26/03/2019
Editoriales

Un caballo de guerra

El gran Leonardo da Vinci (1452 – 1519) trabajó empleando todo su genio y capacidad por doce largos años en una estatua ecuestre que se erigiría en Milán dedicada a la memoria de Francesco Sforza, padre de su protector Ludovico Sforza “El oro”, duque de Milán.

Esta estatua que tendría siete metros de altura, requería de cien mil kilos de metal fundido en un molde con la rapidez y la temperatura adecuadas para que el enfriamiento fuera uniforme. Para conseguir este propósito, Da Vinci diseñó todo un sistema de hornos múltiples que nunca funcionó.

Sucedió que en ese momento llegó una amenaza de guerra y todo el metal reservado para la estatua se convirtió en cañones para la defensa de la ciudad. En 1493, se exhibió en Milán un modelo de arcilla del caballo, que fue aclamado como la obra ecuestre más bella que jamás hubiera existido. Al derrotar los franceses a los milaneses en 1499 y conquistar el ducado de Milán, los arqueros gascones utilizaron el modelo de arcilla para efectuar prácticas de tiro. Los daños causados por las flechas permitieron la entrada de agua en el modelo y, con el tiempo, el hermoso caballo se desmoronó por completo.