedio empezó a llorar como un niño. Qué ironía, debía ser el hombre más feliz de la tierra, sin embargo, se sentía el más desgraciado del universo.

En eso estaba, acumulando quejas, cuando de pronto alguien llamó a su puerta. Era Pepe, el vecino y compañero de parrandas.

-          ¡Hola Pepe! ¿qué te trae por aquí a esta hora? ¿Necesitas azúcar? ¿o qué? –Le preguntó con la voz entrecortada. Y aunque sus ojos lo delataban al estar hinchados de tanto llorar y su semblante era el de un enfermo de anemia, Pepe no se percató de ello.

 

-          ¡Ay amigo! Fíjate que soy el hombre más desdichado del mundo. Había comprado un boleto para la rifa del avión presidencial y mira… ¡mira! Tengo el número 4869501. ¡Te das cuenta! Me falló por uno, si no, ahorita estaría festejando. Estaría como cuando mi equipo favorito mete gol. Gritando ¡gooool!, y saltando de un lado a otro. Ya me había visto conquistando el mundo, viajando a todas partes y viviendo la vida loca. En mi mente, ya estaba instalada la fantasía de sentirme como un excéntrico millonario. Y no solo eso, hasta había pensado vender mi Beetle para tener espacio dónde estacionar mi nueva nave.

Ante el silencio de Pancho, Pepe lo miró y al darse cuenta de la facha tan desastrosa que mostraba, asustado le preguntó:

-          ¿Y a ti que te pasa? ¿Quién se murió?

-          Amanecí muy enfermo. –Contestó con voz de ultratumba.

Pancho prefirió guardar silencio porque aún no decidía si saldría a escena, quemaría el boleto o lo vendería. De sobra sabía que si se sinceraba, su amigo lo alentaría a enfrentar esa catástrofe y él no se sentía preparado para eso.

Cuando Pepe se fue, Pancho volvió a sumirse en ese estado “ultra depresivo” y mientras se mordía las uñas, una nueva pregunta rondó por su mente: ¿Alguien en algún momento lo decidió? -Sí, Dios. Se contestó a sí mismo.

¿Y por qué Dios quiso que se convirtiera en el hombre más famoso del planeta? ¿Qué hizo para merecer tal distinción? ¿Sería que el todopoderoso deseaba que por fin tuviera novia? Porque eso de seguro le iba a ocurrir como resultado de la fama que adquiriría. Ya no sería un tipo cualquiera y muchas mujeres harían hasta lo imposible por contactarlo.

Entretanto, la tensión mundial crecía a niveles exorbitantes ante la falta de noticias. Todos estaban a la espera de que apareciera el misterioso ganador del avión y los minutos contaban.

Pancho quiso saber que estaba ocurriendo, pero antes de prender la televisión, decidió ir por una botella de tequila para agarrar valor. Al volver a su casa y ver el alboroto que estaba causando su silencio, decidió beber hasta la última gota de alcohol para olvidarse de todo.

Sin embargo, cuando había bebido media botella, empezó a escuchar una voz angelical en su oído derecho que le susurraba: ¡Pancho! No quemes el boleto, mejor regálalo a un asilo de ancianos… A su vez, en el oído izquierdo, podía escuchar otra vocecita -bastante endemoniada- que con voz no tan suave le decía: ¡Vete ya por el avión!, serás el hombre más famoso del planeta tierra ¡este año! Ya luego te olvidarán, pero en tus cinco minutos de fama… ¡gozarás a lo grande! ¡Ya verás!

Y así estuvo por un rato hasta que se cansó del debate entre su ángel y su demonio, incluyendo  las mil ideas que le daban. Entonces, decidió mandarlos a volar y se fue corriendo por su avión, total, al calor de las copas ya no le importaba mucho que lo entrevistara la prensa extranjera, ni la mexicana ni la de ningún lugar.

Llegó cayéndose de borracho hasta la puerta de Palacio Nacional, sin embargo, al bajarse del taxi, la impresión le bajó la borrachera y como pudo, pálido y con las piernas temblorosas, imaginando ser un valiente caballero que llega en su corcel blanco, enfrentó la situación.

Cuando le entregaron su premio hizo una fiesta e invitó a media colonia, con eso se convirtió en la envidia del barrio y de los que vieron la transmisión del evento en televisión de paga. Los siguientes meses se dedicó a viajar por el mundo en compañía de Pepe y de dos viejas amigas de la secundaria.  

A su regreso le vendió el avión al dueño de un restaurante ubicado en lo alto de una colina, quien lo acondicionó y lo convirtió en la zona VIP de su renombrado negocio, al cual le tuvo que cambiar el nombre porque ya todos le decían El Café Presidencial.

Ahora Pancho vive en una lujosa mansión con alberca en cuyo jardín colocó una fuente en forma de avión y es atendido por –como le dicen en España- su “pornochacha”, quien usa siempre una diminuta falda negra de piel.

Y colorín colorado, este vuelo ha terminado.